Birdman y la poiesis del autor

Tengo el privilegio de la interlocución con Vanessa Bauche, actriz que, entre otras cosas, participó en Amores perros (México, 2000), ópera prima de Alejandro González Iñárritu, que representa un hito en el cine mexicano, latinoamericano y mundial, principalmente por su estructura narrativa, aunque tiene más méritos.

Talentosa y generosa, más que por lo anterior, Vanessa comprende a profundidad los aportes de Birdman por su propia sensibilidad o capacidad de percepción, y conversar con ella resulta una invaluable lección de cine y algo más.

Me permito reproducir a continuación lo medular de su visión compartida conmigo a partir de la lectura de mi análisis porque lo complementa maravillosamente. Yo no hago interpretaciones subjetivas. Ella sí. Y estoy de acuerdo con todas. Helas aquí, pues:

(Advertencia: su reflexión comienza por referirse al final de la película, así que es únicamente para quien la haya visto; quien no lo haya hecho, que se abstenga de seguir leyendo).

10368380_1506698609583017_927447409240303477_n Birdman, a mi entender, es una tragicomedia de sublimación, gracias al punto de vista final de la hija, que benevolentemente nos da el autor, y que nos habla de la insólita y profunda comprensión-compasión-amor de la hija, adicta en recuperación, hacia el padre, es decir, gracias a que la hija mira de abajo hacia arriba y sonríe, uno puede comprender que no sólo le otorga el perdón, sino que lo libera, lo sublima, ya que ella mejor que nadie entiende del tanatismo que ilumina. Grosso tema: la interpretación del suicidio del padre, en una simple toma objetiva.

Maestría espiritual de un tema recurrente a lo largo de la obra de Alejandro, presente en todas sus películas, la relación padre e hija, el amor y las culpas de lo intrafamiliar, la redención y el perdón.

Birdman, o La profunda metáfora de la necesidad del ego creativo de sentirse amado; la aceptación, la libertad creativa, salir de la estereotipificación impuesta irónicamente por el éxito dentro de una maquinaria tan poderosa como lo es el cine; la fragilidad de la Psique creativa, que raya en lo esquizoide sin llegar a serlo y que, sin esa capacidad, sería imposible considerarse ente creativo; la analogía con Ícaro, el hombre con alas hechas a mano por su padre, en busca de la libertad, que para sobrevivir debía volar ni tan bajo ni tan alto, en su vuelo desobedece al padre, al enamorarse de la poderosa sensación de libertad, finalmente cae al mar y muere al derretir sus alas por la cercanía al Sol; otra gran metáfora de la peligrosidad del conocimiento total o una muy elegante crítica a la Élite que domina y controla al mundo y que son adoradores del Sol.

La ingenuidad casi infantil, cual acto de fe, al confundir amor con admiración… etc. Es una radiografía brutalmente honesta de la semántica emotiva del ser creativo. Habla también de la discriminación NY-Hollywood; de hecho, el protagonista no escribió la obra, la adaptó; el título de la obra que están montando es, en sí mismo, el verdadero subtítulo de la película: De qué hablamos cuando hablamos de amor, de Raymond Carver; otro guiño genial de Alejandro a la tesis de la película.

El jazz presente en la batería de Sánchez, efectivamente puede leerse como un tributo al jazz, pero en realidad es el Beat del corazón del protagonista; somos vibración; toda materia viva tiene una frecuencia de vibración (investiga sobre los Solfeggios, tema por demás apasionante); el diseño sonoro es una Obra Maestra de Martín Hernández.

Las peripecias increíbles de Lubezki, como aquella donde la cámara de modo imposible a la lógica entra a través de una reja al camerino, como bien dices, habla del virtuosismo técnico del Chivo, pero también es la metáfora del ave que vuelve a la jaula, es la frase que está construyendo la imagen. En eso consiste, ni más ni menos, la gramática visual y la poiesis del autor. No son tomas hechas sólo para lucir las habilidades del fotógrafo o la imaginación del director; están escribiendo algo importante que suele ser metafórico y complementa al texto.

En fin, podría seguir y seguir… Hay tanta información sutil, no obvia, no explícita, tanto en el cine en general como en la obra de Alejandro que no terminaría nunca.

Como sabes, cada secuencia es una frase, sumando el sonido, los cambios de emplazamiento, los silencios, las disolvencias y demás elementos que conforman esa gramática; muchas veces el autor dice más que con el texto mismo y es justo ese lenguaje no dicho el que marca la diferencia entre cine de autor y cine comercial, que por lo general es ilustrativo; se trata de lo que se dice, no de lo que se escribe con imágenes. Por desgracia, a las nuevas generaciones las han acostumbrado al frenético y psicótico ritmo del videoclip, de los videojuegos, de los virales hechos con celular y sobre todo a la pobreza visual de la televisión, con lo cual la gramática cinematográfica es prácticamente un lenguaje en extinción.

