Otra Anna Karenina

Con meses de retraso tiene lugar en México el estreno de Anna Karenina (Reino Unido, 2012), de Joe Wright, basada en la novela homónima de León Tolstói, con guión del dramaturgo Tom Stoppard (Shakespeare enamorado, 1998, de John Philip Madden). El clásico literario había tenido múltiples adaptaciones al cine y la televisión, desde la versión rusa de Vladimir Gardin (1914) hasta la rusa también de Sergei Solovyov (2007).

Quizás el ánimo determina el gusto en estos casos, pues durante los primeros veinte minutos de la nueva adaptación estuve tentado a dejar de ver algo que me ponía de mal humor: la coreografía dramatúrgica me resultaba de tal ambigüedad que no sabía si era un musical a medias; las actuaciones también teatrales, casi guiñolescas, me hacían dudar si se trataba de una versión infantil al estilo inglés, de plano insoportable cuando se regodea de modales aristocráticos, más victorianos que propios de la Rusia virreinal; Keira Knightley, que siempre me ha parecido una mala actriz, ha empeorado tanto que si antes afeaba su rostro con expresiones idiotas, ahora esa fealdad es su de por sí.

Toleré la película, como adaptándome a su modo y como si la seriedad fuera in crescendo hasta el trágico final, anunciado más de una vez con ráfagas premonitorias (al cabo el público en general conoce la historia): rápidas escenas de las ruedas del tren que pasan por la mente de Karénina (seguramente preferible con la interpretación de Sophie Marceau en la versión gringa de Bernard Rose, 1997).

Por lo demás, como es característico del cine que dirige Wright (Orgullo y prejuicio, 2005; Expiación, 2007), una fastuosa producción —sin muchos extras en este caso— recrea una impecable ambientación épica, más por el vestuario que por la escenografía, con locaciones abiertas para el campo y de estudio cerrado para la ciudad. La fotografía y la música son espléndidas a ratos…

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Lo bueno, lo malo y lo feo del Óscar 2013

oscar 2013

Como dije, me alegra que Argo, de Ben Affleck, haya ganado el Óscar para mejor película, en vez de Lincoln, de Steven Spielberg, o Los miserables, de Tom Hooper, pero entre las nominadas en todas las categorías lo mejor que he visto es Beasts of the Southern Wild (Bestias del sur salvaje), ópera prima de Benh Zeitlin, titulada en México Una niña maravillosa y en Argentina La niña del sur salvaje. La película es maravillosa, especialmente por la actuación de Quvenzhané Wallis, un auténtico fenómeno actoral a los seis años de edad, tanto que no parece actuar, aunque su papel no sería tan convincente si no fuera por la dirección de Zeitlin (también joven, de 30 años) y el guión de Lucy Alibar y el propio director, que alimentan el alma con diálogos y monólogos infantiles de gran belleza por su compleja sencillez en equilibrio, con ingenio, buen humor y hasta poesía. Alibar es autora de Jugoso y delicioso, la obra teatral de un solo acto en que se basa esta joya de 92 minutos, postulada para mejor película, mejor director, mejor actriz y mejor guión adaptado, que no ganó en ninguno de los cuatro casos, aunque lo merecía.

La cinta de Affleck obtuvo el Óscar para mejor guión adaptado, al que también aspiraba la de Spielberg. Otra nominada en esta categoría y para mejor película era Life of Pi, de Ang Lee, que obtuvo el Óscar para mejor director, por el que suspiraba Spielberg, y me alegra que no lo ganara. No he visto Una aventura extraordinaria, como fue titulada la cinta de Lee en Hispanoamérica, pero si el cineasta taiwanés fue capaz de algo tan extraordinario como El tigre y el dragón (2000), no dudo que su aventura también lo sea.

La ganadora del Óscar para mejor actriz es Jennifer Lawrence por su papel en Silver Linings Playbook (El lado bueno de las cosas en España, Los juegos del destino en Hispanoamérica y El lado luminoso de la vida en Argentina y Uruguay), de David O. Russell, que tampoco he podido ver, pero dudo mucho que la actriz supere a la niña maravillosa, que habría sido la más joven entre quienes han recibido este premio. Emmanuelle Riva, en el otro extremo (cumplía 86 años el día del Óscar), tiene una actuación perfecta en Amor, escrita y dirigida por Michael Haneke. Naomi Watts contendió con pocas posibilidades por su excelente desempeño en Lo imposible, de Juan Antonio Bayona, una cinta menor. Jessica Chastain fue postulada por La noche más oscura, de Kathryn Bigelow, nomás para completar la terna; la película es interesante por su argumento (el final es la muerte de Osama bin Ladem), pero Chastain parece introspectiva y prácticamente carece de proyección…

