El odioso Tarantino

Los odiosos ocho (Estados Unidos, 2015), de Quentin Tarantino, tiene algunas cosas buenas: la banda sonora con personalidad y méritos propios, a cargo del gran Morricone; la fotografía con instantes exquisitos y postales majestuosas, de Richardson… Pero, en general, me parece un western odioso, con diálogos redundantes, reiterativos y repetitivos hasta la exasperación, con tal de ser muy largos y seducir a quienes aplaudieron en su momento los insulsos intercambios verbales de Pulp Fiction, unos personajes burdos que hacen caricaturas de sí mismos hasta resultar literalmente insoportables, sobre todo el supuesto verdugo (tan amanerado que, en efecto, parece inglés) y el supuesto alguacil que todavía no asume el cargo y parece haber salido de una serie infantil de dibujos animados o por lo menos ser la voz de alguno de sus personajes (Dios nos libre de Tim Roth y Walton Goggins: el mundo sería menos detestable sin ellos).

La primera hora es una presentación de los personajes, al cabo de la cual uno se pregunta si la intención de la película es humorística, si es acaso una comedia negra como secuela degradativa de la Guerra de Secesión; entonces comienza una versión gringa de La tempestad, de Shakespeare, que progresivamente se transforma en Agatha Christie, como una vuelta de tuerca desde la perspectiva de los dos personajes principales, que son cazarrecompensas.

Del refrito del cine hongkonés al refrito de la literatura clásica, Tarantino se supera. Aquí vemos a todos sus actores fetiches y confirmamos que tiene serios problemas para incluir mujeres en sus relatos descriptivos de un mundo exclusivamente masculino, como el que suele concebir. Aquí vemos también una violación homosexual, como en Pulp Fiction, que precede a la violencia gore, tan característica del autor; al visceral director y escritor de guiones infames le fascina que las cabezas y vísceras de la gente estallen como sandías con balas expansivas.

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La premisa es que un cazarrecompensas entregará con vida a su prisionera. La razón, en teoría, es un balbuceo ético (ningún tipo rudo saldría con semejante patraña y se ahorraría las molestias y complicaciones, dificultades y pérdidas de tiempo, con un balazo en la cabeza), pero en los hechos es un pretexto para que alguien irrumpa en el ameno encuentro de hombres cultos y trate de rescatar, a sangre y fuego, a la prisionera (mi querida Jennifer Jason Leigh en la interpretación más antipática de su carrera… por eso fue nominada como actriz de reparto al desacreditado Óscar, una vez que la dizque academia de Joligud ninguneó su extraordinario desempeño en Última salida, Brooklyn, de Hubert Selby Jr.).

Samuel L. Jackson y Kurt Russell hacen bastante bien sus papeles, a pesar de los pesares; también Bruce Dern, aunque nunca se levanta del sillón. Por ahí vemos a Demián Bichir en un papel autodenigrante (Tarantino reivindica hipócritamente a los negros, pero repele a los mexicanos y demás inmigrantes latinos, y su guión en este caso comete el error de atribuir un racismo antimexicano a cierta mujer que, minutos después, es anfitriona de una banda de forajidos, entre los cuales hay un mexicano).

Cuando acaba el tercer capítulo no comienza el cuarto, sino la segunda parte del tercer capítulo, que también acaba, pero no comienza el cuarto capítulo, sino la tercera parte del tercero, que acaba por fin y entonces empieza el cuarto capítulo. ¡Uf!

Salvo los guiños, la mayoría de los indicios resultan infantiles para un lector de Agatha Christie y Arthur Conan Doyle (como lo fui en la primera juventud).

El giro pretendidamente sorpresivo no es menos burdo que los personajes, pues sucede a dos horas de vulgaridad por un lado y aburrimiento por el otro.

Yo, como el entrañable y extrañado Gustavo García, paso de Tarantino.


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Puente de los espías

Revanchismo tardío, anticomunismo trasnochado

Versión tramposa y deshonesta de un hecho histórico, demasiado conocido para engañar a alguien que no sea demasiado ignorante: En el famoso episodio del U2, avión espía de los Estados Unidos que fue derribado en 1960 cuando sobrevolaba la URSS tomando fotografías, Jrushchov jugó sus cartas con sorprendente habilidad, al denunciar el espionaje gringo sin mencionar la captura del piloto aviador, que estaba entero, intacto… sus instrucciones eran destruir el avión y suicidarse en caso de ser abatido, pero resultó un vil cobarde, y la película trata de reivindicarlo inventando circunstancias engañapendejos que serían tolerables si se tratara de James Bond, más no en una supuesta versión seria del episodio más vergonzoso para los gringos en la Guerra Fría.

Una de las secuencias más ofensivas alterna escenas de interrogatorios con torturas al espía gringo por los soviéticos, y el trato respetuoso y humano al espía soviético por los gringos, sin interrogatorios ni mucho menos torturas. ¿Cómo crees, si hasta defensor legal de bufete privado le asignaron y, por cierto, de eso trata la película?

Así todo por el estilo: En el lado oeste de Alemania reina la concordia; en el lado este, la hostilidad. Las escenas de gente que intenta saltar el muro y es asesinada por la espalda con metralla desde las atalayas, me parecen execrables, porque además son vistas desde un vagón del metro y, una vez que pasan, rematan con la peor toma de la película y la carrera del cinemagnate judío, como si la dirección de cámaras estuviera en manos de un principiante. No faltará quien admire, por ejemplo, los sesgos del guión al poner en boca de un diplomático alemán: “Todas estas ruinas se las debemos a la Unión Soviética”.

Tedioso bodrio de ritmo soporífero, típico de Spielberg cuando se pone “artístico” en pos del Óscar, que debía recibirlo por su innecesaria labor propagandística de exacerbación gringófila, y de ahí que lo ganara un actor de reparto por un trabajo intrascendente y grisáceo, que ni siquiera se compara con la impactante actuación de Benicio del Toro en Sicario, por mencionar también aquí la omisión más injusta.

Ostentación de recursos materiales, más dinero que talento, como siempre, sello de Spielberg que, al hacer dupla con Hanks, resulta insoportable.

La participación de los hermanos Coen en uno de los guiones más repulsivos del milenio es, por lo menos, decepcionante.