10425024_1554008061518738_3539887235887194001_n Lo que te comparto es una invitación a que te dejes llevar un poco más allá de lo racional en la maravillosa experiencia que es el viaje cinematográfico, para que sientas más profundo. La hermenéutica audiovisual del cine nos permite dimensionar nuestras formas de percepción, de comprensión de la existencia misma; finalmente es un viaje sensorial y espiritual. A veces es más revelador sentir que pensar.

Y bueno, finalmente sólo es mi humilde opinión, más que como actriz, como espectadora que ama profundamente las infinitas posibilidades de identificación con los otros que nos otorga el cine.

Abrazo inmenso. Y buen camino.

 
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Bajo Juárez: bajo mundo

El texto anterior fue corregido gracias a una gentil precisión de Vanessa Bauche, tan encantadora ella por escrito como en pantalla y seguramente en persona. Yo señalé algunos errores del documental que produjo, y la productora señaló un error del crítico, además de comentar el asunto brevemente. Coincidimos en que la principal aportación de Bajo Juárez – La ciudad devorando a sus hijas es mostrar el aspecto humano de la tragedia en la capital internacional del feminicidio y que no aporta nada nuevo en términos informativos y más bien complementa el documental Señorita extraviada, de Lourdes Portillo, así como los libros Huesos en el desierto, de Sergio González Rodríguez, y Cosecha de mujeres, de Diana Washington. Sin embargo, me permito hacer entonces una crítica más, sin ningún afán de descalificar este trabajo que efectivamente es emotivo, tiene ese efecto en la sensibilidad medianamente informada.

El tráiler promocional pregunta en boca de varios actores: “¿Te atreverías a descubrir la verdad?” “¿Te atreverías a saber qué hay detrás de los asesinatos de más de 400 mujeres?” Y dice: “Aunque estés harto de escuchar de Ciudad Juárez, no tengas miedo de saber la verdad”. El recurso publicitario despierta curiosidad morbosa y uno se pregunta en cambio: ¿Se atreverán a “descubrir” (poner al descubierto, públicamente) la verdad? ¿Se atreverán a denunciar qué hay detrás de los asesinatos de más de 400 mujeres? Y se dice: Aunque estén hartos de hablar de Ciudad Juárez, no tengan miedo de que se sepa la verdad. ¡Échenle huevos y ovarios! Pero el documental no hace eso; el tráiler no corresponde al trabajo de Alejandra Sánchez y José Antonio Cordero, sus directores, sino al de Lourdes Portillo, Sergio González y Diana Washington, principalmente.

Partamos de la base. Lo que ocurre en Ciudad Juárez, Chihuahua, desde que Francisco Barrio Terrazas asumió la gubernatura del estado a finales de 1992 es un genocidio y los genocidios son crímenes de estado en la medida que se cometen desde las cúpulas del poder político, desde sus más altas esferas, aunque los autores materiales sean asesinos rasos. Durante casi 17 años, esta masacre, fábrica de sufrimiento previo y posterior a la muerte, ha tenido como saldo el secuestro de más de 460 mujeres para hacerlas objetos desechables de violación sexual tumultuaria, torturas y mutilaciones, antes de asesinarlas, así como la desaparición de más de 600 que sufrieron o sufren, cabe imaginar, la misma suerte. Son más de mil víctimas directas, a quienes se suman sus familias, que pagan la culpa de los victimarios a veces con la vida, luego de la tortura y la cárcel. El genocidio es un crimen que atenta contra la humanidad, lo mismo que la desaparición forzada, que además es permanente: se comete durante el tiempo que la persona esté desaparecida, o sea, para siempre, en la mayoría de los casos; por eso no prescribe, nunca se olvida ni se perdona jamás (salvo en México, el paraíso de la impunidad). Como las escaleras se barren de arriba abajo, los principales responsables de los crímenes de estado que concurren en esta barbarie son los presidentes de la República, desde el usurpador en 1988 hasta su similar en 2006.

Francisco Barrio fue presidente municipal de Ciudad Juárez, bastión del cártel de Juárez, que financiará años después su campaña para la gubernatura del estado. Junto con el cargo público, Barrio asume en privado el papel de pelele o títere del crimen organizado, con el cual tiene deudas inconfesables, pero inocultables. “Aquí no pasa nada del otro mundo; han matado a unas cuantas putas y eso pasa en todos lados”. El poder criminal detrás del poder formal se expande al hemisferio y, además del narcotráfico, incluye el tráfico de armas y órganos humanos, la producción de videos sucios y pornografía infantil, industria a la cual no es ajeno Kamel Nacif Borge, corruptor de menores y mayores, explotador de mujeres maquiladoras, patrón de góberes “preciosos” y patrocinador de Vamos México, la fundación de Marta Sahagún de Fox.

