El odioso Tarantino

Los odiosos ocho (Estados Unidos, 2015), de Quentin Tarantino, tiene algunas cosas buenas: la banda sonora con personalidad y méritos propios, a cargo del gran Morricone; la fotografía con instantes exquisitos y postales majestuosas, de Richardson… Pero, en general, me parece un western odioso, con diálogos redundantes, reiterativos y repetitivos hasta la exasperación, con tal de ser muy largos y seducir a quienes aplaudieron en su momento los insulsos intercambios verbales de Pulp Fiction, unos personajes burdos que hacen caricaturas de sí mismos hasta resultar literalmente insoportables, sobre todo el supuesto verdugo (tan amanerado que, en efecto, parece inglés) y el supuesto alguacil que todavía no asume el cargo y parece haber salido de una serie infantil de dibujos animados o por lo menos ser la voz de alguno de sus personajes (Dios nos libre de Tim Roth y Walton Goggins: el mundo sería menos detestable sin ellos).

La primera hora es una presentación de los personajes, al cabo de la cual uno se pregunta si la intención de la película es humorística, si es acaso una comedia negra como secuela degradativa de la Guerra de Secesión; entonces comienza una versión gringa de La tempestad, de Shakespeare, que progresivamente se transforma en Agatha Christie, como una vuelta de tuerca desde la perspectiva de los dos personajes principales, que son cazarrecompensas.

Del refrito del cine hongkonés al refrito de la literatura clásica, Tarantino se supera. Aquí vemos a todos sus actores fetiches y confirmamos que tiene serios problemas para incluir mujeres en sus relatos descriptivos de un mundo exclusivamente masculino, como el que suele concebir. Aquí vemos también una violación homosexual, como en Pulp Fiction, que precede a la violencia gore, tan característica del autor; al visceral director y escritor de guiones infames le fascina que las cabezas y vísceras de la gente estallen como sandías con balas expansivas.

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La premisa es que un cazarrecompensas entregará con vida a su prisionera. La razón, en teoría, es un balbuceo ético (ningún tipo rudo saldría con semejante patraña y se ahorraría las molestias y complicaciones, dificultades y pérdidas de tiempo, con un balazo en la cabeza), pero en los hechos es un pretexto para que alguien irrumpa en el ameno encuentro de hombres cultos y trate de rescatar, a sangre y fuego, a la prisionera (mi querida Jennifer Jason Leigh en la interpretación más antipática de su carrera… por eso fue nominada como actriz de reparto al desacreditado Óscar, una vez que la dizque academia de Joligud ninguneó su extraordinario desempeño en Última salida, Brooklyn, de Hubert Selby Jr.).

Samuel L. Jackson y Kurt Russell hacen bastante bien sus papeles, a pesar de los pesares; también Bruce Dern, aunque nunca se levanta del sillón. Por ahí vemos a Demián Bichir en un papel autodenigrante (Tarantino reivindica hipócritamente a los negros, pero repele a los mexicanos y demás inmigrantes latinos, y su guión en este caso comete el error de atribuir un racismo antimexicano a cierta mujer que, minutos después, es anfitriona de una banda de forajidos, entre los cuales hay un mexicano).

Cuando acaba el tercer capítulo no comienza el cuarto, sino la segunda parte del tercer capítulo, que también acaba, pero no comienza el cuarto capítulo, sino la tercera parte del tercero, que acaba por fin y entonces empieza el cuarto capítulo. ¡Uf!

Salvo los guiños, la mayoría de los indicios resultan infantiles para un lector de Agatha Christie y Arthur Conan Doyle (como lo fui en la primera juventud).

El giro pretendidamente sorpresivo no es menos burdo que los personajes, pues sucede a dos horas de vulgaridad por un lado y aburrimiento por el otro.

Yo, como el entrañable y extrañado Gustavo García, paso de Tarantino.


Después de Lucía

despues de luciaPatrocinada por Televisa, una película sobre hostigamiento escolar, también llamado bullying, entre estudiantes burgueses, representó al cine mexicano ante la Academia de Artes y Ciencias Cinematográficas de Estados Unidos y su equivalente en España, “para consideración del Óscar y los Goya”, como reza la leyenda en las copias respectivas.

Lo peor de esa película no es la pésima calidad del sonido, ni que la actriz principal, Tessa Ía, mire a la cámara por lo menos dos veces, ni el error de Alejandra, estudiante de preparatoria que parece inteligente, al permitir que la graben en video con un teléfono celular mientras tiene relaciones sexuales; tampoco es el hecho de que no use las manos para defenderse cuando la obligan a comer pastel de mierda, ni el segundo error (todavía más absurdo) de viajar a Veracruz con los alumnos que la agreden y humillan hasta el colmo de cualquier tolerancia, ni la pasividad inicial de su padre, encarnado por Hernán Mendoza, cuando ella desaparece y él se entera de todo, ni el segundo absurdo (tercer error) de viajar a Puerto Vallarta en vez de regresar al DF o, por lo menos, llamar a papi, que es buena onda, para que no se preocupe ni haga justicia por propia mano, como finalmente sucede.

Hay otras incongruencias en el guión: para justificar los celos de una estudiante y, en consecuencia, su odio, una escena muestra en segundo plano a Alejandra, platicando con su agresor, como si fueran amigos… ¿Y de dónde sacó dinero y ropa limpia para viajar a Puerto Vallarta? ¿Salió del mar y pasó a su cuarto de hotel antes que los demás alumnos? ¡En fin!

Lo peor no es el nombre de Emilio Azcárraga en los créditos, que ya es bastante, ni el imperdonable uso de una canción de Cri-Cri, «La muñeca fea», como fondo musical de los trailers promocionales, sino que la película haya representado a México en la preselección de candidatos al Óscar y al Goya, sin haber ganado ni un estúpido Ariel.

Lo peor es el premio correspondiente a la sección «Una cierta mirada» en el Festival de Cannes, y el Premio Especial del Jurado en el Festival Internacional de Cine de Chicago, y la mención especial en el Festival también Internacional de Cine de San Sebastián, dentro del ciclo «Horizontes Latinos», el año pasado los tres.

Lo peor no es que el actor y director británico Tim Roth, presidente del jurado en Cannes, haya calificado esta película como “una poderosa obra maestra”, ni que dicha exageración sea utilizada como recurso publicitario, sino la influencia de todos sus elogios en la decisión final al respecto. Peor aún es que algunos “críticos” sigan ensalzando esta cinta con la misma influencia y, más todavía, la que ejercen los premios y las menciones…

Mal porque se trata de un postulado irreflexivo. Peor porque, si bien la película tiene méritos que merecen reconocimiento, no es ninguna “obra maestra”, sino cine al estilo de La vida según Attenberg (Grecia, 2010), de Athina Rachel Tsangari, por ejemplo… Los consensos alrededor de títulos como ese, o de alguna rareza pretendidamente “culta”, suelen basarse más en referencias de autoridad que en criterios propios, y entonces la crítica es mal recibida, aunque tenga razón.

Después de Lucía (México, 2012), de Michel Franco, es el tipo de película que seduce a los opinantes con largas tomas de una cámara fija que parece captar el sonido, en este caso, desde un micrófono integrado, como producción casera, demagógicamente aplaudida por las plumas del rebaño.

La trama inconclusa y el supuesto final hacen previsible una segunda parte, así que la crítica también continuará… aunque, pensándolo bien, sería preferible un boicot nacional a Televisa, que ahora se presenta como emisaria “cultural” de México ante el mundo y no es más que un negocio de familia, fabricante de basura como el presidente espurio de la República.