Dorothy Mills y los muertos que resucitan en ella

Dorothy Mills (Irlanda, 2008), de Agnès Merlet, es una película infravalorada, sumamente oscura y siniestra, sombría y necrófila, un thriller sicológico que trasciende sutilmente al horror sobrenatural, de modo que transmite una sensación de anormalidad, más por el miedo irracional de la comunidad y la patología de la protagonista que por sus poderes síquicos en la vuelta de tuerca.

Jenn Murray encarna uno de los personajes más complejos en la historia del cine y lo hace tan convincentemente que, a ratos, parece que fueran distintas actrices, pues Dorothy contiene múltiples personalidades; la necrofilia de su desdoblamiento es un giro interesante que desvela el misterio de una historia oculta en la atmósfera viciada y hostil de gente que se refugia en la religión católica, cerrando las puertas de sus casas y de sus mentes a la ciencia, como en otras cintas de aldeas unidas por la culpa y la complicidad, que siguen la tradición de El nombre de la rosa (en la genial O Apóstolo, de Fernando Cortizo, por ejemplo, los habitantes de una aldea con reminiscencias medievales asesinan a los visitantes). Por tratarse de una isla irlandesa, este ambiente resulta bastante perturbador, aunque algunos hechos (el asesinato de animales en masa, por ejemplo) no tienen explicación y son mostrados nomás para enrarecer todo…

Tanto el guión como la puesta en escena serían perfectos si no fuera por dos o tres puntos débiles: la holandesa Carice van Houten, a quien habíamos visto dos años antes en El libro negro, de Paul Verhoeven, aquí es una belleza más discreta, pero su capacidad histriónica no aumenta gran cosa; aun así, es aceptable, pero debía ser más que eso (menos plana o algo más expresiva que un perro San Huberto), junto a la gran revelación de quince años que parece adolescente albina y no ha vuelto a sorprendernos (ahora hace papeles menores en películas tan mediocres como Brooklyn, de John Crowley, quizá porque no es bonita y el cine de todo el mundo asume como propia la superficialidad de Joligud).

Otro defecto, inexplicable por ser una película irlandesa y no gringa, es que el dictamen sobre la salud mental del personaje (a quien acusan del intento de asesinar una bebé a quien cuidaba) depende de una siquiatra y no de una sicóloga, que todo el tiempo se comporta como sicóloga, no como siquiatra, ignorancia que también parece haber extendido Joligud a todo el mundo como una epidemia.

Por último, lo peor de la película es el final, que deja una sensación engañosa de que toda la película está mal hecha. Pero viéndola más de una vez, uno valora que se trata de una extraña y oscura obra maestra. Lo demás es fascinante y, a diferencia de su valoración en los principales portales de internet que sirven para tales efectos (6.1 en IMDb, 46% en Rotten Tomatoes, 5.3 en FilmAffinity), yo le doy un 7.5, por lo menos.

Si la comparamos con Sybil (Estados Unidos, 1976), de Daniel Petrie, basada en el caso verídico de una niña con trece personalidades distintas, Sally Field protagoniza un personaje “tierno”, edulcorado para la televisión, mientras que Dorothy Mills es inquietante por el sórdido contraste de los seres que encarna, como poseída por ángeles y demonios… y hasta Carice van Houten es preferible a Joanne Woodward en el papel de “siquiatra”.


 

Anuncios

Lincoln soporífero

lincolnLincoln (2012), de Steven Spielberg, trata sobre la grillesca aprobación de la XIII Enmienda a la Constitución de Estados Unidos, que abolió la esclavitud en 1865. Basada en el capítulo respectivo de la biografía Equipo de rivales: el genio político Abraham Lincoln, de Doris Kearns Goowin, la película dista de ser biográfica y, en segundo término, se refiere a la preocupación del presidente Lincoln (Daniel Day-Lewis) por poner fin a la Guerra Civil. En tercer plano de importancia, como pasajes de telenovela, vemos algunos aspectos de la vida familiar al lado de su esposa Mary Todd (Sally Field) y sus hijos. El cabildeo y la compra de votos en el Congreso tienen como principales protagonistas al secretario de Estado William Sewart (David Strathairn), al líder radical Thaddeus Stevens (Tommy Lee Jones) y al fundador del partido republicano Preston Blair (Hal Holbrook).

El repentinamente cotizado Joseph Gordon-Levitt tiene un grisáceo papel de hijo mayor que, al ver un montón de piernas mutiladas, hace berrinche para irse a la guerra contra la negativa de su padre a permitírselo. En los créditos, su nombre aparece antes que los de Tommy Lee Jones y Hal Holbrook, entre otros que, desde luego, son más relevantes en el reparto.

Lincoln habla con voz muy débil, parece cansado y su cansancio cansa, aburre (como para contrastar con Abraham Lincoln: Cazador de vampiros); sus actitudes son las de un anciano que, a la menor provocación, en su afán de ser ameno, sale con relatos anecdóticos, y el director judío hace que sueñe con caminar en “tierra santa”.

En un vano intento de aligerar la carga que suma la grandilocuencia lapidaria, algunos personajes intentan ser cómicos y resultan más bien desafortunados; sus payasadas están fuera de lugar.

El guión de Tony Kushner recurre a oraciones demasiado largas para efectos de una solemnidad comparable con la de Amistad (1997), que también trata sobre la esclavitud negra en Estados Unidos, y 150 minutos de soporífera verborrea culminan esta vez con un epílogo cursi que hace al hombre de la barba sin bigote un predicador beato.

Si algo caracteriza el trabajo de Spielberg es la máxima inversión de recursos materiales en sus películas y la máxima recaudación en taquilla. Cantidad a falta de calidad. Pero cuando el hijo pródigo de Hollywood se pone “artístico” por aspirar al Óscar, alborota el gallinero, y se inflan globos gratis. Con Lincoln, Spielberg ha dirigido 27 de las 73 películas de su producción y, por lo visto, es cada vez más inversionista que cineasta.