Los funcionarios de Barrio directamente responsables de que el cártel de Juárez haga y deshaga a sus anchas son promovidos por Fernando Antonio Lozano Gracia, procurador panista incrustado en el gabinete de Ernesto Zedillo, un presidente genocida, primero por la ofensiva militar de 1995 en Chiapas, que traicionó el aparente proceso de paz y militarizó dicho estado o, por lo menos, la “zona de conflicto”, que geográficamente coincide con la Diócesis de San Cristóbal de Las Casas, y después por la masacre de Acteal, culminación de otro genocidio sistemático, en este caso perpetrado por bandas paramilitares, formadas a su vez por el ejército federal con financiamiento “social”, engendro de la militarización y la contrainsurgencia, en cuya gestación cumple una protagónica función Eraclio Zepeda. Esos funcionarios estatales (mencionados en el texto anterior) -volviendo a Chihuahua- forman parte del “equipo de transición” de Vicente Fox y después ocupan puestos clave en el desgobierno federal, que hace simulaciones y monta farsas a propósito del horror en Ciudad Juárez, como las fiscalías especiales y demás. ¿Qué hace al respecto el espurio en turno? Militarizar el territorio municipal con 5,500 soldados y otros 1,300 patrullando los alrededores, una vez que llegan a nueve los asesinatos diarios en promedio atribuibles al crimen organizado.

El artífice financiero de Amigos de Fox, estructura paralela al PAN durante la campaña de 2000 para la presidencia de la República y cuyos gastos rebasan los límites legales, por cierto, es Lino Korrodi, padre de Karla Korrodi, a su vez esposa de Valentín Fuentes Téllez, uno de los principales sospechosos de la bestialidad genocida en Juárez y otros lugares, como la capital del estado, según el Buró Federal de Investigaciones (FBI por sus siglas en inglés) de Estados Unidos, que igual sospecha de Miguel Fernández, principal concesionario de la empresa embotelladora The Coca-Cola Company desde hace muchos años también en Ciudad Juárez, por lo que tampoco en este caso pasa desapercibida la relación con Vicente Fox, quien fuera presidente de la misma en toda Latinoamérica. Otros sospechosos para el FBI son Adolfo Cabada y Manuel Sotelo; uno es dueño de la televisora local Canal 44 y otro posee una compañía de transporte privado con numerosas unidades que viajan por el desierto fronterizo. Los cuatro son grandes magnates y tienen gran influencia en el poder formal, que no los ha tocado ni con el pétalo de una averiguación previa. Por el contrario, todo el sistema judicial de la entidad y su aparato de seguridad “pública” están al servicio de la red de secuestradores, violadores, torturadores, asesinos y demás que opera impunemente desde Guatemala hasta Canadá y España. Esta mafia, específicamente la familia de Valentín Fuentes, vende más del 90 por ciento del gas que importa Guatemala, país en donde tiene lugar también el síndrome de Ciudad Juárez; además exporta gas a España, en donde coincidentemente alguien destruye mujeres con idéntica saña. Dicha familia contó con la protección de Francisco Minjares, jefe del Grupo Antisecuestros de la Procuraduría local, involucrado con el narcotráfico y “uno de los policías más corruptos y asesinos del estado”, a decir del FBI. Minjares había concluido su investigación, plagada de irregularidades, contra Abdel Latif Sharif Sharif, presunto autor de la barbarie misógina en Juárez, cuando fue acribillado en 2003. Una de sus encomiendas, antes de abandonar la corporación en 2002, era la protección especial a familias poderosas de la entidad.

Después de su mandato en el estado de Chihuahua, ahora bajo el de Fox y sus “amigos”, Barrio Terrazas es secretario de Contraloría y Desarrollo Administrativo (Secodam) hasta 2003, y jefe de la bancada panista en la Cámara de Diputados hasta finales del sexenio, cuando busca infructuosamente la candidatura del PAN a la presidencia de la República. Desde enero de este año dice representar a México en Canadá, como aquí los titulares del Poder Ejecutivo, sus secretarios de “Gobernación” (seguridad nacional) y Seguridad “Pública” (más bien privada) y los procuradores generales de “justicia”. A nivel federal, ninguno de ellos ignora quiénes, dónde, cuándo y cómo hacen a cientos de jóvenes, en su mayoría trabajadoras, aunque también estudiantes, objetos de consumo desechable para placer demencial; ellos son cómplices por omisión o comisión, tanto como los gobernadores del estado, sus secretarios de gobierno y seguridad “pública” y sus procuradores, que procuran tener mucho cuidado con el crimen organizado…