 

Russell y Scorsese: buenos muchachos

lobo de wall street

American Hustle, de David O’Russell, y El lobo de Wall Street, de Martin Scorsese, tienen mucho en común: producciones gringas de gran presupuesto y gran duración que compiten este año por el Óscar, una imita y la otra reproduce tanto el estilo como la estructura narrativa de Goodfellas, el drama semificticio de gángsters que Scorsese dirigió en 1990, titulado Buenos muchachos en Hispanoamérica y Uno de los nuestros en España; las tres películas están inspiradas en hechos reales alrededor de personajes que terminaron colaborando con el FBI al caer en desgracia, con la diferencia de que American Hustle y El lobo de Wall Street tienen un tono de comedia casi musical; en ambos casos, estos personajes son representativos de la decadencia y la corrupción del capitalismo, uno empresario de poca monta que prosperó en el “arte” de la estafa desde su calidad de prestamista, y otro corredor de bolsa, también estafador, que prosperó con la venta fraudulenta de acciones.

En El lobo de Wall Street, al principio, la narración del protagonista no es una voz en off, sino en primera persona, viendo a la cámara, como al final de Goodfellas. En American Hustle, titulada en español Escándalo americano (Hispanoamérica) y La gran estafa americana (España), varios protagonistas narran su propia versión de los hechos en off.

Ambas coinciden con Goodfellas en una banda sonora de canciones populares que dan cuenta de su época y casualmente incluyen una pieza distinta de James Bond.

A saber cuál de las dos películas es mejor, pero el reparto de Russell es mucho más atractivo que el de Scorsese, pues reúne a los actores más exitosos de sus dos películas anteriores, El peleador, como fue titulada en México, y Los juegos del destino: Christian Bale y Amy Adams en el primer caso, Bradley Cooper y Jennifer Lawrence en el segundo, a quienes se suma Jeremy Renner, con un cameo de Robert De Niro, quien también actúa en Los juegos del destino, mientras que El lobo de Wall Street está protagonizada por Leonardo DiCaprio (como siempre, por ser el actor fetiche de Scorsese), sin grandes nombres que lo respalden como en El aviador (2004), del mismo director, con un elenco multiestelar. Luego de El aviador y El gran Gatsby, de Baz Luhrmann, a pesar de sus trabajos intermedios, DiCaprio parece encasillado en papeles de magnates; tanto en El gran Gatsby como en El lobo de Wall Street (del mismo año, por cierto), que rebosa energía y vitalidad, su personaje está hecho de abundancia material, ahora más frívolo y amanerado que nunca, en una orgía de sexo, drogas, desmanes y todo cuanto pueda comprar el dinero. Entre los excesos, la drogadicción hasta la catarsis es otra coincidencia con Goodfellas.

Además de emular la dirección de esa película, American Hustle comienza con una imitación de Bale a De Niro y más adelante los actores sostienen un escalofriante intercambio de miradas. A diferencia de su trabajo anterior con Russell, Adams tiene aquí más presencia que Bale y es tan intensa y vital como la película en general, aunque no pasa desapercibida la falsedad de su nariz y de sus ojos, que no de su mirada.

El lobo de Wall Street costó cien millones de dólares, y American Hustle, 40 millones; una dura tres horas, y otra, 138 minutos… Parece que Russell sigue los pasos de Scorsese, además de competir con él, quien se encuentra en la cima de su carrera desde hace mucho, pero empieza a ser repetitivo. Un dato curioso es que Scorsese rechazó el proyecto de El peleador, que terminó dirigiendo Russell y, para mi gusto, sigue siendo su mejor película.

American Hustle Film Set

La negra noche de Hollywood

Datos para un recuento histórico de la discriminación racial

Además de ser la meca del cine, si algo ha caracterizado a Hollywood es un racismo rabioso del que intenta “sacarse la espinita” con reconocimientos tardíos a unos cuantos cineastas negros.

n02Desde que Hattie McDaniel fue premiada en 1940 con el Óscar a la mejor actriz de reparto por su personaje Mammy en Lo que el viento se llevó, de Victor Fleming, sólo trece actores y actrices “de color” han recibido el “máximo galardón” cinematográfico, cinco de ell@s por papeles protagónicos y nueve por papeles secundarios (Denzel Washington lo ha ganado en ambos casos). En 1964, Sidney Poitier fue el primero que recibió un Óscar como actor principal en Los lirios del valle, de Ralph Nelson, después de ser nominado en 1959 al mismo premio por su trabajo en Fugitivos, de Stanley Kramer, y en 2002 fue galardonado con el Óscar Honorífico por su carrera en el cine (desde 1950 ha sido actor, director y escritor).

Hattie McDaniel actuó en alrededor de 300 películas, siempre con el papel secundario de sirvienta; desde su premiación en 1940, que representa un hito en la historia del cine, pasaron catorce años antes de que fuera nominada por primera vez una mujer “afroamericana” como actriz principal: Dorothy Dandridge en 1954 por su indomable y sensual presencia en Carmen Jones, de Otto Preminger; sin embargo, a diferencia de McDaniel, Dandridge no recibiría la codiciada estatuilla, que sería entregada finalmente a Grace Kelly por The Country Girl (La angustia de vivir), de George Seaton.

El musical de Broadway Carmen Jones adaptaba en 1943 la ópera Carmen, de Georges Bizet, a la época entonces actual de la Segunda Guerra Mundial en los Estados Unidos, con nombres distintos. La película de Preminger es una adaptación del musical al cine, con un reparto completamente negro, algo inusual en su momento, pues también los gringos tenían un apartheid (sistema de segregación racial) y había un tipo de cine para cada color de piel.

Cuando Rouben Mamoulian trabajaba en la superproducción de Cleopatra, tenía en mente a Dorothy Dandridge para el papel de la última reina del Antiguo Egipto, probablemente negra, pero fue reemplazado por Joseph L. Mankiewicz en la dirección del proyecto, por lo que también fueron sustituidos los actores principales, entre otros, por Elizabeth Taylor y Richard Burton, oneroso revés que afectó personal y profesionalmente a la cantante y actriz.

