Cien películas: Mis favoritas

(Relación flexible que puede variar en cualquier momento)

1. Julia, de Fred Zinnemann
2. El inquilino, de Roman Polanski
3. Satiricón, de Federico Fellini
4. Largo domingo de noviazgo, de Jean-Pierre Jeunet
5. Las tortugas pueden volar, de Bahman Ghobadi
6. La balada de Narayama, de Shohei Imamura
7. Adiós a mi concubina, de Chen Kaige
8. El tigre y el dragón, de Ang Lee
9. El Padrino, de Francis Ford Coppola
10. El Padrino II, de Francis Ford Coppola

11. Apocalipsis ahora, de Francis Ford Coppola
12. Ben Hur, de William Wyler
13. They Shoot Horses, Don’t They? (Baile de ilusiones), de Sydney Pollack
14. Última salida, Brooklyn, de Uli Edel
15. Chicago, de Rob Marshall
16. El silencio de los corderos, de Jonathan Demme
17. Mulholland Drive, de David Lynch
18. El maquinista, de Brad Anderson
19. Blade Runner, de Ridley Scott
20. Mi vida como un perro, de Lasse Hallström

21. Juegos prohibidos, de René Clément
22. El planeta de los simios, de Franklin J. Schaffner
23. La vida de Brian, de Terry Jones (Monty Python)
24. Adiós a Las Vegas, de Mike Figgis
25. La mujer que canta (Incendios), de Denis Villeneuve
26. Oliver, de Carol Reed
27. Léolo, de Jean-Claude Lauzon
28. La casa de las dagas voladoras, de Zhang Yimou
29. Spider, de David Cronenberg
30. La isla siniestra, de Martin Scorsese

31. Vampyr (La bruja vampiro), de Carl Theodor Dreyer
32. Nosferatu, una sinfonía del horror, de Friedrich Wilhelm Murnau
33. Freaks, de Tod Browning
34. La quimera del oro, de Charles Chaplin
35. Tiempos modernos, de Charles Chaplin
36. El acorazado Potemkin, de Serguéi M. Eisenstein
37. El jorobado de Nuestra Señora, de William Dieterle
38. Aventurera, de Alberto Gout
39. Los olvidados, de Luis Buñuel
40. Viridiana, de Luis Buñuel

41. Pink Floyd – The Wall, de Alan Parker
42. Fama, de Alan Parker
43. All That Jazz, de Bob Fosse
44. Cabaret, de Bob Fosse
45. Jesucristo superestrella, de Norman Jewison
46. La vida en rosa, de Olivier Dahan
47. Ciudad de Dios, de Fernando Meirelles
48. Birdman, de Alejandro González Iñárritu
49. 21 gramos, de Alejandro González Iñárritu
50. La sangre de Romeo, de Peter Medak

51. Repulsión, de Roman Polanski
52. Sunset Boulevard, de Billy Wilder
53. Nido de ratas / La ley del silencio, de Elia Kazan
54. Matar a un ruiseñor, de Robert Mulligan
55. Rumble Fish (La ley de la calle), de Francis Ford Coppola
56. Butch Cassidy and the Sundance Kid (Dos hombres y un destino), de George Roy Hill
57. El golpe, de George Roy Hill
58. Pandillas de Nueva York, de Martin Scorsese
59. El tambor de hojalata, de Volker Schlöndorff
60. El jardín secreto, de Agnieszka Holland

61. Zelig, de Woody Allen
62. Bananas, de Woody Allen
63. Manhattan, de Woody Allen
64. La rosa púrpura del Cairo, de Woody Allen
65. Toma el dinero y corre, de Woody Allen
66. Alice, de Woody Allen
67. Desde el jardín, de Hal Ashby
68. Tideland, de Terry Gilliam
69. Brazil, de Terry Gilliam
70. Delicatessen, de Jean-Pierre Jeunet y Marc Caro

71. O Apóstolo, de Fernando Cortizo
72. Persépolis, de Vincent Paronnaud y Marjane Satrapi
73. Shakespeare enamorado, de John Madden
74. La danza de los vampiros, de Roman Polanski
75. Amélie, de Jean-Pierre Jeunet
76. Y la nave va, de Federico Fellini
77. Marnie, de Alfred Hitchcock
78. Stoker, de Chan-Wook Park
79. Mezcal, de Ignacio Ortiz
80. Ella, de Spike Jonze

81. La guerra del fuego, de Jean-Jacques Annaud
82. Niña bonita, de Louis Malle
83. Bestias del sur salvaje, de Benh Zeitlin
84. Los niños del fin del mundo, de Marzieh Makhmalbaf
85. Los muchachos no lloran, de Kimberly Peirce
86. Taxi Driver, de Martin Scorsese
87. Toro salvaje, de Martin Scorsese
88. Naranja mecánica, de Stanley Kubrick
89. El espinazo del diablo, de Guillermo del Toro
90. El laberinto de fauno, de Guillermo del Toro