El documental Bajo Juárez, que era el tema, no hace acusaciones (“esa no es labor de los cineastas, sino de periodistas y/o investigadores”, me dice la talentosa y carismática Vanessa Bauche, productora de este largometraje basado en una investigación que duró más de seis años), pero aporta algunas pistas y evidencias, algunos indicios y elementos de la connivencia gubernamental en la masacre de mujeres y niñas. Un hecho contundente es la “aparición” de Neira o más bien de su cadáver, mientras una fiscal especial ríe con singular alegría, en presencia de la familia y ante cámaras y reflectores, al día siguiente de que el procurador del estado, Chito Solís, bajo el mandato de Patricio Martínez García, espetara a familiares de la muchacha: “¡Ya me tienen hasta la madre! ¿Quieren un culpable? Mañana mismo lo consigo”. Entonces el funcionario sabía dónde estaba el cuerpo sin vida o quién lo tenía; nomás ordenó que lo sacaran del refrigerador y montaran la farsa del hallazgo ante los medios de comunicación. Nomás les faltaba un chivo expiatorio y escogieron al primo que trabajaba en Chiapas cuando fue cometido el crimen porque era quién más presión ejercía sobre las “autoridades” locales con apoyo de una organización no gubernamental de Los Ángeles, California, defensora de los derechos humanos. Este caso es emblemático porque resume la sucesión de injusticia multiplicada o la multiplicación de injusticia sucesiva, cadena de sufrimiento, así como el descarado cinismo de los servidores públicos (públicamente al servicio del crimen organizado), que debieron evitar que ocurra o, por lo menos, esclarecerlo, hacer justicia, vaya, no más injusticia. El caso es representativo del grado que alcanza la corrupción y descomposición del poder formal por su colusión con el poder criminal, maridaje o binomio que hace del poder uno solo, sea público o privado, político o económico.

El mérito de Bajo Juárez está en su efecto emotivo, pero su denuncia, ineludible fin siempre que sea tratado el tema, es demasiado pequeña para el tamaño de la tragedia y la ignominia, de tal magnitud a su vez que muy pocos lo ven y además asumen la complicidad del silencio.

Claro que todo lo anterior es pura hipótesis, que podría servir de guión a una película titulada El silencio de los culpables. Cualquier parecido con la realidad es imaginario.

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Más que una ciudad devorando a sus hijas, es una especie de bestia genocida, reproducida en múltiples ciudades y engendrada por una sociedad que padece del mayor mal de nuestra época, la descomposición humana, propiciatoria de un poder omnímodo que destruye todo cuanto puede, incluyendo a seres tan vulnerables como las mujeres y niñas que desaparecen vivas y aparecen muertas -en los casos menos desafortunados- a voluntad y conveniencia de la red criminal que hace de su complicidad una garantía de impunidad a gran escala y articulación medular de un sistema de perversión tan destructiva como la voracidad insaciable del olvido y su acumulación de tiempo muerto. Despertar de la pesadilla es imposible: hay que encarar a la bestia en su terreno.

¡Ni una más! ¡Ya basta!

Miércoles 3 de junio, 21.00 horas. En la entrada a las salas 4, 5 y 6 de la Cineteca Nacional hay tres personas mas interesadas en unas palomitas de maíz que en la película y el público al que estorban y hacen esperar mientras la mujer que recoge los boletos les dice dónde comprar sus palomitas; el público soy yo, que tengo prisa por pasar al baño antes de ver la película; en el baño resbalo con un charco de agua sucia frente a los lavamanos, y no hay papel para secarse; me pregunto si así es aquí el regreso a la “normalidad”, una vez superada la sicosis de la contingencia sanitaria.

La sala 5, donde será exhibido el documental Bajo Juárez, de Alejandra Sánchez y José Antonio Cordero, es una de las más pequeñas y, aun siendo miércoles, día que las entradas son más baratas, está vacía. Ser el único espectador me sorprende y hace sentir bastante raro; luego de unos minutos llega el grupo más interesado en sus palomitas que en la película; inmediatamente, llega también una pareja de jóvenes que se acomoda en la última fila con los pies en los asientos de enfrente, junto a mí, platicando con singular chorcha; comienza la función y el formato es el peor posible, con la calidad de imagen más baja posible (si acaso es posible hablar de calidad aquí) y la proyección está descuadrada; la pareja no deja de platicar en voz alta, casi a gritos, y mover los asientos de enfrente. Desde el principio, algo me parece familiar y caigo en la cuenta de que algunos protagonistas del documental son los mismos de un cortometraje que había visto seis años antes (supongo que Ni una más, también de Alejandra Sánchez). A la molestia por ver algo en pésimas condiciones y escuchar voces detrás de mí y sentir golpes y movimientos o vibraciones en los asientos, se agrega y crece la cólera inevitable ante una inmensa tragedia con todas las facilidades posibles, algunas realmente inconcebibles, inimaginables; las dolorosas expresiones de parientes, en su mayoría mujeres, de las víctimas de un sistema genocida, un feminicidio sistemático, las inteligentes exposiciones de tres expertos muy serios y muy bien documentados, así como la hipocresía, la demagogia y la burla de las “autoridades” competentes, cómplices por omisión o comisión de crímenes que atentan contra la humanidad o lo que al mundo le queda de ella, me producen un nudo en la garganta; procuro controlarme y fracaso en el intento; encaro enfurecido a la pareja de atrás y grito: “¡Oigan, cabrones! ¡Cállense ya o lárguense!” Intimidados (no creo que avergonzados), contestan asintiendo con la cabeza y, santo remedio, no vuelven a hablar, pero dejan los pies en los asientos de enfrente…