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Desde la nominación de Dandridge en 1954, tuvo que pasar casi medio siglo para que una mujer “de color” fuera finalmente premiada en 2002 con el Óscar a la mejor actriz principal: Halle Berry, por Monster’s Ball, de Marc Forster. La noche de aquel año fue laureado también Denzel Washington con el Óscar al mejor actor protagónico por Día de entrenamiento, de Antoine Fuqua (director negro, por cierto), y Sidney Poitier recibió el Óscar Honorífico. Washington, quien dedicó su galardón a Poitier mismo, había ganado el Óscar para mejor actor de reparto en 1989 por Tiempos de gloria, de Edward Zwick, después de ser nominado en 1987 al mismo premio por Grito de libertad, de Richard Attenborough, y había sido candidato a la estatuilla dorada para mejor actor principal en dos ocasiones por su interpretación de personajes épicos en Malcolm X (1992), de Spike Lee (cineasta negro, por cierto, bastante completo), y Huracán Carter (1999), de Norman Jewison. Malcolm X, ambicioso biopic que dura 200 minutos, es un subversivo y contradictorio alegato contra el racismo gringo. Ahora Washington recibía el “máximo galardón” por encarnar a un policía corrupto y brutal, mientras que Berry era premiada por interpretar a una mujer marginal que pierde primero a su esposo, ejecutado en la silla eléctrica, después a su hijo, atropellado en la calle, y finalmente su casa. En Monster’s Ball, que también alude al odio racial como lacra sistémica y herencia cultural en los Estados Unidos, ella protagoniza una de las escenas eróticas más intensas y convincentes del cine de ficción.

En 1999 Halle Berry encarnó a Dorothy Dandridge bajo la dirección de Martha Coolidge en una cinta para el canal de televisión HBO, interpretación que le valió un Emmy y un Globo de Oro. Introducing Dorothy Dandridge (Face of an Angel) fue titulada en español Dorothy Dandridge: La estrella que se enfrentó a Hollywood. En la copia que poseo, la estupidez inventó el título de Dorothy Dandridge: casi una estrella. Podría decirse que la Academia de Artes y Ciencias Cinematográficas de Hollywood, sin confesarlo, decidió premiar a Berry en 2002 por su trabajo en ambas películas para compensar que hasta entonces nunca fuera galardonada una mujer negra con el Óscar a la mejor actriz principal, empezando por Dandridge, símbolo de esta injusticia, pues el racismo de Hollywood la destruyó, no obstante su innegable talento, tanto que ella, después de varias crisis depresivas, terminó suicidándose antes de cumplir 43 años de edad. La cinta protagonizada por Berry da cuenta de ello, aunque inexplicablemente omite el episodio sobre la producción de Cleopatra y su exclusión. Introducing Dorothy Dandridge no es una gran película, pero hace justicia a la memoria de esta mujer sensible y desafiante que luchó contra las adversidades de su época, pues la ignorancia racista, machista y misógina tiende a reducir su carrera mezquinamente al papel por el que fue nominada como si fuera lo único destacable. Monster’s Ball también es menor, pero el Óscar en este caso es un símbolo de consigna, pues la actuación de Berry, si bien aceptable y hasta plausible, no es mejor que la de Naomi Watts en 21 gramos (2003), de Alejandro González Iñárritu, un ejemplo de tentativa no consumada quizá por tratarse de una película más mexicana que gringa…

Los otros “afroamericanos” que han ganado el Óscar son: Louis Gossett Jr. en 1983 como actor de reparto en An Officer and a Gentleman (Oficial y caballero, en España; Reto al destino, en Hispanoamérica), de Taylor Hackford; Whoopi Goldberg en 1991 como actriz de reparto en Ghost, de Jerry Zucker; Cuba Gooding, Jr. en 1997 como actor de reparto en Jerry Maguire, de Cameron Crowe; Morgan Freeman en 2005 como actor de reparto en Million Dollar Baby, de Clint Eastwood; Jamie Foxx en 2005 como actor principal en Ray, de Taylor Hackford; Forest Whitaker en 2007 como actor principal en El último rey de Escocia, de Kevin Macdonald; Jennifer Hudson en 2007 como actriz de reparto en Dreamgirls (Soñadoras), de Bill Condon; Mo’nique en 2009 como actriz de reparto en Preciosa, de Lee Daniels (director, productor y actor negro, por cierto), y Octavia Spencer en 2012 como actriz de reparto en The Help, de Tate Taylor.

El Óscar Honorífico a Sidney Poitier cubre omisiones tan importantes como Al maestro con cariño, de James Clavell, o Adivina quién viene a cenar, de Stanley Kramer, ambas de 1967, pero Morgan Freeman sigue sin reconocimiento como actor principal, a pesar de películas como Paseando a Miss Daisy (1989), de Bruce Beresford, Cadena perpetua (1994), de Frank Darabont, o Invictus (2009), de Clint Eastwood, por las que fue nominado. En esta última interpreta nada menos que a Nelson Mandela (quien aparece, por cierto, al final de Malcolm X, hablando del aguerrido líder musulmán en un aula infantil). A los 76 años de edad, Freeman es uno de los más carismáticos y mejores actores de “todos los tiempos”, así que su falta de reconocimiento, presumiblemente por ser negro, constituye una de las mayores injusticias de Hollywood y su dizque Academia.

Boyz n the Hood (Los chicos del barrio en España y Los dueños de la calle en Hispanoamérica), escrita y dirigida en 1991 por John Singleton, fue nominada al Óscar en las categorías de mejor director y mejor guión original, con lo que su realizador se convirtió en el primer cineasta negro que es nominado al Óscar y el más joven a los 23 años de edad.

n07Ningún director negro ha recibido un Óscar, pero la demagógica reivindicación de la negritud ha servido para que directores blancos (Steven Spielberg, más que nadie), como el propio Preminger, lucren con ella y se coticen. Trabajos como Shame (2011), coescrito y dirigido por el inglés negro Steve McQueen, son considerados para múltiples premios y reconocimientos internacionales, pero ignorados por Hollywood y su dizque Academia. En cambio, Amistad (1997) y Lincoln (2012), ambas de Spielberg, fueron nominadas a cuatro y doce premios Óscar, lo que infló sobre todo a la segunda, finalmente premiada en sólo dos rubros: actor principal y dirección artística. Las dos producciones multimillonarias tratan sobre la esclavitud en los Estados Unidos y no son más que bodrios soporíferos, insoportablemente solemnes y patrioteros. El color púrpura (1985), en cambio, con un reparto completamente “afroamericano”, es lo más rescatable del cinemagnate judío, pero también es la película que más nominaciones al Óscar ha obtenido sin ganar en ninguna de sus once categorías. Out of Africa (Memorias de África en España y África mía en Hispanoamérica), de Sydney Pollack, se alzó aquel año por encima de El color púrpura con siete premios Óscar, incluyendo los de mejor película, mejor dirección y mejor guión adaptado. Entre las nominadas para mejor actriz estaba Whoopi Goldberg por el primer intento spielbergiano de conquistar al público adulto, pero ganó Geraldine Page por Regreso a Bountiful, de Peter Masterson. Para mejor actriz de reparto, estaban nominadas Margaret Avery y Oprah Winfrey, ambas por El color púrpura, pero ganó Anjelica Huston por El honor de los Prizzi, de su padre John Huston.