91. Amén., de Costa-Gavras
92. Sophie Scholl – Los últimos días, de Marc Rothemund
93. El pianista, de Roman Polanski
94. La caída, de Oliver Hirschbiegel
95. El portero de noche, de Liliana Cavani
96. Los falsificadores, de Stefan Ruzowitzky
97. Desaparecido, de Costa-Gavras
98. La bruja de la guerra (Rebelde), de Kim Nguyen
99. Nosferatu, fantasma de la noche, de Werner Herzog
100. El cuervo, de Alex Proyas

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David Lynch por entregas

david lynchHagamos un resumen: Mulholland Drive y Terciopelo azul son obras maestras con algunas cosas geniales; la primera tiene la ventaja de que sirve también para detectar imbéciles sin remedio entre la cinefilia y la llamada “crítica especializada”. Cabeza borradora, ópera prima del autor, es cine de culto por antonomasia. Una historia verdadera es simplemente perfecta, pero ni por asomo representativa de Lynch, sino un cambio radical de registro.

Lo peor, sin duda, Conejos (pinche tomada de pelo que debería tener algún tipo de penalización) y Dunas, por muchas razones, entre ellas, la solemnidad en una superproducción entre ambiciosa y pretenciosa de ciencia ficción futurista puede resultar insufrible, sobre todo si contiene además ingredientes repulsivos como la mengambrea, indispensable para películas de horror como Cabeza borradora.

Lost Highway es interesante como cinta precursora de Mulholland Drive y hasta allí.


Eraserhead (Cabeza borradora, en español)

Iniciático trabajo escolar. Ópera prima iniciada por Lynch como estudiante y acabada siete años después, en 1977, debido a que el proyecto rebasó por mucho el presupuesto académico. Horror y surrealismo onírico en homenaje a Buñuel, su confesada influencia en la posterior Terciopelo azul (1986), que no es surrealista como dicen los despistados, sino un thriller de la tradición heredada por Hitchcock. En Cabeza borradora, el autor se aleja de Buñuel al explorar el horror de la fobia inconsciente y engendrarlo como criatura monstruosa, inclusive como aborto en forma de proteína vegetal, que es germinal, se parece al esperma y, en menor medida, a las larvas de los anfibios (renacuajos); aquí tiene el tamaño de una culebra, y el diseño sonoro complementa su repugnante naturaleza… Cuando el personaje despierta al percibir que, acostada en la misma cama, su esposa está expulsando criaturas reptantes por el vientre, uno advierte la influencia que tuvo esta cinta en otras piezas raras del mismo género, como La posesión, de Zulawski. Cuando la pareja alimenta a su hijo, que más bien parece un engendro del Diablo, uno advierte a su vez la influencia de cintas paradigmáticas, como El bebé de Rosemary, de Polanski.

En Cabeza borradora vemos  también las constantes del autor en sus posteriores obras maestras, Terciopelo azul y Mulholland Drive: una mujer clara y otra oscura como dualidad, atmósfera densa, enrarecida, oscura y opresiva, con esporádicos remansos de claridad, escenas en un teatro, sueños que revelan zonas enfermas del pensamiento o su ausencia. El horror de Buñuel es onírico; el de Lynch se torna sobrenatural.

En un sueño causado por la angustia de ser esposo y padre a la fuerza, el personaje pierde la cabeza, un niño la recoge y la lleva corriendo a vender a un fabricante de goma borradora para lápices. De ahí el título.

No es casual que el protagonista de Cabeza borradora tenga un peinado al estilo del propio Lynch, pues se trata de un autorretrato, tanto de su extravagancia como de la oscuridad que habita en sus laberintos mentales, oscuridad que, a diferencia de Burton, trasciende la estética, al ser contenido y forma, fondo y superficie. El autor llamaba “Historia de Filadelfia” a su proyecto porque proyectaba los miedos y las ansiedades que experimentó al vivir en dicha ciudad.

Al año siguiente de su estreno, Lynch postuló El hombre elefante (1980), basada en la historia real de un hombre enfermo y gravemente deforme, como continuación de Cabeza borradora. Ambas fueron rodadas en blanco y negro, pero la segunda es menos abstracta.


Véase también Mulholland Drive

Personalidad masculina

017¿Cuál es la diferencia entre un clásico y un lugar común?

Personalidad masculina, como verán, es una secuencia fotográfica de talento específicamente actoral, aunque algunos iconos también son directores: Clint Eastwood, Roman Polanski, Woody Allen, Robert de Niro, Tommy Lee Jones, Gary Oldman…

Además de la edad, la nacionalidad y la decadencia, Eastwood y Allen tienen en común que son músicos, entre otras cosas. La nefasta ideología del primero, a quien llaman «el último clásico», no obsta para reconocer su grandeza como cineasta; como actor no varía mucho, prácticamente nada, pues entre un pistolero del viejo oeste y un policía rudo, la gama intermedia es más de lo mismo, salvo acaso por el locutor acosado en la primera película que dirigió, o el embustero que encarna en El engaño, dirigido por Don Siegel, lo más próximo al villano, y uno que otro papel en sus propios dramas románticos (Los puentes de Madison y Million dollar baby, romántica en un sentido muy otro). Por lo demás, el señor cine y hombre orquesta es bastante completo: director, guionista, productor y compositor de la denominada banda sonora.