Si algo hace aparentemente distintos de entrada este documental y Trazando Aleida, de Christiane Burkhard, es su publicidad en pantalla. Los adelantos de Trazando Aleida, quizás editados en la misma cineteca, predisponen al público, al menos a mí, como si se tratara de un drama sensiblero y previsible, noción que afortunadamente cambia al ver el documental y conocer a la familia de la protagonista, así como a la realizadora (conocer también a jóvenes de la organización HIJOS y a la periodista y traductora Tania Molina es ganancia). La publicidad audiovisual de Bajo Juárez, en cambio, no son adelantos, sino brevísimos comentarios de actores y actrices (incluida Vanessa Bauche, productora del documental), la periodista Carmen Aristegui y la cantante Eugenia León (Aristegui dice más que todos los demás juntos). Sin afán de poner mayor énfasis en los errores que en los aciertos, lo primero que llama la atención es un error, pues el nombre completo del documental es Bajo Juárez – La ciudad devorando a sus hijas y, salvo que se refiera a “la ciudad” en sustantivo, lo cual es por demás improbable, no son hijas de Ciudad Juárez las únicas víctimas de tal voracidad; muchas son mujeres que viajan tres días en camión desde lugares como Veracruz para trabajar en las maquiladoras; inclusive la canción final tiene como tema central ese hecho y es el caso de una de las protagonistas.

El estreno comercial de Bajo Juárez ocurrió a principios de octubre pasado, así que su exhibición aquí tiene casi ocho meses de retraso (pues además lo presentan sin un ápice de vergüenza como “estreno”, burla que se pone a tono con las fiscalías especiales y demás eslabones oficiales de esta cadena de ignominia), lo cual explica en parte la ausencia de público en cantidad y calidad. A mitad del largometraje que dura 96 minutos hay un salto atribuible a la exhibición, no a la realización (como para confirmar que la tolerancia del público asistente a la cineteca no tiene límite), y entonces todo apunta coincidentemente a la complicidad de Vicente Fox y sus allegados en la continuación de esta espiral de criminalidad impune. A saber cuánto tiempo del documental nos escamotean, quizá con una mutilación que no pasa de ser un fallido intento de censura o quizá con la pérdida accidental de unos cuantos segundos, pero de ningún modo escapa ese círculo de poder en las alturas a los indicios desde abajo, aunque las acusaciones directas, con nombres y apellidos, cuando las hay, no pasan de funcionarios intermedios. Una de las protagonistas de este documental y el cortometraje de hace seis años, Alejandra Andrade, madre de Lilia Alejandra García, una joven asesinada con todos los agravantes que concurren en el síndrome de Ciudad Juárez, menciona los nombres de esos funcionarios en una manifestación pública, pero el documental como tal no hace acusaciones; cuando se trata de Fox y sus amigos, hace más bien insinuaciones tímidas, por no decir pusilánimes. Sergio González Rodríguez, autor del libro Huesos en el desierto, por ejemplo, dice ante la cámara lo que sabemos desde hace casi una década: que algunos empresarios presumiblemente implicados en esta masacre de mujeres financiaron la campaña de Fox, en consecuencia endeudado a la sazón con poderosos criminales, en consecuencia más poderosos a la sazón del sexenio pasado y de los cuales no es mencionado aquí ni un solo nombre, vaya, ni siquiera el de Lino Korrodi, artífice financiero de Amigos de Fox y suegro de Valentín Fuentes, uno de los principales autores de la barbarie genocida en Ciudad Juárez, como bien lo sabe el FBI gringo y no creo que lo ignore la PGR mexicana. Tampoco se dice que Francisco Barrio, política y personalmente cercano a Fox y Sahagún, fue presidente municipal de Ciudad Juárez, cuya delincuencia organizada financió su campaña para ser electo gobernador del estado de Chihuahua en 1992, cuando sucedieron los primeros casos de mujeres victimadas con patrones similares en el bastión del cártel de Juárez (el documental ubica el inicio de esta pesadilla en 1995: otro error).

No olvidemos que Francisco Barrio culpó de su propia desgracia a las mujeres secuestradas, ultrajadas, torturadas, mutiladas, asesinadas y desaparecidas por ser “provocativas” y consideró “normal” el número de casos; durante su mandato como gobernador, el cártel de Juárez se expandió hasta ser el más grande del continente, con Amado Carrillo a la cabeza, desplazando inclusive a los colombianos. De hecho, Barrio tomó posesión del cargo en octubre de 1992, unos meses antes de que Amado Carrillo asumiera el control del cártel en abril de 1993, luego de la detención del jefe anterior. A pesar de los indicios de negligencia, omisión y encubrimiento en las investigaciones de los feminicidios, indicios ampliamente documentados por periodistas y organizaciones independientes en defensa de los derechos humanos, así como por las madres de las víctimas, algunos funcionarios del equipo de Barrio ocuparon más tarde puestos de alto nivel en el desgobierno de Fox, como el ex procurador general de justicia del estado, Francisco Javier Molina, y el ex primer comandante de la policía judicial, Alejandro Castro… Nada de eso informa el documental.