El año pasado coincidieron en esta competencia dos películas que tratan el tema de la esclavitud en los Estados Unidos: Lincoln y Django sin cadenas, de Quentin Tarantino, galardonada esta última por su guión original y su actor de reparto, después de ser candidata en cinco rubros.

También coincidió que las mejores actrices del año fueron negras: En primer lugar, la congoleña Rachel Mwanza, quien tenía catorce años de edad cuando estelarizó la cinta canadiense Rebelle (War Witch), cuyo título en español es La bruja de la guerra, escrita y dirigida por Kim Nguyen. En seguida, Quvenzhané Wallis, con seis años de edad al protagonizar Bestias del sur salvaje, coescrita y dirigida por Benh Zeitlin. Mwanza, sin embargo, ni siquiera fue nominada, y Wallis tampoco sería premiada, pues la dizque Academia de Hollywood prefirió a Jennifer Lawrence, la menos plausible de las cinco nominadas. Hasta Jessica Chastain era mejor opción, por no hablar de Emmanuelle Riva o Naomi Watts. La elección de Lawrence es inexplicable, pero la omisión de las actrices negras tiene una probable causa en el racismo que subyace y permea también la discriminación del cine independiente por la gran industria, sobre todo si proviene de otros países, a menos que se trate de Michael Haneke, por la moda intelectual.

n09Este año, una película gringa que parece deportiva es más bien un alegato contra el racismo en los Estados Unidos: 42, el triunfo de un sueño, escrita y dirigida por Brian Helgeland, tiene muchas posibilidades de ser galardonada con la estatuilla dorada que, desde hace once años, sirve para lavar los trapos sucios de Hollywood en cuanto a su negra historia de discriminación. La cinta —cuyo título original es simplemente 42— narra la histórica pelea del jugador de béisbol Jackie Robinson (Chadwick Boseman) y el director ejecutivo de los Dodgers de Brooklyn, Branch Rickey (Harrison Ford), contra la segregación racial. En los créditos aparece Ford como el actor principal, pero es más bien Boseman, actor negro de televisión, más que de cine, quien se lleva las palmas en esta ocasión. ¡Qué lento avanza la humanidad! —es una conclusión inevitable al ver esta cinta, demasiado gringa, para mi gusto, llena de clichés sentimentales y momentos de una grandilocuencia difícilmente soportable, que además coincide con la sensiblería. Su ambientación de la época es espléndida.

En Malcolm X, los presidiarios negros festejan el contrato de Jackie Robinson por los Dodgers de Brooklyn, y uno de ellos comenta: “Los blancos nos arrojan un hueso y olvidamos 400 años de opresión”.

Quizás el acontecimiento más trascendente de este año en cuanto al tema que nos ocupa es el estreno de la película inglesa 12 años de esclavitud, que dirige Steve McQueen, con Brad Pitt a la cabeza de la producción y en un papel secundario. El guión escrito al alimón por el propio McQueen y John Ridley adapta un relato autobiográfico en sentido contrario a Django sin cadenas, pues el protagonista es un negro, libre y culto, virtuoso del violín, antes de la Guerra Civil en los Estados Unidos, Solomon Northup (Chiwetel Ejiofor), que será secuestrado y vendido como esclavo, entre otros, a un sádico terrateniente interpretado por Michael Fassbender. Por ahí aparece la maravillosa Quvenzhane Wallis en un reparto de lo más interesante…

Hasta aquí hemos hablado nada más de la discriminación a los negros en Hollywood, pero también otras razas son marginadas. ¿Cuántos actores indios, por ejemplo, han recibido un Óscar? ¿Cuántos directores indios? Sólo una mujer lo ha recibido como directora (con una película eminentemente masculina). En fin. Recordemos, para terminar, que una india recibió en representación de Marlon Brando su estatuilla por El Padrino en 1973, y aprovechó para protestar por la situación de los aborígenes en «el país de las oportunidades».

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Mátalos en cámara lenta

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Moderno cine negro, emanación del capitalismo en crisis

Dos ladrones de poca monta, contratados por un mafioso menor, asaltan a la plana mayor de la mafia durante un juego de póquer con apuestas; los afectados contratan a un sicario cerebral para que investigue quiénes son esos ladrones y los liquide; en su ajuste de cuentas, el sicario incluye al organizador de las partidas clandestinas, quien se ufana de haber cometido un atraco anterior a su propio negocio, por lo cual es castigado esta vez con una severa golpiza y, más adelante, una descarga de balas. Narrado así parece la sinopsis, pero es todo el argumento de Killing them softly (EUA, 2012), película escrita y dirigida por Andrew Dominik.

El guión repara mucho más en los diálogos que en la trama, con el subtexto de la crisis económica y financiera que discutían los candidatos a la presidencia de los Estados Unidos en la campaña electoral de 2008.

Brad Pitt es el asesino a quien contrata la mafia con la mediación de un abogángster corporativo (Richard Jenkins); Scoot McNairy y Ben Mendelsohn encarnan a los ladrones, uno recién salido de la cárcel y otro lumpenizado y drogadicto, ambos tan ingenuos que inspiran ternura; Vincent Curatola es el hampon que los contrata, y Ray Liotta es el infeliz organizador de las apuestas.

Basado a su manera en la novela Cogan’s Trade (EUA, 1974), de George V. Higgins, dicho guión suma un personaje innecesario al ínfimo argumento: encarnado por James Gandolfini, otro sicario es llamado por el principal para que asesine al autor intelectual del asalto; sin embargo, el alcoholismo y el cansancio le impiden hacer ese trabajo. Gandolfini actúa bien, pero su personaje aburre y, más aún, sale sobrando, sobre todo por los diálogos, en este caso, excesivos, patéticos y fuera de contexto.