Desde su alianza con Steven Spielberg, Eastwood se hizo insoportablemente lacrimoso y falsamente humanista; a Spielberg le sirvió lo sensiblero para ganar el Óscar en siete categorías y otros premios con La lista de Schindler, pero a Eastwood no, y de ahí que reviviera el policía rudo, ahora octogenario.

Sean Connery, en cambio, pasó de ser modelo a un actor de inigualable carrera (productor de bodrios infames) que tampoco se quedó en el papel de James Bond; al contrario, lo superó con una evolución por la que llegué a considerarlo el hombre más carismático del mundo.

Anthony Hopkins es todavía más versátil y también mejora con los años, a pesar de su aire aristocrático.

¿Y qué decir de Al Pacino y Robert de Niro? ¿Es necesario decir algo?

La más emblemática y trascendente actuación de Marlon Brando es El Padrino, de Francis Ford Coppola, pero la mejor película del mismo director es Apocalipsis ahora, en donde también interviene quien ha sido calificado como «el mejor actor del mundo»; no coincido con esa calificación y, en algún momento, creí que era más bien Charlton Heston el mejor actor, independientemente de lo nefasto que fue en la vida real. Ben Hur, de William Wyler, y El planeta de los simios, de Franklin J. Schaffner, son películas muy importantes para mí, en lo personal. El planeta de los simios y Operación Dragón, de Robert Clouse, están entre las que he visto más veces, tantas como Julia, de Fred Zinnemann, aproximadamente.

Así como The Beatles son indispensables para quienes estudian inglés, Bruce Lee es imprescindible para quienes aprenden artes marciales, sobre todo autodidactas, así sea karate (hay que ser ignorante y tonto para llamar karate al kung fu); también la carrera actoral del atleta empezó en la infancia… Al respecto abunda material de lectura y para escritura, pero hay que ver todas sus películas, incluyendo las peores.

Charles Bronson es otro que tampoco varió gran cosa en cuanto al papel de tipo rudo, pero es muy convincente, carismático a su modo, y el estilo parece ser el mismo de Tommy Lee Jones, cuya salvedad es una amplia gama de personajes, incluido el empresario homosexual de JFK… Tommy Lee Jones, además, dirigió Los tres entierros de Melquíades Estrada, una película exitosa en cuanto a premios, pero mala para mi gusto.

Como he dicho antes, Morgan Freeman es un actor estupendo, pero subvaluado por el simple hecho de ser negro.

Si Polanski, por su parte, no ha sido valorado como actor se debe a su importancia como director, más que al desequilibrio entre calidad y cantidad, a diferencia de Allen, que pretende ser émulo de Chaplin, actor de un solo personaje.

Lo mejor de Peter Sellers es El jardinero, dirigido por Hal Ashby…

De Richard Burton, más que su carrera en general, me impacta especialmente su papel en El toque de Medusa, de Jack Gold.

Gary Oldman es Drácula para el público de masas, pero yo lo reivindico por La sangre de Romeo, de Peter Medak… Christian Bale es Batman para el mismo público, pero lo importante, para mí, es El maquinista, de Brad Anderson… Viggo Mortensen es Aragorn (El señor de los anillos) para la masa, pero yo empecé a conocer una personalidad interesante a partir de su actuación dirigida por David Cronemberg, primero en Una historia de violencia y luego en Promesas del Este

Los actores ganan mucho dinero y mucha fama con las producciones magma, pero el prestigio se logra con cine de bajo presupuesto; más adelante hay que hablar de eso, y hacer una galería de actores que han trascendido con una sola cinta: los tres Nosferatu, por ejemplo; Spider, del mismo Cronemberg; los casos fascinantes de niñ@s…

Esta revisión es preliminar y, en la primera oportunidad, cubriré mis faltas, pues quizá cometo algunas omisiones imperdonables.

Por lo pronto, de Paul Newman y Robert Retford diré que no tolero las actitudes de hombres guapos (de hombres bonitos, menos), pero cuando actúan y proyectan un talento independiente del aspecto físico, se trata entonces de un doble privilegio.

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Para mi gusto…

La secuencia fotográfica Para mi gusto -que no fue posible postear y por eso está publicada como página- es una pasarela femenina de belleza y talento que suelen coincidir, aunque no siempre con equilibrio. Jodie Foster, por ejemplo, no es comparable con Halle Berry, pero su proyección de inteligencia y fuerza la hace más interesante y atractiva en un sentido muy otro. Susan Sarandon tampoco está como para un concurso de belleza, pero es una de las mejores actrices del siglo pasado, al menos en Hollywood, y una mujer admirable en la vida real, como Jane Fonda, que no podía faltar, aunque tendrá su propia galería.

