Una película espléndida y otra excelente

He visto dos películas que tienen muy poco en común: ser ampliamente recomendables y estar en cartelera, incluso en la misma sala de la Cineteca Nacional, que no recomiendo a nadie, ni siquiera por dolo a mis enemigos, pues no merecen ver este cine. La mujer que cantaba y La mirada invisible tienen en común también su estreno el año pasado y el papel protagónico de los ojos, en un caso por la fuerza que proyectan y en otro por lo que perciben, aunque el segundo título se refiere más bien a la observancia general: La mirada invisible o el voyeurismo de todos los sentidos, especialmente el olfato; en todos los sentidos, la producción argentina que dirige Diego Lerman es una película perfecta. La mirada invisible o la monotonía de la opresión en la más profunda soledad. Basada en la novela Ciencias Morales, de Martín Kohan, se trata de un drama sicológico, inevitablemente comparable con Repulsión, de Roman Polanski, por la fragilidad femenina, los deseos reprimidos, el instinto defensivo de los abusos, en este caso autoritarios, y la sorprendente violencia que desatan, con la diferencia de que Polanski lleva desde el principio la esquizofrenia y la sicosis hasta el extremo del horror, mientras que Lerman y Kohan, según el guión de María Meira y el propio director, plantean una patología sicosexual de manera utilísima, con un final catártico, único instante de horror, por decirlo así, liberador, satisfactorio, que deja la mente en blanco para razonar la vida sin libertad, la muerte en vida que padeció Argentina durante siete años de imposición. Otra diferencia es que Repulsión concibe la claustrofilia como refugio, la soledad como recurso, un ostracismo instintivo, pues el personaje se esconde (repulsión es sinónimo de fobia), mientras que aquí es ella quien espía, enamorada en secreto de un alumno adolescente, como todos, aunque su espionaje también es personal, silente y disidente del régimen opresivo, como válvula de escape al placer oculto en la intimidad, un placer tan insuficiente que, así sea levemente pervertido, resulta minucia frustrante.

La mirada invisible a la infelicidad y el vacío del alma. Parece una película para no-argentinos por las referencias históricas, bastante conocidas para ellos y la mayoría latinoamericana, medianamente informada sobre su pasado todavía reciente. Las dictaduras militares hicieron de la gente una existencia sin horizonte, mutilada, casi fantasmal. El antiguo Colegio de Ciencias Morales (aberrante desde el nombre) regresó a su origen mojigato, rígido, que rima con frígido, y por si fuera poco, la protagonista es “profesora de conducta”, llamada equívocamente “señorita preceptora”, celadora en los hechos, inflige una férrea disciplina, un orden estricto, que prohibe inclusive la risa, como el cristianismo conservador de los monjes en El nombre de la rosa, por la enferma creencia de que, al reír, el alma escapa del cuerpo, aunque la religión brilla por su ausencia en la cotidianidad mediocre y gris de Marita (diminutivo de María Teresa). Quizá el ambiente hubiera sido más convincente con alguna influencia de la iglesia católica. Lo seguro es que Julieta Zylberberg, como todos en el reparto estelar y el resto del elenco, reúne las características físicas del personaje principal en idónea medida, virgen a los 23 años de edad, “pálida, crisálida y escuálida”, como Nacha Guevara, pero esclava de una opresión castrante, valga la expresión, más para las mujeres que para los hombres, y convence lo mismo por su apariencia que por el magistral talento de su actuación.

La mujer que cantaba, por su parte, es una producción de Canadá y Francia dirigida por Denis Villeneuve, basada en la obra de teatro Incendies (Incendios, en francés), de Wajdi Mouawad. El capítulo final tiene por título el original, pero es “traducido” como La mujer que cantaba, lo cual es un error, una redundancia y una falta de respeto a la película, que además del nombre, tiene un capítulo intermedio llamado así. Mucho más ambiciosa que el sicodrama argentino, es menos perfecta por la debilidad histriónica de Maxim Gaudette y dos instantes de histeria y sobreactuación, que pasan desapercibidos a la primera vista, pero a la segunda no. En cambio, uno de los grandes aciertos es la elección de las actrices Lubna Azabal y Mélissa Désormeaux-Poulin, cuyos ojos representan la herencia vital de una madre a su hija, privilegio del cual carece un hermano gemelo, desangelado y demacrado (el actor es a su vez representativo del típico cine francés que resulta, en lo personal, aburrido, soporífero, plano, vacío, y del que dicen gustar mucho los hipócritas, pedantes, intelectualices, ignorantes). La estructura narrativa es discontinua, pero precisa, quizá menos aleatoria y arbitraria que los guiones de Guillermo Arriaga en la trilogía de González Iñárritu, no obstante algunas secuencias deliberadamente confusas; al principio coinciden en el tiempo la madre y los hijos, pero al morir la primera, la película narra una historia entreverada con otra: la sobrevivencia de la difunta bajo fuego en Medio Oriente y la búsqueda testamentaria que emprenden los hermanos gemelos.

La mujer que cantaba tiene algo de tragedia griega o Shakespeare actualizado; es un drama personal en el contexto de la guerra, la espiral de violencia genocida que, alentada por la intolerancia entre los fanatismos y fundamentalismos, cristiano y musulmán, reproduce la barbarie de nuestra época: ojo por ojo, al cabo el mundo está ciego.

Nawal Marwan es el nombre de la protagonista, un personaje contradictorio, con dos religiones, una por tradición familiar y otra por amar a un refugiado en su tierra, donde la recuerdan como «La mujer que cantaba» por cantar para evadir el dolor propio y ajeno durante quince años dentro de una celda que medía tres metros cuadrados, en una cárcel para presos políticos, donde no existían los derechos humanos; la tortura era el pan de cada día, especialmente para ella, que no dejaba de cantar ni de mirar a los ojos de sus victimarios, después de asesinar al líder de la derecha cristiana, martirológica misión que aceptó a pesar de su filiación hereditaria por el rencor de creer que los matones de ese bando, en una masacre de venganza, habían quemado a los niños del orfanato donde vivía su hijo. Ella era la única sobreviviente de otra masacre que la dejó marcada para siempre con el trauma de atestiguar cómo acribillaban los cristianos a hombres, mujeres y niños, sin hacer más distinciones que la religiosa, la que salvó su truculenta vida para vengar la muerte del hijo en resguardo; pero ese hijo no había muerto y era su principal torturador en la cárcel, donde nacieron los gemelos, a quienes debían echar al río, pero la partera convenció al guardia de que los dejaran vivir, por ser hijos de la mujer que canta…

Gran trama para una gran película, imprescindible para mi gusto; lo que me disgusta es el cartel, que publicita su nominación al Óscar en la categoría de “mejor película extranjera”, como si eso fuera un premio y tuviera importancia.

Otra imperfección de la cinta es que Nawal Marwan envejece y el maquillaje logra un rostro de 60 años, pero su cuerpo tiene todavía una piel joven. Ni modo. Suele cometer estos errores el cine francés hasta en sus mejores películas, como La vida en rosa

La mirada invisible y La mujer que cantaba también tienen en común que yo las había visto y me había propuesto volver a verlas y escribir al respecto. ¡Eso es lo más importante!

A mis enemigos recomiéndoles ampliamente Dulce hijo, por supuesto, en la Cineteca Nacional, donde la copia es una mancha difusa, proyectada por un oligofrénico ciego y sordo en la pantalla sucia. ¡Viva México, chingá!

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