¡Te queremos, Leo, te queremos!

dicaprio

El Óscar a Leonardo DiCaprio es tardío y premia la espera, más que su actuación en una película con demasiado Lubezki para tan poquito argumento. La primera gran actuación del entonces joven y prometedor Leo, para mi gusto, es Diario de un rebelde, con un papel medio sórdido al que sólo podemos reprochar su amaneramiento cuando juega baloncesto en cámara lenta y una voz en off dice: “Mis movimientos son felinos”. Lo bueno es que, más adelante, su personaje se prostituye en el baño público de un parque, “lugar de encuentro” para hombres homosexuales.

En ¿A quién ama Gilbert Grape? -bajo la dirección del sueco Lasse Hallström, al lado de Johnny Depp como su hermano mayor- DiCaprio es un muchacho que se comporta como niño porque no crece, tiene retraso mental, y lo hace formidablemente: es convincente y “adorable” o “tierno”, sin caer en el ternurismo; ese papel de reparto es quizás el mejor de su carrera.

Para la masa está Titanic, de James Cameron, pero las películas más trascendentales del actor son las que ha dirigido Martin Scorsese, Pandillas de Nueva York y Los infiltrados, principalmente. En Revolutionary Road, de Sam Mendes (el actual director de James Bond), DiCaprio hace pareja de nuevo con Kate Winslet, ella masculina y él afeminado, con demasiado carisma para un personaje mediocre y marginal, casi un perdedor, en ese retrato de la clase media que sueña con una vida mejor y, al despertar, vive la muerte de sus sueños.

En fin. Todo lo mencionado hasta aquí, junto y por separado, tiene más relevancia y proyección en términos actorales que la oscareada participación; su papel en El renacido requería de una personalidad más áspera, un tipo más rudo, y en su momento, lo hizo mejor Richard Harris, para mi gusto, con otras dos ventajas respecto a la película de González Iñárritu y Lubezki: ser original y narrar la historia de un barco sobre ruedas que atraviesa el desierto con Jonh Huston como su capitán, algo que no vemos en esta ocasión.

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Lo bueno, lo malo y lo feo del Óscar 2013

oscar 2013

Como dije, me alegra que Argo, de Ben Affleck, haya ganado el Óscar para mejor película, en vez de Lincoln, de Steven Spielberg, o Los miserables, de Tom Hooper, pero entre las nominadas en todas las categorías lo mejor que he visto es Beasts of the Southern Wild (Bestias del sur salvaje), ópera prima de Benh Zeitlin, titulada en México Una niña maravillosa y en Argentina La niña del sur salvaje. La película es maravillosa, especialmente por la actuación de Quvenzhané Wallis, un auténtico fenómeno actoral a los seis años de edad, tanto que no parece actuar, aunque su papel no sería tan convincente si no fuera por la dirección de Zeitlin (también joven, de 30 años) y el guión de Lucy Alibar y el propio director, que alimentan el alma con diálogos y monólogos infantiles de gran belleza por su compleja sencillez en equilibrio, con ingenio, buen humor y hasta poesía. Alibar es autora de Jugoso y delicioso, la obra teatral de un solo acto en que se basa esta joya de 92 minutos, postulada para mejor película, mejor director, mejor actriz y mejor guión adaptado, que no ganó en ninguno de los cuatro casos, aunque lo merecía.

La cinta de Affleck obtuvo el Óscar para mejor guión adaptado, al que también aspiraba la de Spielberg. Otra nominada en esta categoría y para mejor película era Life of Pi, de Ang Lee, que obtuvo el Óscar para mejor director, por el que suspiraba Spielberg, y me alegra que no lo ganara. No he visto Una aventura extraordinaria, como fue titulada la cinta de Lee en Hispanoamérica, pero si el cineasta taiwanés fue capaz de algo tan extraordinario como El tigre y el dragón (2000), no dudo que su aventura también lo sea.

La ganadora del Óscar para mejor actriz es Jennifer Lawrence por su papel en Silver Linings Playbook (El lado bueno de las cosas en España, Los juegos del destino en Hispanoamérica y El lado luminoso de la vida en Argentina y Uruguay), de David O. Russell, que tampoco he podido ver, pero dudo mucho que la actriz supere a la niña maravillosa, que habría sido la más joven entre quienes han recibido este premio. Emmanuelle Riva, en el otro extremo (cumplía 86 años el día del Óscar), tiene una actuación perfecta en Amor, escrita y dirigida por Michael Haneke. Naomi Watts contendió con pocas posibilidades por su excelente desempeño en Lo imposible, de Juan Antonio Bayona, una cinta menor. Jessica Chastain fue postulada por La noche más oscura, de Kathryn Bigelow, nomás para completar la terna; la película es interesante por su argumento (el final es la muerte de Osama bin Ladem), pero Chastain parece introspectiva y prácticamente carece de proyección…