Comienzo con Naomi Watts por razones obvias; a pesar de King Kong y una que otra producción demasiado ínfima para ella, es una de las tres diosas actuales de la pantalla grande, tanto por su brillante carrera en general como por el instante de perfección y belleza concentradas que logró en Mulholland Drive.

Las otras dos monstruas del momento, sin lugar a dudas ni a discusión, son Marion Cotillard y Zhang Ziyi.

La musa francesa es Edith Piaf para el público de masas, pero también el rostro más interesante del cine en la actualidad y una mujer fascinante en la vida real, que transmite su encanto, sin escatimarlo, hasta en papeles tan menores como el que le dio Woody Allen.

Zhang Ziyi se ha permitido pecados peores que Naomi Watts (¡Tortugas ninja… per Deus!), pero es el personaje más entrañable en El tigre y el dragón, una de las diez mejores películas, para mi gusto siempre; la actuación más asombrosa de su carrera, sin embargo, no es la mejor película, sino La casa de las dagas voladoras. Además de una gran actriz, es una maestra en las artes marciales (desde el kung fu hasta el esgrima), es hermosa y joven, tiene una hermosa voz y, por si fuera poco, baila y canta (más o menos regular).

Sophie Marceau, en su momento, no se conformó con ser físicamente perfecta (cuanto más la veo, más me gusta), y Monica Bellucci sigue siendo el colmo de la sensualidad; no es casual que estos dos bellísimos seres terminaran unidos.

La gracia de Audrey Tautou, por su parte, conquistó al público de masas en el papel de Amélie, que ya es lugar común, pero luego estelarizó Amor eterno (muy superior, aunque menos digerible que la comedia), del mismo director, Jean-Pierre Jeunet.

Sobre los méritos de Winona Ryder, un ángel en desgracia, está por demás hablar.

Jennifer Jason Leigh, en cambio, podría calificarse como una actriz marginal por trabajar en producciones de bajo presupuesto, pero dándole a sus personajes tanta importancia como para terminar convertida en ellos. Personalmente, me basta con su actuación de prostituta intensa y amoral en Última salida a Brooklyn, el papel más impactante de la cinta y quizá de su carrera, aunque después (14 años, para ser exactos) participó en otra película importante para mí: El maquinista, de Brad Anderson, tan representativa del drama sicológico o psicodrama como el trabajo de Polanski o Cronemberg en el mismo sentido (algunos asocian esa pieza excepcional con Hitchcock y Lynch, quizá desde la pedantería o para efectos publicitarios).

Isabelle Adjani es la única persona, hombre o mujer, que actúa en dos películas de mi decálogo: El inquilino, de Polanski, y Nosferatu, de Herzog; la primera es insuperable, salvo acaso por la actuación de Catherine Deneuve en Repulsión, antecedente del mismo director en este género.

Con la enigmática belleza de Nastassja Kinski me permití convertir la foto de su rostro en una obra de arte (modestia aparte), y con la foto regular de sus formidables piernas hice una edición experimental (con dos o tres excepciones, todas las fotos fueron mejoradas).

Keira Knightley no es una buena actriz; por el contrario, es tan mala que, al gesticular, afea su rostro dizque perfecto y, de todos modos, ese rostro es quizá la causa de otro privilegio: la oportunidad de participar en películas de gran presupuesto. Por lo demás, también la pretendida perfección de esta mujer esquelética es mediocre; prefiero verla en fotos que en el cine. Al ver por primera vez el rostro de Catherine Zeta Jones, en cambio, se me hizo nudo la garganta, pero trece años después no estoy seguro de que sea una buena actriz (sobre Keira Knightley no hay duda: es pésima).

A Brigitte Bardot, por último, prefiero verla en pantalla que en monitor, como a Marilyn Monroe, que no me gusta mucho y, si la veo demasiado, me cae gorda.

 

Una película espléndida y otra excelente

He visto dos películas que tienen muy poco en común: ser ampliamente recomendables y estar en cartelera, incluso en la misma sala de la Cineteca Nacional, que no recomiendo a nadie, ni siquiera por dolo a mis enemigos, pues no merecen ver este cine. La mujer que cantaba y La mirada invisible tienen en común también su estreno el año pasado y el papel protagónico de los ojos, en un caso por la fuerza que proyectan y en otro por lo que perciben, aunque el segundo título se refiere más bien a la observancia general: La mirada invisible o el voyeurismo de todos los sentidos, especialmente el olfato; en todos los sentidos, la producción argentina que dirige Diego Lerman es una película perfecta. La mirada invisible o la monotonía de la opresión en la más profunda soledad. Basada en la novela Ciencias Morales, de Martín Kohan, se trata de un drama sicológico, inevitablemente comparable con Repulsión, de Roman Polanski, por la fragilidad femenina, los deseos reprimidos, el instinto defensivo de los abusos, en este caso autoritarios, y la sorprendente violencia que desatan, con la diferencia de que Polanski lleva desde el principio la esquizofrenia y la sicosis hasta el extremo del horror, mientras que Lerman y Kohan, según el guión de María Meira y el propio director, plantean una patología sicosexual de manera utilísima, con un final catártico, único instante de horror, por decirlo así, liberador, satisfactorio, que deja la mente en blanco para razonar la vida sin libertad, la muerte en vida que padeció Argentina durante siete años de imposición. Otra diferencia es que Repulsión concibe la claustrofilia como refugio, la soledad como recurso, un ostracismo instintivo, pues el personaje se esconde (repulsión es sinónimo de fobia), mientras que aquí es ella quien espía, enamorada en secreto de un alumno adolescente, como todos, aunque su espionaje también es personal, silente y disidente del régimen opresivo, como válvula de escape al placer oculto en la intimidad, un placer tan insuficiente que, así sea levemente pervertido, resulta minucia frustrante.