Los demás actores hacen perfectamente sus papeles; Mendelsohn y McNairy son los mejores; a pesar de su cara de gato bodeguero, Liotta es tan carismático o más que en Goodfellas (EUA, 1990), de Scorsese. Pitt sigue creciendo como actor, pero todavía no alcanza la estatura de los grandes.

Aunque Mátalos suavemente, como fue titulada en español, dura 97 minutos (una hora y media, contando aparte los créditos finales), a falta de mayor contenido, el ritmo es sumamente pausado; podría decirse que la película es de inacción violenta…

Lo más interesante es el estilo narrativo, sus recursos técnicos, especialmente la secuencia del asesinato carro a carro, filmada con cámaras rapidísimas y proyectada en cámara súper lenta, tanto que vemos el plomo de las balas salir del cañón de la pistola y atravesar la cristalería, que se hace añicos, y los cartuchos percutidos saltar de la recámara del arma y quedar suspendidos en el aire por un instante (como he dicho, algo similar vemos también en Gangster Squad, de Fleischer). Con Ketty Lester cantando Love Letters (Cartas de amor) en el fondo musical, la cadenciosa destrucción, casi monocromática, es rematada por un camión que embiste al coche de la víctima bajo la lluvia.

Cuando, minutos antes, deliciosamente actuado, el drogadicto se inyecta morfina y viaja, vemos una técnica de edición elíptica llamada jump cuts (saltar recortes), que consiste en suprimir fotogramas intermedios de una misma toma y sirve aquí para acentuar el ritmo de la lentitud; una distorsión difusa alterna con los labios de Mendelsohn en primer plano y se repite la frase de uno con la voz del otro; el efecto narcótico, entonces, resulta placentero para el drogadicto y exasperante para su interlocutor, sensaciones encontradas que transmite la secuencia al público espectador.

El sonido es ingenioso, creativo y sutil, pero resulta desagradable durante la golpiza, con brutales estallidos de sangre, como ingrediente de horror gore, al estilo Tarantino, cuya influencia es notoria también en la elaboración de los diálogos, tanto por su eclecticismo como por su extensión, lo mismo que en algunos planos secuencia igualmente prolongados, y en la violencia, súbita y sorpresiva, que rompe la tensa calma (influencia primigenia del cine de Hong Kong, dicho sea entre paréntesis).

Mirada subjetiva que atraviesa un sórdido pasillo hacia la calle convertida en basurero, mientras Barak Obama pronuncia un discurso de campaña; se trata del delincuente que sale de la cárcel y, al término de los créditos iniciales, se encuentra con su amigo lumpen ladrón de perros para invitarlo a participar en un robo más grande. En el audio, Obama promete inclusión al conjunto de la sociedad, mientras la imagen habla de un sistema social excluyente que nadie quiere cambiar. Si bien es otro mérito de la cinta lo que tiene de crítica política, bastaba con ese principio y la frase final: “Aquí todos estamos solos. Estados Unidos no es un país, es un negocio”. Después de la secuencia inicial, todo cuanto escuchamos de verborrea o palabrería demagógica en voces superpuestas o provenientes de algún televisor prendido, a veces fuera de cámara, sale sobrando.

El final no parece de película, sino de capítulo de una serie.

Banda sonora de jazz-country, “neo noir”… Excelente montaje y/o edición…

Dato curioso: Entre los actores hay tres que trabajaron en la serie de televisión Los Soprano: Gandolfini, Curatola y Max Casella.

También curiosamente, el matón interpretado por Pitt se llama Jackie Cogan, casi como el niño Jackie Coogan, famoso por su trabajo con Charles Chaplin en The Kid (EUA, 1921), su papel protagónico en la primera adaptación cinematográfica de Oliver Twist (EUA, 1922), de Frank Lloyd, y, ya adulto, su personaje Tío Lucas o Tío Fétido en la serie de televisión Los Locos Addams o La Familia Addams.

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Cine gángster

Mátalos suavemente, donde las mujeres son anecdóticas, meras referencias en las pláticas machistas, puede considerarse como cine independiente, en el que su actor principal es también productor.

El film noir (como escriben los mamones para decir cine negro, mezclando con el español dos idiomas distintos, pues pedantería es sinónimo de ignorancia), en este caso, puede llamarse así por ser sucedáneo gringo del cine “polar” francés, cuyo realizador más representativo fue Jean-Pierre Melville, de gélido minimalismo protagonizado por Jean-Paul Belmondo (El confidente, 1962) y Alain Delon (El Samurai, 1967), entre otros. Mátalos suavemente, más que thriller policiaco, en el que aparece la policía sólo una vez como comparsa, es cine de gángsters en estricto sentido, que actualiza un relato de los años setenta.

Andrew Dominik debutó en 2000 con Chopper: retrato de un asesino, basada en la autobiografía de un legendario criminal; su película más reciente, antes de la que nos ocupa, era El asesinato de Jesse James por el cobarde Robert Ford (EUA, 2007), también basada en una novela y producida-protagonizada por Brad Pitt, también de gángsters con escasas escenas de acción y trasfondo político sustentado en los diálogos. El guionista y director ha tenido mayor aceptación por parte de la crítica especializada que por el público en general. El asesinato de Jesse James… fue un fracaso de taquilla, pues recaudó unos 15 millones de dólares, la mitad de su presupuesto y lo invertido esta vez.

Mátalos Suavemente se presentó el año pasado en el Festival de Cannes, donde compitió con otras cintas ignoradas por la dizque “academia” de Hollywood en su premiación (Cosmópolis, de Cronemberg, Un reino bajo la luna, de Anderson, y Los ilegales, de Hillcoat), y perdió ante Amor, de Haneke.

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Obama vs Osama

obama_osamaLas dos primeras dramatizaciones cinematográficas de la operación militar que, según la versión oficial, dio muerte a Osama bin Laden en la noche del 1 al 2 de mayo de 2011, también tienen en común las fechas previstas inicialmente para sus estrenos unos días antes de los comicios presidenciales en Estados Unidos, por lo que parecen concebidas como colofón de la campaña electoral de Barak Obama en pos de su reelección. Se trata de Seal Team Six: The Raid on Osama Bin Laden, dirigida por John Stockwell con guión de Kendall Lampkin, y Zero Dark Thirty, de Kathryn Bigelow y Mark Boal.