No estoy de acuerdo con el Óscar para mejor actor a Daniel Day-Lewis (el tercero en su carrera) por la débil personalidad de Abraham Lincoln, aunque tampoco veo alternativas. La actuación de Jean-Louis Trintignant en Amor no es menos loable que la de Riva, pero ni siquiera fue nominado. Ambos octogenarios se roban el corazón en esa melancólica cinta sobre la vejez, el amor, la enfermedad, la eutanasia, la soledad, la vida y la muerte. Por lo visto, en 2012 no hubo grandes actuaciones masculinas…

El Óscar para «mejor actriz de reparto», en cambio, era tan predecible como para «mejor actor de reparto», pues si algo tienen en común Anne Hathaway en Los Miserables y Christoph Waltz en Django sin cadenas, de Quentin Tarantino, es que sus papeles, más que secundarios, son tan primarios como los protagónicos, y están bien representados, aunque Hathaway destroza la canción «I dreamed a dream», como es normal en el imperdonable fiasco musical. Por lo demás, ninguno de los dos es comparable con Christian Bale, que ganó el año pasado en esta categoría por su destacada participación en El peleador (2010), de David O. Russell, actuación «de reparto» que deja en segundo plano a la principal.

El Óscar para mejor película extranjera tiene algo de controvertible, así haya sido Amor (Austria) la ganadora. Con la incongruencia de que Affleck no fuera postulado como mejor director, mientras la «Academia» de Hollywood decidía premiar su película, que se refiere a la ruptura de relaciones diplomáticas entre Irán y Estados Unidos, la misma «Academia» eliminó de la contienda Un terrón de azúcar, de Seyyed Reza Mir-Karimi, película iraní preseleccionada, junto con Insurgentes, de Jorge Sanjinés, una cinta propuesta por Bolivia, que tampoco pasó a mayores.

El Óscar por «mejor diseño de producción», que antes se llamaba «dirección artística» y de lo cual carece la cinta de Spielberg, fue para que —más allá de su actor protagónico— Lincoln no se fuera con las manos vacías, así que lo perdieron Los miserables y Una aventura extraordinaria, pero esta última se alzó en el rubro de mejor fotografía, donde también competían Lincoln y Django sin cadenas, que ganó en la categoría de mejor guión original, como era de esperar. Segundo Óscar para Tarantino, tras el de Pulp Fiction (Tiempos violentos) en 1994, también por el guión.

El Óscar por «mejor diseño de vestuario» fue para Anna Karenina, de Joe Wright, que no he visto porque será estrenada en México hasta marzo (aquí siempre llegan tarde las películas y su retraso fomenta la piratería), pero me alegra que dicho premio tampoco fuera para Los miserables, Lincoln o Blancanieves y el cazador… aunque en el papel de Karénina prefiero a la fascinante Sophie Marceau de la versión gringa (1997) que a la mediocre Keira Knightley de la versión inglesa (2012).

En «maquillaje y estilismo de peinado», como se llama desde ahora lo que antes era simplemente maquillaje, ganó Los Miserables, desgraciadamente, pero perdió Hitchcock, de Sacha Gervasi, afortunadamente. Los maquillistas del fiasco musical envejecieron a Jean Valjean hasta el final, cuando muere, pero detalles así pasan desapercibidos por los dizque académicos, que nominaron en esta categoría la caricaturesca caracterización de Alfred Hitchcock… Cuando John Chambers, el maquillista de El planeta de los simios (1968), de Franklin J. Schaffner, y su respectiva saga —como sabemos hoy gracias a Argo—, hacía disfraces para la CIA, el Óscar en este rubro ni siquiera existía.

Mejor canción original: «Skyfall», de Adele, que no me parece la gran cosa, pero me alegra que no fuera «Suddenly», de Los Miserables. El Óscar en este caso parece premiar los 50 años de James Bond, cuyas películas han tenido múltiples nominaciones al galardón, pero lo habían ganado nada más Goldfinger (1964), de Guy Hamilton, y Operación Trueno (1965), de Terence Young, la primera por sus efectos sonoros y la segunda por sus efectos visuales. Entre las canciones de la franquicia, mi favorita es «For your eyes only» (1981), de Sheena Easton, cantante irlandesa con la que soñaba entonces.