La mirada invisible a la infelicidad y el vacío del alma. Parece una película para no-argentinos por las referencias históricas, bastante conocidas para ellos y la mayoría latinoamericana, medianamente informada sobre su pasado todavía reciente. Las dictaduras militares hicieron de la gente una existencia sin horizonte, mutilada, casi fantasmal. El antiguo Colegio de Ciencias Morales (aberrante desde el nombre) regresó a su origen mojigato, rígido, que rima con frígido, y por si fuera poco, la protagonista es “profesora de conducta”, llamada equívocamente “señorita preceptora”, celadora en los hechos, inflige una férrea disciplina, un orden estricto, que prohibe inclusive la risa, como el cristianismo conservador de los monjes en El nombre de la rosa, por la enferma creencia de que, al reír, el alma escapa del cuerpo, aunque la religión brilla por su ausencia en la cotidianidad mediocre y gris de Marita (diminutivo de María Teresa). Quizá el ambiente hubiera sido más convincente con alguna influencia de la iglesia católica. Lo seguro es que Julieta Zylberberg, como todos en el reparto estelar y el resto del elenco, reúne las características físicas del personaje principal en idónea medida, virgen a los 23 años de edad, “pálida, crisálida y escuálida”, como Nacha Guevara, pero esclava de una opresión castrante, valga la expresión, más para las mujeres que para los hombres, y convence lo mismo por su apariencia que por el magistral talento de su actuación.

La mujer que cantaba, por su parte, es una producción de Canadá y Francia dirigida por Denis Villeneuve, basada en la obra de teatro Incendies (Incendios, en francés), de Wajdi Mouawad. El capítulo final tiene por título el original, pero es “traducido” como La mujer que cantaba, lo cual es un error, una redundancia y una falta de respeto a la película, que además del nombre, tiene un capítulo intermedio llamado así. Mucho más ambiciosa que el sicodrama argentino, es menos perfecta por la debilidad histriónica de Maxim Gaudette y dos instantes de histeria y sobreactuación, que pasan desapercibidos a la primera vista, pero a la segunda no. En cambio, uno de los grandes aciertos es la elección de las actrices Lubna Azabal y Mélissa Désormeaux-Poulin, cuyos ojos representan la herencia vital de una madre a su hija, privilegio del cual carece un hermano gemelo, desangelado y demacrado (el actor es a su vez representativo del típico cine francés que resulta, en lo personal, aburrido, soporífero, plano, vacío, y del que dicen gustar mucho los hipócritas, pedantes, intelectualices, ignorantes). La estructura narrativa es discontinua, pero precisa, quizá menos aleatoria y arbitraria que los guiones de Guillermo Arriaga en la trilogía de González Iñárritu, no obstante algunas secuencias deliberadamente confusas; al principio coinciden en el tiempo la madre y los hijos, pero al morir la primera, la película narra una historia entreverada con otra: la sobrevivencia de la difunta bajo fuego en Medio Oriente y la búsqueda testamentaria que emprenden los hermanos gemelos.

La mujer que cantaba tiene algo de tragedia griega o Shakespeare actualizado; es un drama personal en el contexto de la guerra, la espiral de violencia genocida que, alentada por la intolerancia entre los fanatismos y fundamentalismos, cristiano y musulmán, reproduce la barbarie de nuestra época: ojo por ojo, al cabo el mundo está ciego.

Nawal Marwan es el nombre de la protagonista, un personaje contradictorio, con dos religiones, una por tradición familiar y otra por amar a un refugiado en su tierra, donde la recuerdan como «La mujer que cantaba» por cantar para evadir el dolor propio y ajeno durante quince años dentro de una celda que medía tres metros cuadrados, en una cárcel para presos políticos, donde no existían los derechos humanos; la tortura era el pan de cada día, especialmente para ella, que no dejaba de cantar ni de mirar a los ojos de sus victimarios, después de asesinar al líder de la derecha cristiana, martirológica misión que aceptó a pesar de su filiación hereditaria por el rencor de creer que los matones de ese bando, en una masacre de venganza, habían quemado a los niños del orfanato donde vivía su hijo. Ella era la única sobreviviente de otra masacre que la dejó marcada para siempre con el trauma de atestiguar cómo acribillaban los cristianos a hombres, mujeres y niños, sin hacer más distinciones que la religiosa, la que salvó su truculenta vida para vengar la muerte del hijo en resguardo; pero ese hijo no había muerto y era su principal torturador en la cárcel, donde nacieron los gemelos, a quienes debían echar al río, pero la partera convenció al guardia de que los dejaran vivir, por ser hijos de la mujer que canta…

Gran trama para una gran película, imprescindible para mi gusto; lo que me disgusta es el cartel, que publicita su nominación al Óscar en la categoría de “mejor película extranjera”, como si eso fuera un premio y tuviera importancia.