Entre los familiares de las víctimas nadie quiere nombrar tampoco a los grandes empresarios, porque su poder fáctico o influencia directa en el poder formal infunde tanto miedo como cualquier otra mafia, llámese cártel de Juárez o amigos de Fox, pero el documental dibuja con claridad gráfica el mapa de las zonas bajo su dominio y la confluencia en el hallazgo de cadáveres femeninos; esa es quizás, en términos panorámicos, su mayor aportación.

Para alguien medianamente informado, Bajo Juárez no aporta nada nuevo en cuanto a documentación, pero en lo personal hay algo que logra calar bastante hondo y no deja de vibrar en mi obsesiva mente, o sea, en mí, obsesivamente: Diana Washington, que ha investigado con valentía y lucidez el escabroso tema como reportera de El Paso Times y autora del libro Cosecha de mujeres, dice que hay policías contratados para llevarse los cadáveres de mujeres asesinadas en fiestas de gente poderosa y dejarlos en otros lados; este hecho, aunque no es sorprendente, desvela una trama criminal con elementos suficientes para una novela policiaca o el guión de una película de ficción inspirada en la realidad, que suele superar a la imaginación cuando se trata de maldad patológica o perversidad, por supuesto, relacionándolo con las sospechas más difundidas, a saber, que hay por lo menos dos asesinos seriales que operan al amparo de una amplia red de complicidades, en la cual están directamente involucradas las autoridades judiciales, cuyo principal papel es la fabricación de culpables…

En fin. Cuando pequeñas frases como “cadena de impunidad” se hacen lugares comunes estamos ante un trágico fenómeno y quizá la mayor de las tragedias sea que nos acostumbremos a ellas.

Aunque nada es nuevo en términos informativos, a pesar de que la investigación abarca de 2001 a 2007, nada es trivial tampoco en el documental, ni siquiera sus omisiones, pero hay algo más allá de los datos que toca fibras sensibles: la dignidad de los familiares de las víctimas, incluidos los chivos expiatorios, algunos de los cuales mueren en la cárcel bajo circunstancias sumamente oscuras; el aspecto humano de la tragedia tiene aquí una expresión más nítida y cálida que la información objetiva y fría.

Carmen Argueta, una señora de condición paupérrima y apariencia muy frágil (“así de flaca y chimuela como me ven”), que lucha de por sí para sobrevivir, tiene que luchar también para encontrar a su sobrina Neira y después para liberar a su hijo David Meza, injustamente detenido por el asesinato de la muchacha y los demás delitos que preceden a la desaparición forzada; es un caso emblemático, pues la señora saca fuerzas de su dignidad; el hijo regresa de Chiapas, donde trabajaba, para presionar a las autoridades locales, hasta que el procurador Chito Solís, bajo el mandato de Patricio Martínez, les dice: “¡Ya me tienen hasta la madre! ¿Quieren un culpable? Mañana mismo lo consigo”. Entonces aparece el cadáver de la desaparecida, y la policía detiene a David Meza y al padre de Neira, los tortura física y sicológicamente, sobre todo al primero, y la “justicia” lo condena con puras pruebas falsas pero “suficientes y bastantes”. En la pantalla vemos a un hombre moralmente derrotado, pero sabemos que si no fuera por doña “flaca y chimuela como me ven” ya lo habrían matado en la cárcel, como a otros chivos expiatorios, y punto, caso cerrado. “No me puedo dar el lujo de enfermarme -dice la señora- porque para mí sería un lujo”, y libera un llanto contenido quizá durante días o semanas; sus palabras y actitudes coinciden con las de otras mujeres cuyas luchas tengo presentes ahora y que ya comentaré; más adelante, vemos cómo le impiden pasar a Los Pinos, en donde tiene concertada una audiencia con Fox; no es la primera vez que tiene audiencia, pero en esta ocasión intenta pasar con su familia y no la reciben, por lo que dice a la cámara: “Ya no me dejan pasar a mí tampoco y eso es lo que más me descorazona”. Rompe otra vez en llanto y continúa: “De por sí somos pobres y ahora con esto no podemos trabajar, no tenemos dinero. ¿Sabe usted cuánto nos cuesta venir hasta acá para nada? ¿Qué vamos a hacer ahora con esta miseria?” El episodio es especialmente dramático, pues la mujer habla con el rostro empapado por las lágrimas y una elocuencia desgarradora que termina diciendo: “Imagínese lo que sentí cuando vi a la fiscal especial riéndose mientras metían a nuestra niña en una bolsa”, y las imágenes muestran a la fiscal especial riéndose con singular alegría mientras cierran la bolsa de plástico en donde yace la muchacha asesinada luego de vejarla con un sadismo que avergonzaría inclusive al marqués de Sade.

No menos estrujante y lacerante es el testimonio de una menor de edad, secuestrada por un grupo de policías que la penetran por la vagina y el ano con el cañón de una pistola como castigo por haber denunciado a sus secuestradores y violadores (leíste bien, no es necesario repetirlo). Carajo, piensa uno. ¡En qué pinche mundo vivimos!