En «edición de sonido» empataron Skyfall, de Sam Mendes, y La noche mas oscura, lo cual me parece una patraña, pero me alegra que Los Miserables no estuviera postulada; lo aberrante, como he dicho, es que lo estuviera, en cambio, para «mejor mezcla de sonido» y, peor aún, que ganara. ¿Cuál es la diferencia? ¿Para eso dividieron el rubro de sonido, ahora con altos grados de especialización?

Finalmente, Lincoln ganó sólo en dos de las doce categorías en que fue nominada, y se desinfló. Con once nominaciones, Una aventura extraordinaria ganó en cuatro. Los miserables ganó en tres de ocho categorías, y sigue inflada. Argo se alzó en tres de siete. Y Una niña maravillosa, la mejor de todas las películas, no ganó en ninguna de las cuatro categorías.

Bestias del sur salvaje

Para mi disgusto

ne te retourne pasSi algo tenían en común Sophie Marceau y Monica Bellucci al ser unidas por Marina de Van en Ne te retourne pas (2009), además de su vocación erótica, era haber encarnado a personajes más bien secundarios, por no decir ornamentales, bajo la dirección de Mel Gibson, cuyo talante misógino hace de mujeres muy hermosas lo equivalente al simple ornato por encima de su talento. El público de masas conoció a Marceau con Braveheart (1995), aunque ella contaba, por lo menos, con quince películas en su haber como actriz, y ese año debutó como directora y guionista con un cortometraje: L’Aube à l’envers. Hasta entonces y hasta donde he podido ver, todo cuanto había hecho era de calidad, y la millonaria producción hollywoodense no estuvo a la altura de su trayectoria, pero tuvo más influencia en las masas, como suele ocurrir, porque no son encefálicas. Luego vino el segundo pecado: ser «chica Bond» (lo bueno es que tuvo a bien ser mala… menos mal).

A diferencia de Marceau, que debutó como actriz a los catorce años de edad, Bellucci lo hizo a los 26 con papeles menores, luego de ser modelo, y saltó a la fama una década más tarde con Malena (2000), de Giuseppe Tornatore; desde entonces, parecía encasillada en el papel de prostituta, y Mel Gibson creyó ser un genio al ofrecerle nada menos que el de Magdalena en La pasión de Cristo (2004), película donde no dice más de cinco palabras en arameo, según recuerdo, y si no mal recuerdo, ese mutismo (para posar desnuda no es necesario saber otros idiomas) ofende su dignidad y la del público, pero el director y actor de bodrios taquilleros que van de mal en peor decía estar en pláticas directas con Dios y seguir sus consejos, como Bush el pequeño cuando involucró a todo el imperio en la destrucción de una civilización entera.

Desde Malena, me obsesiona la belleza de Bellucci, pero ahora no dejo de pensar en la fascinante personalidad de Marceau, en su proyección de una inteligencia y una fuerza que resultaron genuinas. He visto muchas de las fotos que, a raíz de Ne te retourne pas y más aún del abrazo desnudo que publicó una revista en el reportaje pagado como publicidad, plagaron los medios impresos y tuvieron su efecto multiplicador en internet (supongo que también en televisión); he visto que, si las divas fueran pareja, Marceau asumiría el rol masculino en apariencia, pero una secuencia de la película muestra cuán femenina y jovial es la actriz francesa junto a la italiana, que parece preocupada por su envejecimiento, por las arrugas faciales que puede costarle un desenvolvimiento de naturalidad y libertad. La madurez que había mermado la perfección física de Sophie al perder la simetría de su rostro latino con rasgos occidentales de frente y orientales de perfil, era perfecta para un personaje aprehensivo, pero en la mencionada secuencia se relaja y sonríe, sus ojos claros miran a su compañera, cuyo rostro no ha perdido la perfección, pero tampoco devuelve la mirada, la sonrisa, la chispa de frescura que no tiene… tiene dos años más y menos seguridad en sí misma, tiene más maquillaje encina y el pecho más grande, o sea, el mejor argumento para vender una imagen de mujer al público de masas, que se basa en el Óscar para saber si una película es buena o mala.

Finalmente, la superficialidad y frivolidad, la ignorancia y el morbo que hacen escándalo doblemente lucrativo con su doble moral y su cuádruple miseria de valores humanos (cuando lo peor en el mundo y quizás el universo es la humanidad), confirman que los seres extraordinarios son inaccesibles por la infinita pequeñez de los seres ordinarios, que no reconocen la altura de su otredad en la medida que tampoco alcanzan a verla, y la niegan; como no hacen más que mutilar sus propias alas, se niegan también a reconocer el vuelo de los otros, quienes viven libres del miedo que ellos padecen y ni siquiera lo saben. Basta con leer la estúpida estridencia que acompaña las imágenes para recordar a qué reducen todo quienes entienden menos que nada.