Otra imperfección de la cinta es que Nawal Marwan envejece y el maquillaje logra un rostro de 60 años, pero su cuerpo tiene todavía una piel joven. Ni modo. Suele cometer estos errores el cine francés hasta en sus mejores películas, como La vida en rosa

La mirada invisible y La mujer que cantaba también tienen en común que yo las había visto y me había propuesto volver a verlas y escribir al respecto. ¡Eso es lo más importante!

A mis enemigos recomiéndoles ampliamente Dulce hijo, por supuesto, en la Cineteca Nacional, donde la copia es una mancha difusa, proyectada por un oligofrénico ciego y sordo en la pantalla sucia. ¡Viva México, chingá!

El Asesino del Zodiaco y la ineptitud

He vuelto a ver Zodiaco, del director de video clips y anuncios comerciales, David Fincher. Lo hice para quitarme el sabor que me dejaron Roman Polanski y David Linch, el primero con El pianista y Oliver Twist, después de muchas otras (de hecho, casi todas), y el segundo con Mulholland Drive, en donde trabaja Naomi Watts, que además de estar fea, no sabe actuar. Polanski y Linch deberían dedicarse a otra cosa mejor, igual que Naomi… Fincher, en cambio, es un genio, sobre todo como director de actores, tanto que Mark Ruffalo aprende a actuar con esta película; empieza hablando con una voz más débil que la de Quentin Tarantino (que de por sí está canijo), asume actitudes corporales un poco afeminadas, y su personaje, el inspector Toschi, trata de hacerse el gracioso pidiéndoles a todos galletas de animalitos, además de usar una corbata de moño como la de Sergio Sarmiento (el de la corbata de moño); pero hacia el final de la película parece que hubiera madurado y expresa una gran frustración cuando no puede resolver el caso de Zodiaco, un asesino serial que primero lo hace famoso, después resulta más astuto y termina burlándose de todos.

Quizá el arribo a la madurez ocurre cuando Paul Avery, el reportero alcohólico y drogadicto (conste que no dije homosexual) del diario San Francisco Chronicle, al cubrir el mismo caso, decide jugarles sucio a Toschi y su compañero Armstron (Anthony Edwards). Robert Downey Jr. en el papel del periodista decadente es simplemente insufrible (camina como si tuviera almorranas, por ejemplo, aunque eso es lo de menos), pero gracias al genio de Fincher, su presencia se hace cada vez más esporádica hasta desaparecer de plano, afortunadamente. A Jake Gyllenhaal, en cambio, puede uno tolerarlo durante los 160 minutos que dura la película sin sufrir demasiados trastornos estomacales. Lo que no entiendo es por qué su personaje, Robert Graysmith, es autor del libro en que está basada la película y los créditos iniciales dicen que el libro es una novela. ¿Es una “novela de no-ficción”, como las de Truman Capote, y además autobiográfica? No muy entiendo. Por favor, explíquemelo alguien, que tampoco pienso leer más al respecto… al menos por ahora.

La única que actúa bien de principio a fin es Chloë Sevigny en el papel secundario de Melanie, la esposa de Graysmith.

Por mencionar otras fallas importantes, los personajes no envejecen en 24 años, que es el lapso de tiempo que abarca la película. El hallazgo del reportero es tan confuso que, al parecer, se trata de una estratagema para que todo resulte más “interesante”. La secuencia de la mujer que escapa y salva a su nonato del asesino es francamente infame, además de contener un error técnico (de continuidad, como dicen los expertos), pues el llanto del bebé no coincide con el bebé (o sea, el audio con la imagen). De hecho, errores como ese hay por lo menos diez en toda la película. Aun así, además de elogios, no he leído críticas en ningún lado.