Además de la polémica por la premier televisiva de Seal Team Six, el congresista republicano Pete King, presidente del Comité de Seguridad Nacional en la Cámara de Representantes, denunció que la administración Obama había dado información secreta “de alto nivel” a la directora y el guionista de Zero Dark Thirty, y la Casa Blanca, por su parte, aclaró que sólo se les había informado sobre el papel del presidente en la redada contra el máximo líder de la red Al Qaeda.

El estreno de La noche más oscura, como fue titulada en España, estaba programado para octubre, pero Sony Pictures Entertainment, su compañía productora y distribuidora, lo pospuso para después de las elecciones, hasta el 19 de diciembre, limitado a unas cuantas salas de exhibición, por lo que no influyó en las preferencias de los votantes. El día de la premier, sin embargo, el Comité de Inteligencia del Senado solicitó por escrito al director de la Agencia Central de Inteligencia (CIA por sus siglas en inglés), Michael Morrell, los documentos entregados a los cineastas, pues la película revela el uso de interrogatorios con torturas en la localización de Bin Laden. “Aunque esa información es incorrecta —dicen los senadores en su carta—, está en consonancia con declaraciones públicas hechas por el exdirector del Centro Antiterrorista de la CIA, Jose Rodriguez, y el exdirector de la CIA, Michael Hayden”. Durante sus primeros días de mandato, en 2009, Obama canceló el programa de detenciones e interrogatorios con “técnicas coercitivas” de la CIA, según los senadores.

El estreno limitado en diciembre sirvió para que la película contendiera por los premios Óscar; su nominación en cinco categorías, incluidas las de mejor película y mejor guión original, la catapultó en enero hasta el primer lugar de taquilla con 24 millones de dólares recaudados en su primer fin de semana de estreno a escala nacional. Una vez que Objetivo: Bin Laden, como se le llamó en Hispanoamérica, fracasara en la entrega del Óscar, al llevarse nada más una estatuilla ex aequo, en febrero, el Senado cerró su investigación sobre la presunta filtración de información secreta o clasificada.

Los Navy SEAL’s van al cine

sealteam6Seal Team Six (Equipo SEAL 6) es un cuerpo militar de élite —antiterrorista, entre otras cosas— perteneciente a la armada gringa y disuelto en 1987, al que reemplazó el Grupo de Desarrollo de Guerra Naval Especial (NSWDG por sus siglas en inglés). Seal es acrónimo de Sea, Air and Land (Mar, Aire y Tierra).

Estados Unidos cuenta con dos Unidades de Misiones Especiales, oficialmente reconocidas; una opera en el Pacífico y otra en el Atlántico; la primera es conocida informalmente como Fuerza Delta y la segunda como Equipo SEAL 6, el nombre de su antecesora, así llamada en su momento para despistar a los espías soviéticos sobre el número de unidades operantes, según la creencia popular. Esta unidad tiene su origen en el fracaso de la operación militar Garra de Águila que en 1980 intentó rescatar a los 66 empleados de la embajada gringa en Irán durante la crisis de los rehenes. Aunque las Unidades de Misiones Especiales pretenden ser secretas, algunos medios informativos han identificado a cuatro.

El actual NSWDG, antes Seal Team Six, es la unidad especial que tomó por asalto la guarida de Osama Bin Laden, según la versión oficial; de ahí que la película de John Stockwell tenga ese título, aunque el original es Code Name: Geronimo, pues primero se dijo que la operación había tenido el nombre de Gerónimo para referirse en clave al principal cabecilla de Al Qaeda, y después que había sido Lanza de Neptuno…

Editada con escenas muy rápidas al estilo de un video clip, la cinta dura 90 minutos y alterna el desarrollo de la acción con testimonios ficticios de los protagonistas y algunas imágenes reales (en movimiento y fotos fijas) de Barak Obama y miembros de su gabinete, como un intento de parecer documental. En los testimonios, los comandos Navy SEAL’s y la agente de la CIA que descubrió el escondite de Bin Laden —aquí llamada Vivian— comentan el aspecto personal del episodio sin informar un ápice.

Aunque prepotentes y soberbios, los personajes reales contrastan con los actores y sus expresiones forzadas, sus actitudes corporales demasiado mamonas y sobreactuadas, especialmente las del viejo capitán de corbeta. Los agentes de la CIA en Pakistán son torpes y burdos, nada discretos.

Acorde con la dinámica y el ritmo, estética de la brevedad, la economía de algunos diálogos resulta más odiosa que el terrorismo. Las secuencias de acción parecen videojuegos; unas escenas con filtro azul del preámbulo se repiten a mitad de la película y al final. La música en general es repetitiva y pobre…

Un prisionero interrogado en Guantánamo bajo amenaza de entregarlo a la “inteligencia saudí” para que lo degüelle vivo, suelta el nombre que servirá como pista para dar con el terrorista mayor. Aquí no hay más tortura que la sicológica.

El argumento, en adelante, prácticamente se reduce a la operación militar desde su preparación, el entrenamiento del equipo en una réplica del complejo residencial ubicado a las afueras de Abbottabad, al norte de Pakistán, algo sobre las vidas particulares de los soldados (en una sola secuencia, varios chatean con sus familiares), la rivalidad entre dos de ellos (el joven líder y el más macho).

En esta cinta, la unidad especial ignora el objetivo de su misión hasta que la realiza y resulta una operación quirúrgica, sin bajas entre las mujeres y los niños que habitan la casona fortificada; tampoco entre los gringos, que ni siquiera una herida sufren; el saldo es de cuatro hombres muertos, entre ellos Bin Laden y su hijo, y cero daños colaterales, salvo por el desplome de un helicóptero… Los gringos de película no matan gente inocente ni torturan; al menos en este caso, esa es una de las premisas.

Ese mismo día, el presidente de los Estados Unidos anuncia públicamente, con voz de locutor, el éxito de la incursión militar al escondite del buscado terrorista y alude al fracaso de la administración anterior en este sentido. Sobreviene la grandilocuencia y el patrioterismo exacerbado. “Hoy es un buen día para ser estadounidense”, dice el más macho en su testimonio. En el cuartel de la CIA están de fiesta: sonrisas, abrazos, mucho júbilo (lo mismo veremos después en Argo, de Ben Affleck, por otra causa).