Alejandra Andrade, madre de Lilia Alejandra García, es una mujer físicamente más grande que termina ocupando el lugar de su hija asesinada; ahora es la mamá de sus dos nietos, que se convierten en la principal razón de su existencia y su lucha; la fortaleza y la dignidad que crecen en ella y la transforman son algo digno de encomio y solidaridad, así como un ejemplo a seguir, que despierta simpatía y contagia coraje y energía; su esposo murió de cáncer por no tener con qué pagar los medicamentos y ahora ella sabe hasta de medicina forense por el seguimiento puntual al caso de su hija. Vaya paradoja: la gente más pobre, además despojada de algo tan valioso como una hija, se crece en el castigo, como dice Miguel Hernández, comparándose con un toro desangrado, cuanto más herido, más bravo.

Indignación y coraje provoca este documental, aunque refritea, como ya dije, episodios que hemos visto desde hace años, uno de los cuales es la famosa conferencia de prensa en donde Jane Fonda, entre otras celebridades, primero llora mientras las demás hablan y, en su turno, se descarga contra los secuestradores, violadores, torturadores y asesinos de mujeres, y contra las “autoridades” que terminan de arruinar a los familiares de las víctimas, como si no fuera suficiente su desgracia, y los hacen pagar la culpa de otros a quienes tienen perfectamente identificados… Confieso que al principio me resultó más bien molesto el llanto de Jane Fonda mientras las demás hablan; me pareció un llanto protagónico el suyo, quizá predispuesto yo por las ocasiones que aprovecha Ofelia Medina para llorar sin consuelo ni consideración alguna; pero al traducir su duelo en indignación y cólera con un discurso inteligentemente articulado y demoledor que no deja piedra sobre piedra, Jane Fonda se confirma como la mujer admirable que en su juventud llamó a desertar del ejército gringo para acabar con la ignominiosa y criminal intervención de Estados Unidos en Vietnam, a riesgo de ser acusada de “alta traición” y condenada a muerte. Aunque Jane Fonda es la mejor actriz del siglo XX, por lo menos en Hollywood, no parece actuar al tomar la palabra esta vez y, después de aludir a la corrupción y al racismo de las “autoridades” mexicanas, terminar arremetiendo incluso contra los periodistas presentes: “¿Por qué tienen que venir figuras y estrellas internacionales para que haya tantos reporteros en una conferencia de prensa y la muerte de tantas mujeres vuelva a ser noticia?” En otras palabras: ¿En qué parte del camino perdimos la sensibilidad y la capacidad de asombro? ¿En qué momento dejamos de ser humanos?

Quizá gente como la que asiste a la Cineteca Nacional para platicar a gritos con los pies en las butacas delanteras mientras alguien documenta que cientos de mujeres, en su mayoría jóvenes proletarias, son sistemáticamente convertidas en objetos desechables, y sus familiares, si acaso encuentran algo, es más injusticia… Quizá gente como la que pide su boleto en la taquilla “para las muertas de Juárez” y le interesan más unas palomitas de maíz… Quizá los que sabotean estos documentales y todo cuanto pueden sabotear, no solo porque son miserables de mente y alma, sino porque además es la encomienda del fascismo usurpador y su enanismo magno… Quizás esta gente, sin saberlo, haga suyo el cinismo de Stalin: la muerte de una persona es una tragedia; la de cientos o miles de personas, así esté precedida por una saña inhumana de rabiosa crueldad, es un dato estadístico.

22.50 horas. En la sala 5 no queda nadie más que yo, leyendo los “agradecimientos finales”, cuando se oscurece la pantalla y se apaga el sonido; el ácaro ha decidido que la película ya terminó; volteo a verlo para que se lleve al menos una mirada de reclamo, pero el cuarto de proyección está oscuro. Antes de irme, paso de nuevo al baño y allí sigue el charco de agua sucia y todavía no hay papel para secarse las manos. Qué bonito lugar, pienso. Qué bonita ciudad. Qué bonito país. ¡Que bonito mundo!

Las lenguas volteadas

Lo mejor de algunas películas son sus diálogos, como en el caso de Las vueltas del Citrillo (2005), de Felipe Cazals, que rescata una forma de hablar en México a principios del siglo pasado (Xochimilco, 1903, para ser más exactos) con un guión que tardó cuatro años en dar a luz. Las vueltas del Citrillo es el nombre de una pulquería de la época en donde concurren soldados rasos y mujeres, a quienes les permiten la entrada en el anexo; ahí tiene lugar la primera parte de la cinta.

¡Puros díceres! -espeta Vanessa Bauche con los labios y la lengua adormilados, tambaleándose y con dificultad para fijar la mirada. “Puros díceres” tejen en efecto y bajo el efecto del pulque, después de un mes ensayando en estado etílico, una trama en la que tres militares, dos mujeres y un cura tienen los papeles protagónicos, aunque el alma de la cinta es más bien un personaje histriónico al que los demás se refieren como el dijunto Melgarejo y del que narran historias lejanas, cuando no contrarias de plano, a la realidad. “¡Puras pendejadas! -espeta el propio Melgarejo- No tienen nada mejor en qué entretenerse”.