En su momento, Se7en, del mismo director, también fue objeto de puro elogio. Personalmente, me pareció una película oportunista y morbosa, además de confirmar la mediocridad de Brad Pitt. Entonces era relativamente reciente el éxito de El silencio de los inocentes (como fue titulada en América Latina), de Jonathan Demme, una buena película, esa sí, tanto por las excelentes actuaciones como por su guión perfecto, principalmente. Y Se7en pretendía reproducir la fórmula, pero…

No es lo mismo Harry el sucio que 40 años después

Más allá de los aspectos técnicos, el tema de Zodiaco se presta para una pequeña reflexión. En una entrevista, Fincher dice que mostró el cartel de Harry el sucio para distinguir entre realidad y ficción (Zodiaco está basada en hechos reales y Harry el sucio es ficción, se entiende). Sin embargo, la cinta se apoya en una escala valorativa de la que difícilmente escapan los gringos. Aunque la descoordinación de las policías locales y la ineptitud terminal son mostradas abiertamente, la corrección moral de los inspectores Toschi y Armstron es conmovedora. Eso no ocurre más que en las películas, sobre todo gringas, donde los héroes son policías. El héroe, por llamarlo así, es aquí un caricaturista, por su obstinado seguimiento del caso, pero los periodistas siempre son mostrados como alcohólicos, drogadictos, enfermos también de un pragmatismo individualista, inescrupuloso, deshonesto (conste que no dije homosexuales), equivalente a la degradación. Y efectivamente, muchos lo son, pero en la vida real no hay gremio más sórdido (corrupto y destructivo, entre otras cosas), ni más representativo de la miseria humana, que la policía, de donde los gringos sacan siempre a sus pequeños héroes, y en ese sentido esta película no es del todo una excepción.

Si el paradigma de Clint Eastwood tenía voz de Tarantino venido a menos, modales afeminados y corbata de moño, además de pasársela pidiendo galletas de animalitos, es lo de menos. Lo importante es que la policía, o sea, la máxima institución entre los valores gringos (después de la sagrada familia, claro), fracasó vergonzosamente en el caso del Asesino del Zodiaco. A raíz de la cinta de Fincher, la policía de San Francisco lo reabrió. Ya veremos ahora… porque no es lo mismo Harry el sucio que cuarenta años después.

Por lo pronto, sentado detrás de mí, estaba el asesino del Zodíaco, pateando mi asiento. Sentado por doquier, el asesino se reía de todo y, peor aún, de nada. El asesino estaba también en el cuarto de proyección, mientras la imagen se desenfocaba y él no hacía nada al respecto, en la Cineteca Nacional, por cierto, donde redujeron el ciclo de Polanski al imperdonable tedio de ver manchas borrosas y escuchar gis (hasta en mi computadora se puede apreciar mejor el cine). Yo, mientras tanto, recordaba que una mujer encantadora de nombre Amelie, a los 23 años de edad, iba al cine para ver las caras del público en la penumbra. A los 42 años, con un hígado inmenso, yo soy la antítesis de esa mujer, pensé… antes de convertirme también en el asesino del Zodiaco.

La siniestra pesadilla del insomnio

No hay peor pesadilla que el insomnio, y Trevor Reznik no ha dormido desde hace un año. La falta de sueño ha reducido su cuerpo a los huesos y está mermando su salud mental hasta el delirio. Aunque un rostro demacrado es fácil de conseguir con maquillaje, el actor Christian Bale perdió treinta kilos para tener el aspecto cadavérico del complejo personaje creado por el guionista Scott Kosar, y recuperó su peso en músculos para encarnar después a Batman.

El “maquinista” es un obrero que observa cotidianamente su desgaste físico sin distorsión alguna, pero cae en las trampas de la memoria, también deteriorada, como acudiendo a la evasión o al autoengaño para soportar el peso de la culpa. Las alteraciones imaginarias de una monótona y repetitiva realidad y su confusión con las circunstancias de un accidente de trabajo crean aquí la sensación de paranoia que nos transmitiera Roman Polanski en 1976 con El inquilino, influencia que, junto con la de Alfred Hitchcock y David Lynch, reconoce Brad Anderson, el director de la cinta, como recurso publicitario.

Trevor sube diariamente a una báscula que nunca aparece en la pantalla, y anota su peso en post its más que recurrentes. El diario registro de su pérdida pasa de las 142 a las 119 libras (unos 55 kilos), preocupantes para alguien que mide 1.80 metros, por lo menos. Y en vez de kilos son libras porque la producción de la película es española, inclusive fue rodada en Barcelona, ciudad laboriosamente disfrazada de Los Ángeles, en donde tiene lugar la historia.

Agobiado por la soledad, ante el abierto rechazo de sus compañeros, el esquelético Trevor busca refugio en el lecho de la carnosa Stevie (Jennifer Jason Leigh), una prostituta que le brinda afecto y comprensión. No es la primera vez que Jason Leigh hace el papel de prostituta. En una secuencia memorable de Ultima salida a Brooklyn (República Federal Alemana, 1989), de Uli Edel, la carnada de unos jóvenes asaltantes procura parecerse a Marilyn Monroe y acaba fornicando, en medio de una borrachera de antología, con toda la concurrencia masculina de un bar.