En 2011, la popularidad de Obama iba inexorablemente a la baja por el incumplimiento de sus promesas de campaña, el estancamiento económico del país y el bloqueo de su gobierno en el Congreso, cuando la muerte del presunto cerebro del 11-S la hizo repuntar. La película sobre dicha muerte, que la presenta obviamente como una gran hazaña, fue transmitida por el canal de National Geographic el domingo 4 de noviembre, dos días antes de los comicios presidenciales en Estados Unidos, sin que la Casa Blanca, el Departamento de Estado, el Pentágono, la CIA o alguna otra instancia gubernamental desmintiera o confirmara su contenido. Dos días después, el mandatario fue reelecto.

Seal Team Six: The Raid on Osama Bin Laden, por lo demás, no hace ni el más mínimo aporte al cine y mucho menos a la divulgación histórica; es un trabajo tan mediocre, intrascendente y menor que, salvo por su contexto político y militar, toda crítica le hace un inmenso favor. Stockwell había dirigido, también el año pasado, Dark tide (Aguas profundas), un bodrio que, aparte de mal hecho, es deshonesto y hasta fraudulento, y tampoco merece más comentarios.

La oscuridad de las 00:30

zero-dark-thirty-chastainZero Dark Thirty, en cambio, es un esfuerzo ambicioso que, durante 156 minutos, con un presupuesto de 40 millones de dólares, abarca lo medular de la investigación que tardó casi una década en localizar al enemigo público número uno de Estados Unidos, según la versión oficial, autor intelectual de los ataques terroristas que asesinaron a más de tres mil personas el 11 de septiembre de 2001. Concebido inicialmente como un relato del fracaso en esta búsqueda, el proyecto de Kathryn Bigelow y Mark Boal, directora y guionista que figuran también como productores, tuvo un dramático giro el 2 de mayo de 2011.

La noche más oscura, como fue titulada en español, “está basada en eventos actuales” (sic), dice al comenzar, y con la pantalla en negro escuchamos grabaciones de vuelo y una conversación telefónica entre dos mujeres, una de ellas atrapada en algún lugar de las torres gemelas el día de los avionazos. Dos años después, la protagonista de ambas películas —agente novata de la CIA que, interpretada en este caso por Jessica Chastain, tiene el nombre de Maya— es transferida a Pakistán, en donde su colega Dan (Jason Clarke) aplica interrogatorios con torturas a prisioneros de Al Qaeda. Entre atentados terroristas menores en distintas ciudades, los agentes arrancan a varios prisioneros el seudónimo de un mensajero o courier de Osama bin Laden. El misterioso personaje obsesiona a Maya, que se dedica exclusivamente a seguir esta pista durante los siguientes años hasta dar con el peor de los villanos.

Mientras Estados Unidos y sus aliados lo buscaban en cuevas de las inhóspitas montañas de Afganistán, Bin Laden vivía en Abbottabad, unos 50 kilómetros al noreste de la Islamabad, capital de Pakistán, a sólo mil 500 metros de una academia militar paquistaní. Su guarida era un complejo residencial de 3,500 metros cuadrados que se construyó en 2005 y fue valuado en un millón de dólares. Allí permaneció seis años oculto y aislado del mundo exterior, sin teléfono ni internet, con su familia, otros ocho hombres, nueve mujeres y un indeterminado número de niños.

Las primeras dos horas de Zero Dark Thirty —113 minutos, para ser exactos— narran la investigación, y los últimos 43 minutos (contando el tiempo de los créditos finales) están dedicados a la operación militar; el capítulo se llama «Los canarios», en alusión a los Navy SEAL’s que atacarán la casa-fortaleza “como canarios” para prescindir de un bombardeo, ante la incertidumbre de que sea realmente guarida de Bin Laden, dados los errores cometidos antes. Aquí no vemos entrenamiento, sino frivolidad, y los comandos saben desde el principio cuál es el objetivo de su misión, pero no lo creen del todo.

También a diferencia de Seal Team Six, que muestra imágenes fijas de Barak Obama y Hilary Clinton observando la incursión en tiempo real (específicamente sus rostros al caer uno de los helicópteros), aquí aparecen nada más los agentes de la CIA dando ese seguimiento. Las demás escenas alternan una mirada subjetiva desde los ojos de los soldados a través de lentes con luz ultravioleta y demasiada oscuridad (las escenas oscuras son de pésima calidad). La secuencia es bastante sórdida y espectral; la residencia parece un lugar de zombis, cuya respuesta defensiva, además de ser mínima, está desarticulada; la reacción de los vecinos es igualmente fantasmal… De nuevo a diferencia de Seal Team Six, los disparos del grupo invasor son silenciosos; todo es lento y cauteloso, pero eso no obsta para que, al final, haya por lo menos una mujer y un niño acribillados.

Con su parafernalia de altísima tecnología, los Navy SEAL’s parecen astronautas.

Aquí no vemos el ambiente festivo de la CIA, una vez que todo acaba; el ánimo de la protagonista principal es más bien de pesadumbre…

Ninguna de las dos películas se refiere a las pruebas de ADN que, según la versión oficial, confirmaron la identidad de Bin Laden. En el segundo caso, la identificación se limita al reconocimiento visual por parte de Maya.

Jennifer Ehle en el papel de la agente Jessica parece mitad falsa y mitad tonta; su actuación está entre lo peor y más molesto de Zero Dark Thirty, aunque dicho personaje afortunadamente muere a mitad de la película. Otro hecho que irrita y resta credibilidad al argumento es que Dan, el principal torturador, dice sentirse mal después de haber visto a veinte hombres desnudos y lamenta casi llorando que alguien mató a los monos que tenía enjaulados. Los gringos de película siempre son más humanos que la gente de cualquier otro país, tanto que hasta sus torturas (cuyas técnicas enseñan a militares de todo el hemisferio en la criminal Escuela de las Américas) son menos brutales, inclusive amistosas; por eso el prisionero más interrogado y torturado parece muy lúcido, completo y relajado cuando lo agasajan después de impedir que duerma durante quién sabe cuántos días con sus respectivas noches… Lo más irritante de todo es que nadie critica estas incongruencias.

Más que una denuncia de la tortura, parece haber cinismo en su exposición.

Bigelow y Boal habían realizado la exitosa, laureada y aclamada cinta The Hurt Locker (2008), sobre una brigada antiexplosivos del ejército gringo en Irak.