No estoy de acuerdo con el Óscar para mejor actor a Daniel Day-Lewis (el tercero en su carrera) por la débil personalidad de Abraham Lincoln, aunque tampoco veo alternativas. La actuación de Jean-Louis Trintignant en Amor no es menos loable que la de Riva, pero ni siquiera fue nominado. Ambos octogenarios se roban el corazón en esa melancólica cinta sobre la vejez, el amor, la enfermedad, la eutanasia, la soledad, la vida y la muerte. Por lo visto, en 2012 no hubo grandes actuaciones masculinas…

El Óscar para «mejor actriz de reparto», en cambio, era tan predecible como para «mejor actor de reparto», pues si algo tienen en común Anne Hathaway en Los Miserables y Christoph Waltz en Django sin cadenas, de Quentin Tarantino, es que sus papeles, más que secundarios, son tan primarios como los protagónicos, y están bien representados, aunque Hathaway destroza la canción «I dreamed a dream», como es normal en el imperdonable fiasco musical. Por lo demás, ninguno de los dos es comparable con Christian Bale, que ganó el año pasado en esta categoría por su destacada participación en El peleador (2010), de David O. Russell, actuación «de reparto» que deja en segundo plano a la principal.

El Óscar para mejor película extranjera tiene algo de controvertible, así haya sido Amor (Austria) la ganadora. Con la incongruencia de que Affleck no fuera postulado como mejor director, mientras la «Academia» de Hollywood decidía premiar su película, que se refiere a la ruptura de relaciones diplomáticas entre Irán y Estados Unidos, la misma «Academia» eliminó de la contienda Un terrón de azúcar, de Seyyed Reza Mir-Karimi, película iraní preseleccionada, junto con Insurgentes, de Jorge Sanjinés, una cinta propuesta por Bolivia, que tampoco pasó a mayores.

El Óscar por «mejor diseño de producción», que antes se llamaba «dirección artística» y de lo cual carece la cinta de Spielberg, fue para que —más allá de su actor protagónico— Lincoln no se fuera con las manos vacías, así que lo perdieron Los miserables y Una aventura extraordinaria, pero esta última se alzó en el rubro de mejor fotografía, donde también competían Lincoln y Django sin cadenas, que ganó en la categoría de mejor guión original, como era de esperar. Segundo Óscar para Tarantino, tras el de Pulp Fiction (Tiempos violentos) en 1994, también por el guión.

El Óscar por «mejor diseño de vestuario» fue para Anna Karenina, de Joe Wright, que no he visto porque será estrenada en México hasta marzo (aquí siempre llegan tarde las películas y su retraso fomenta la piratería), pero me alegra que dicho premio tampoco fuera para Los miserables, Lincoln o Blancanieves y el cazador… aunque en el papel de Karénina prefiero a la fascinante Sophie Marceau de la versión gringa (1997) que a la mediocre Keira Knightley de la versión inglesa (2012).

En «maquillaje y estilismo de peinado», como se llama desde ahora lo que antes era simplemente maquillaje, ganó Los Miserables, desgraciadamente, pero perdió Hitchcock, de Sacha Gervasi, afortunadamente. Los maquillistas del fiasco musical envejecieron a Jean Valjean hasta el final, cuando muere, pero detalles así pasan desapercibidos por los dizque académicos, que nominaron en esta categoría la caricaturesca caracterización de Alfred Hitchcock… Cuando John Chambers, el maquillista de El planeta de los simios (1968), de Franklin J. Schaffner, y su respectiva saga —como sabemos hoy gracias a Argo—, hacía disfraces para la CIA, el Óscar en este rubro ni siquiera existía.

Mejor canción original: «Skyfall», de Adele, que no me parece la gran cosa, pero me alegra que no fuera «Suddenly», de Los Miserables. El Óscar en este caso parece premiar los 50 años de James Bond, cuyas películas han tenido múltiples nominaciones al galardón, pero lo habían ganado nada más Goldfinger (1964), de Guy Hamilton, y Operación Trueno (1965), de Terence Young, la primera por sus efectos sonoros y la segunda por sus efectos visuales. Entre las canciones de la franquicia, mi favorita es «For your eyes only» (1981), de Sheena Easton, cantante irlandesa con la que soñaba entonces.

En «edición de sonido» empataron Skyfall, de Sam Mendes, y La noche mas oscura, lo cual me parece una patraña, pero me alegra que Los Miserables no estuviera postulada; lo aberrante, como he dicho, es que lo estuviera, en cambio, para «mejor mezcla de sonido» y, peor aún, que ganara. ¿Cuál es la diferencia? ¿Para eso dividieron el rubro de sonido, ahora con altos grados de especialización?

Finalmente, Lincoln ganó sólo en dos de las doce categorías en que fue nominada, y se desinfló. Con once nominaciones, Una aventura extraordinaria ganó en cuatro. Los miserables ganó en tres de ocho categorías, y sigue inflada. Argo se alzó en tres de siete. Y Una niña maravillosa, la mejor de todas las películas, no ganó en ninguna de las cuatro categorías.