Según la tradición cristiana, el camino al infierno está del lado izquierdo, y el ánimo autodestructivo de Trevor lo lleva siempre por allí. A la izquierda, por ejemplo, está el aeropuerto en donde Trevor bebe café todas las noches, atendido por María (Aitana Sánchez-Gijón), una mesera de trato cálido en ese frío lugar. La Ruta 666 del parque de diversiones se bifurca y el pequeño hijo de María toma la “autopista al infierno” por la izquierda, en compañía de Trevor. El alcantarillado del metro —subterráneo del subterráneo— se bifurca también y Trevor opta por la oscuridad del lado izquierdo al huir de la policía cuando, por la derecha iluminada, se aproxima la sórdida sombra de un indigente. Nada es casualidad, sino coincidencia. El brazo que pierde un obrero por la distracción de Trevor es el izquierdo. La mano contrahecha de Ivan (John Sharian), álter ego de Trevor, es la izquierda. La pesadilla de Trevor es siniestra. Y los relojes marcan insistentemente la una y media; uno de ellos —el de la cafetería del aeropuerto— mide el paso de un segundo, ida y vuelta, para marcar siempre la una y media, y esta simbólica escena dura precisamente un segundo.

El Pontiac de Ivan es rojo y convertible; el coche de juguete que maneja el hijo de María en el parque también lo es; el que recuerda Trevor en una foto de su infancia es idéntico (de hecho, es el mismo). Trevor entra a rastras al edificio de Stevie y en el fondo se observa un coche de juguete, rojo y convertible. A pesar del contraste con el tono azul de la película, estas concordancias pueden pasar desapercibidas a primera vista, ya que es hasta el final cuando todo tiene una explicación, y el espectador obsesivo decide ver la cinta más de una vez.

Las sutiles pistas del juego surgen desde un principio fragmentado con cierta dosis de humor negro. “¿Quién eres?” —pregunta alguien detrás de una lámpara que alumbra el estragado rostro de Trevor. El hombre de la lámpara no quiere saber qué hace; pregunta quién es, y algunos reconocerán su voz más adelante. La lámpara vuelve a mostrarse en primer plano, ahora apagada, mientras Trevor se lava las manos. Es natural que alguien acuda al lavabo luego de envolver un cadáver en un tapete y arrojarlo por un muelle, pero como todos los que padecen de culpa, insomnio prolongado o síndrome de abstinencia, Trevor tiene complejo de Pilatos. No consume “drogas fuertes”, pero su aspecto es el de un cocainómano, pues sufre de los dos primeros males, y lava sus manos compulsivamente a cada rato. La secuencia del principio se repite al final, pero el tapete se desenrolla y no hay nadie allí. El supuesto cadáver sostiene una lámpara en la mano y, arrojando luz hacia Trevor, le pregunta lo mismo que una de las notas pegadas en la puerta del refrigerador y las paredes del apartamento: “¿Quién eres?”

Christian Bale tomó tan en serio su papel en esta cinta que, además de una asombrosa transformación corporal, logró que la compleja personalidad de Trevor resultara convincente. Y Scott Kosar, por lo visto, conoce tanto el insomnio como para llevarlo hasta sus últimas consecuencias. El idiota (Dostoievski dixit) no podrá dormir mientras tampoco asuma su culpa. Entre los horrores de la Ruta 666 hay un hombre ahorcado y un letrero de “culpable”. Algunos de los post its que nuestro insomne amigo encuentra pegados a la puerta de su refrigerador juegan al ahorcado. Abajo del dibujo hay una palabra por completar. El Pontiac rojo de toldo negro que, según la mentira de Trevor, lo embistió, en realidad es suyo y atropelló a un niño. “Malditos los que se dan a la fuga; deberían ahorcarlos”, comenta Stevie mientras lava las heridas de Trevor. Humor negro, muy negro, pero sutil; esta es la palabra clave para definir el cine que lograron Anderson, Kosar y Bale, incluyendo al productor, por supuesto, Julio Fernández. Para captar las sutilezas —que apelan a la inteligencia, la sensibilidad, la percepción— hay que ver esta cinta más de una vez.

Las cosas que Trevor observa en el departamento de María —un viejo aparato de sonido, un muñeco de hojalata, un plato de cristal cortado— son las mismas que empaca en su propio apartamento antes de entregarse a la policía. “La cocina está al fondo del pasillo, del lado izquierdo”, indica María para que Trevor vaya por otra copa de vino (algo más que inusual), y Trevor repite el gesto que inicia su relación imaginaria con un ser real, como diciendo: esto me parece conocido.

—Un poco más delgado y desapareces.

En muchos sentidos, El maquinista (España, 2004) es comparable con Taxi Driver (Estados Unidos, 1976), de Martin Scorsese. El personaje, en este caso, también padece de insomnio y sufre un deterioro mental que lo lleva a la violenta locura de quien destruye todo a su alrededor con tal de renovarse, y lo consigue… sin salir de la mediocridad. Es un drama sicológico, pero también un thriller, mezcla de suspenso, intriga y humor negro, que recupera o retoma lo mejor del cine sutil de los setenta (El inquilino, para mi gusto, es lo mejor de aquella época). El maquinista nos hace confundir, como la envejecida mente de Reznik, imaginación y realidad. Se trata de una “extraña rareza”, valga la redundancia, quizás una obra de culto, algo singular.