Más allá de los efectos inmediatos a favor de Obama, tanto Seal Team Six como Zero Dark Thirty podrían tener el objetivo de abonar a más largo plazo en el probable engaño de la versión oficial sobre la muerte de Bin Laden, que los medios de comunicación y el público en general dan por verídica, aunque Estados Unidos no haya mostrado fotos ni vídeos del cadáver que, según dice, arrojó al mar… Las “razones” esgrimidas para deshacerse de esa evidencia son tan ridículas y estúpidas que ninguna de las dos películas sale con algo semejante y simplemente las omiten.

Estados Unidos viola sistemáticamente hasta los más básicos y elementales derechos humanos; viola también la soberanía nacional del país que se le antoje y, de paso, viola flagrantemente la legalidad internacional, pero se dice respetuoso de las tradiciones islámicas al brindar un servicio funerario en la clandestinidad a su mayor enemigo, para desaparecer el cadáver sin dar pruebas a nadie… (además, la tradición es enterrar a los muertos, no echarlos al mar).

Si la versión oficial fuera verdad, sería obvio que Estados Unidos optó por asesinar a Bin Laden en vez de llevarlo a juicio por temor a lo que hubiera revelado sobre su relación con un país que no siempre fue su enemigo y, antes por el contrario, más bien lo engendró.

عملیات فاجعه

Una tercera dramatización cinematográfica plantea otra versión: Según Dahiruzh Rêmin (Irán, 2013), de Amir Karjadi, titulada en español Operación Desastre, durante la noche del 1 al 2 de mayo de 2011 un grupo de 33 Navy SEAL’s a bordo de tres helicópteros que despegaron de una base afgana tomó por asalto, sin autorización ni conocimiento del gobierno paquistaní, la casona de Abbottabad y masacró a sus ocupantes, en su mayoría mujeres y niños; los hombres estaban desarmados y no tenían relación con Al Qaeda. Uno de los helicópteros se impactó contra otro y la colisión causó más de veinte muertes y lesiones graves entre la población civil y los propios comandos… Esta película fue prohibida en varios países, tanto que todavía no encuentra realizadores, además del guionista, quien declaró en días recientes a la prensa estar apenas por escribir un primer adelanto de lo que será el guión. Estaremos al pendiente.

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Asalto al cine mexicano

diasdeGraciaDespués de ver Pastolera, de Emilio Portes, y Días de gracia, ópera prima de Everardo Gout (principales ganadoras del Ariel en su entrega más reciente), la sensación que me dejan Después de Lucía, de Michel Franco, y Asalto al cine, de Iria Gómez Concheiro, es que hay un tipo de cine mexicano que apuesta más al reconocimiento en festivales internacionales que al público masivo y nacional, al cabo su aceptación por éste será consecuencia de aquél, parece ser la premisa; un tipo de cine supuestamente “artístico”, pero técnicamente defectuoso, como si este aspecto importara menos o la segunda característica fuera condición de la primera, por aquello de hacer “arte” con bajo presupuesto para que tenga más mérito, al austero estilo de Michael Haneke, de moda por el Óscar, estilo sobre todo narrativo que parecen imitar los realizadores mexicanos con magros resultados…

Asalto al cine, por ejemplo, tiene las mismas fallas de sonido que Después de Lucía: el micrófono está integrado a la cámara y, cuando ésta se aleja, el audio disminuye; cuando la cámara se acerca, el audio aumenta. Por si eso fuera poco, hay escenas inclusive desenfocadas, hecho que demerita cuanto pueda tener de bueno esta cinta, por lo demás, bastante aburrida: el asalto anunciado en el título sucede casi al final, pues el guión coescrito por la directora misma y Juan Pablo Gómez García dedica demasiado tiempo a contextualizar y recurre a subtramas sociales sin ahondar en ellas, como el despido masivo de los electricistas, para conferir al contenido un cariz “denuncista” que diga: ¡Estas son las causas de la delincuencia juvenil! Las drogas, la violencia callejera y la desintegración familiar forman parte del contexto que justifica el asalto, y un decepcionante final envía el mensaje de que, además, los autores del delito pueden salirse con la suya sin problemas.

En cuanto a Después de Lucía, son tantas sus vergüenzas que no es necesario insistir en ellas; basta con leer los comentarios al respecto en Cine Premiere para conocer la idea que tiene de esta película el público, más que los “críticos” al servicio del poder.

Pastolera, en cambio, es muy divertida. Destaca por su originalidad el guión del propio Emilio Portes. A Joaquín Cosío le queda perfecto el papel de Diablo y policía judicial; el resto del elenco en general hace bien su trabajo, aunque algunas escenas y secuencias de acción son algo burdas. Como en muchas películas con sobrada influencia de Hollywood, entre ellas, Salvando al soldado Pérez, de Beto Gómez, que recibió un Ariel por sus “efectos especiales”, demasiadas balas no atinan al blanco totalmente descubierto, con tiempo suficiente a su alcance…

Patrocinada también por Televisa, Salvando al soldado Pérez, desde el título, es una parodia de Spielberg, pero no se atreve a dejar en ridículo al ejército gringo; más bien hace apología del narco, que termina siendo el héroe.

En Días de gracia, por su parte, la corrupción policiaca y el secuestro como crimen cada vez más recurrente, al menos en México, son los principales ingredientes de una trama truculenta y cruda. Al parecer concebida para el púbico gringo o de gustos similares, como Salvando al soldado Pérez, esta cinta fue filmada con la cámara en mano, en constante movimiento, y editada con escenas muy rápidas, a manera de video clip. El guión del propio Everardo Gout y David Rutsala trata de ser sorprendente y lo consigue a riesgo de que uno crea en muchas y grandes coincidencias, al cabo es película; con algunas secuencias de cine negro, es violenta y vertiginosa, pero pierde el ritmo hacia el final, una vez que el público debe dar por hecho lo que no vio: cuando el protagonista está por matar al capo árabe con una navaja de afeitar, hay que suponer que lo hizo, como si nos escamotearan un pedazo de metraje, error del guión o la edición… El actor protagónico Tenoch Huerta es bastante convincente; la fotografía de Luis David Sansans es memorable; la música original es de lo mejor, aunque de pronto escuchamos en un pasaje dramático a Janis Joplin… ha de ser válido.

Pero Después de Lucía y Asalto al cine son películas autocomplacientes… Las ganadoras del Ariel son menos “artísticas”, más comerciales y, desde luego, mejores.