Bestias del sur salvaje

¿Cómo volver a ser clásico?

bondDesde que James Bond es encarnado por Daniel Craig, hay una contradicción de carácter. Gélido, inexpresivo y desprovisto del ingenio que lo distinguía, en Casino Royale (2006), de Martin Campbell, no pasa de un matón que, por primera vez en su larga carrera de seductor, se enamora. Claro que la película representa el regreso del personaje a su origen literario, pero en una época posterior a la Guerra Fría, contexto histórico al que sobrevive, ahora sin el pretendido encanto del perfil habitual, sino inclusive con aspecto físico y desplantes de barbaján. En Quantum (2008), de Marc Forster, este hombre rudo llora también por primera vez cuando muere asesinado un amigo suyo, con cuyo cuerpo se protege de las balas y luego lo tira en un basurero, quizá para no perder el estilo. Al final de Skyfall (2012), de Sam Mendes, vuelve a llorar por la muerte de un ser querido en sus brazos y, a diferencia de la vez anterior, es convincente, aunque no menos contradictorio; si bien al principio tiene un gesto conmovedor al distraerse de su misión para detener la hemorragia de un compañero agonizante, después hace una broma por demás desafortunada: una mujer maniatada, golpeada y con un baso de whisky en la cabeza es asesinada y él exclama: “¡Qué desperdicio de whisky!” Momentos antes, habían tenido intimidad bajo la regadera, pero el valor de la vida ajena seguía siendo el mismo para el sobreviviente: ninguno.

La exaltación del héroe no repara en su misógina indiferencia tanto al dolor como a la pérdida, pecado que intenta redimir a destiempo el lado afectivo de una torpe ambivalencia (tampoco falta el “crítico” complaciente que habla de una “compleja personalidad”), pues la imperfección pretende hacer “más humano” al protagonista; de ahí que ahora resulte “adicto a sustancias y al alcohol”, tener conflictos infantiles sin resolver y probable experiencia homosexual, para colmo y escándalo de las pudibundas conciencias.

Para la “crítica especializada”, Skyfall es una de las mejores películas de James Bond o la mejor de todas, por estar “llena de humor y calidez” en equilibrio con la acción, entre otras cosas; lo seguro es que ha sido la más taquillera… Para mí, en cambio, es tan imperfecta como el personaje. Comienza con una típica secuencia de persecución y destrucción en abundancia (que asegura su éxito en taquilla, una vez atrapado el público de masas), y esta secuencia culmina con una pelea sobre un tren en marcha (¡qué originalidad!). Herido por un impacto indirecto de metralla, Bond recibe otro disparo (a saber en dónde, pues nunca vemos la herida) y cae desde lo alto de un puente hasta el fondo de un río, cascada mediante. «This is the end», entona el primer verso de la canción introductoria. Después del preámbulo y un explosivo atentado contra el cuartel general del M16 (“servicio secreto” británico), el comandante caído reaparece borracho y con barba de simio; vuelve al deber sin afeitarse y pasa demasiado tiempo con ese look decadente y depresivo.

En un casino, lugar común como trillado ingrediente de glamour, el agente “secreto” habla con su colega (siempre una “chica Bond” es espía) por medio de un micrófono-audífono oculto y lo hace del ante de tod@s, inclusive detrás de una mujer con la que flirtea (juego de burdo espionaje y frivolidad). El maquillaje de la exótica “chica Bond” que debe morir es excesivo y ella no es más que un objeto sexual (también Javier Bardem, en vez de cara, tiene una máscara de pintura que, al parecer, lo desfigura, por no hablar de su horrible cabello). Luego de una pelea entre reptiles, el obvio vencedor pasa por encima del que lo amenaza para salir del hoyo. Idea reciclada: Con mayor audacia, un doble de Roger Moore corre sobre los cocodrilos que lo acorralan en Viva y deje morir (1973), de Guy Hamilton.

Un poco estúpido el hecho de que James Bond llegue maniatado a la guarida enemiga con un radio localizador en el bolsillo sin que lo revisen de pies a cabeza.

Nada es original en esta ocasión. Otro agente doble cero había sido el traidor villano en GoldenEye (1995), de Martin Campbell. La pistola que nadie más podía disparar es lo único nuevo y muy poca cosa (grandes inventos han sido estrenados por el legendario embajador de la modernidad imperialista que hoy se declara en bancarrota). Si acaso aportan algo las películas del 007 interpretado por Craig es que se trata de precuelas (cronológicamente incongruentes al ubicar sus historias en una época posterior).

De Skyfall es también rescatable, a final de cuentas, la reiterada reivindicación de “lo tradicional”, en parte, como justificación de una continuidad cíclica en la interminable saga que vuelve al protagonista clásico: “navaja recta” en vez de rasuradora, la pistola y el radio como único equipo (compacto), un carro antiguo para no ser rastreado en su viaje al pasado, y la batalla final con armas convencionales (salvo por las ametralladoras que aparecen detrás de los faros del coche), incluido un simple cuchillo para matar por la espalda… Esa batalla, para mi gusto y para ser el momento climático de la película, es demasiado sombría.

Por último, ¿alguien sabe a qué se debe el nombre de Skyfall?