Y de aquí Al socaire del insomnio.

 

Para mi gusto…

La secuencia fotográfica Para mi gusto -que no fue posible postear y por eso está publicada como página- es una pasarela femenina de belleza y talento que suelen coincidir, aunque no siempre con equilibrio. Jodie Foster, por ejemplo, no es comparable con Halle Berry, pero su proyección de inteligencia y fuerza la hace más interesante y atractiva en un sentido muy otro. Susan Sarandon tampoco está como para un concurso de belleza, pero es una de las mejores actrices del siglo pasado, al menos en Hollywood, y una mujer admirable en la vida real, como Jane Fonda, que no podía faltar, aunque tendrá su propia galería.

Comienzo con Naomi Watts por razones obvias; a pesar de King Kong y una que otra producción demasiado ínfima para ella, es una de las tres diosas actuales de la pantalla grande, tanto por su brillante carrera en general como por el instante de perfección y belleza concentradas que logró en Mulholland Drive.

Las otras dos monstruas del momento, sin lugar a dudas ni a discusión, son Marion Cotillard y Zhang Ziyi.

La musa francesa es Edith Piaf para el público de masas, pero también el rostro más interesante del cine en la actualidad y una mujer fascinante en la vida real, que transmite su encanto, sin escatimarlo, hasta en papeles tan menores como el que le dio Woody Allen.

Zhang Ziyi se ha permitido pecados peores que Naomi Watts (¡Tortugas ninja… per Deus!), pero es el personaje más entrañable en El tigre y el dragón, una de las diez mejores películas, para mi gusto siempre; la actuación más asombrosa de su carrera, sin embargo, no es la mejor película, sino La casa de las dagas voladoras. Además de una gran actriz, es una maestra en las artes marciales (desde el kung fu hasta el esgrima), es hermosa y joven, tiene una hermosa voz y, por si fuera poco, baila y canta (más o menos regular).

Sophie Marceau, en su momento, no se conformó con ser físicamente perfecta (cuanto más la veo, más me gusta), y Monica Bellucci sigue siendo el colmo de la sensualidad; no es casual que estos dos bellísimos seres terminaran unidos.

La gracia de Audrey Tautou, por su parte, conquistó al público de masas en el papel de Amélie, que ya es lugar común, pero luego estelarizó Amor eterno (muy superior, aunque menos digerible que la comedia), del mismo director, Jean-Pierre Jeunet.

Sobre los méritos de Winona Ryder, un ángel en desgracia, está por demás hablar.

Jennifer Jason Leigh, en cambio, podría calificarse como una actriz marginal por trabajar en producciones de bajo presupuesto, pero dándole a sus personajes tanta importancia como para terminar convertida en ellos. Personalmente, me basta con su actuación de prostituta intensa y amoral en Última salida a Brooklyn, el papel más impactante de la cinta y quizá de su carrera, aunque después (14 años, para ser exactos) participó en otra película importante para mí: El maquinista, de Brad Anderson, tan representativa del drama sicológico o psicodrama como el trabajo de Polanski o Cronemberg en el mismo sentido (algunos asocian esa pieza excepcional con Hitchcock y Lynch, quizá desde la pedantería o para efectos publicitarios).

Isabelle Adjani es la única persona, hombre o mujer, que actúa en dos películas de mi decálogo: El inquilino, de Polanski, y Nosferatu, de Herzog; la primera es insuperable, salvo acaso por la actuación de Catherine Deneuve en Repulsión, antecedente del mismo director en este género.

Con la enigmática belleza de Nastassja Kinski me permití convertir la foto de su rostro en una obra de arte (modestia aparte), y con la foto regular de sus formidables piernas hice una edición experimental (con dos o tres excepciones, todas las fotos fueron mejoradas).

Keira Knightley no es una buena actriz; por el contrario, es tan mala que, al gesticular, afea su rostro dizque perfecto y, de todos modos, ese rostro es quizá la causa de otro privilegio: la oportunidad de participar en películas de gran presupuesto. Por lo demás, también la pretendida perfección de esta mujer esquelética es mediocre; prefiero verla en fotos que en el cine. Al ver por primera vez el rostro de Catherine Zeta Jones, en cambio, se me hizo nudo la garganta, pero trece años después no estoy seguro de que sea una buena actriz (sobre Keira Knightley no hay duda: es pésima).

A Brigitte Bardot, por último, prefiero verla en pantalla que en monitor, como a Marilyn Monroe, que no me gusta mucho y, si la veo demasiado, me cae gorda.