-Oiga, mi sargento, y ese tal Melgarejo, ¿era de su conociencia suya?

-¡Qué va, mijo! A ese sólo lo conocían los muy mayores.

Pletórico de modismos y barbarismos, “giros idiomáticos” (Cazals dixit), refranes o dichos populares, albures y otros juegos de palabras, como expresiones de una apropiación mexicana del idioma español en el porfiriato, el lenguaje hace aquí a personajes de lo más pintorescos, cínicos y brutos, que evaden su cotidiana miseria poniéndose cotidianamente “hasta la madre de pulque”, según el director y guionista. Quizá la misma crítica de que ha sido objeto Arturo Ripstein sea merecida para Cazals en el sentido de que, según su visión, los mexicanos tenemos vocación de jodidos.

-¿Nomás por apalabrar como un aprendiz ya es uno insultativo?

-¡Al sonoro rugir y apestar del bridón apestoso!

-¿A poco asté lo andan haciendo culposo por atizarle a la grifa?

-¡Puras ínfulas de gente civilona!

Por mencionar algunas fallas, quizá la principal es precisamente el principio, por la efímera y pésima actuación de los “curritos de mierda”. También falla el contraste entre los primeros planos y escenas como en la que pasan las mujeres de la pulquería a la tienda contigua, cayéndose de borrachas, y falla la suciedad en aumento de los dientes del sargento, pues contrasta con la blancura inmaculada de las demás dentaduras, salvo la del tendero.

-A estas viejas las concibieron mientras Dios se echaba una siestecita.

-¡Resbalosas como piedras de río!

Al igual que los diálogos y algunas frases, los monólogos son memorables (que no memorizables, por elaborados), como el barroco sermón del párroco, por ejemplo, o la justificación escrita en voz alta del afusilamiento del cabo por enredarse con la mujer del sargento, o el choro mareador de la mujer cuando responde a la humillación de su “mero dueño”, momento en el que los ánimos pasan del rencor de él y la vergüenza de ella al amor de ambos, gracias al choro ese, con unas actuaciones espléndidas, como en toda la película.

No menos memorables son los diálogos entre los muertos en la última parte de la cinta.

-¿Arreglados?

-¡Arreglados! Yo asté lo tengo mirado desde endenantes.

-¿Dónde habrá sido eso, Chabelo?

-¡Oh! ¿Qué pasó? ¡Sobajar no es de hombres!

-Achántate, Isabel. Aquí tus fierros viejos valen para pura madre. Aquí puro mansito… Palabra de Lino Melgarejo. Aquí puro bonito y facilito.

Los muertos se confunden con los vivos en la feria, una secuencia rica en imágenes luminosas y dichos populares (“Si usted se llama no puedo, yo me llamo más que nunca”), incluyendo albures, para luego volver a las secuencias mortuorias.

-¿En qué quedamos? -le pregunta el sargento al cabo leal, que padece de un resfriado contumaz y aun así tiene que cuidar el grotesco altar a la madre decrépita para cuando se muera.

-Andamos licando cualquier novedad nueva -responde el cabo (en la primera parte de la cinta, el mismo personaje dice: “por voluntad de los voluntarios”).

-¡Ponte trucha; no se te vaya aparecer un salidor! ¡Ando bravo y no doy cuartel!

Los muertos llegan caminando y platicando tranquilamente hasta el canal en donde Melgarejo invita con un ademán a que el cabo suba al cayuco que lo llevará, junto con otros zombis, al más allá. El cabo sube muy triste y, antes de irse, le pregunta a Melgarejo: “¿Pos qué no estaba ya resucitado?”

-¡Qué te fijas, mijo! Da lo mismo aquí que allá. De todos modos no se llega a ningún lado.

Así termina la película (1).

Coproducida por el Instituto Mexicano de Cinematografía, Cuatro Soles Films, Estudios Churubusco y la Universidad de Guadalajara, Las vueltas del Citrillo es una muestra de lo que pueden hacer las instituciones que el “gobierno” intentó desaparecer en el sexenio pasado y ahora pretende asfixiar. Además es una pieza representativa del actual cine mexicano, tanto por el público al que se dirige (casi exclusivamente, pues su traducción a otros idiomas resultará ininteligible), como por estar realizado con recursos nacionales, a diferencia del que hacen otros cineastas mexicanos en Hollywood (“braceros de lujo”, según Carlos Bonfil), con inusitado y merecido éxito.

Las vueltas… es la mejor película mexicana que he visto hasta ahora desde Mezcal (2005), de Ignacio Ortiz, que ganó el Ariel a la mejor película el año pasado y también resultó ganadora en el rubro de fotografía, así como por la música, la edición, el sonido y el diseño de arte, doce galardones en total, como la de Cazals, que los obtuvo en otras categorías, por dirección, guión original, actor principal, coactuación masculina, vestuario y maquillaje. Personalmente, estoy de acuerdo en todos los casos, y la coincidencia entre ambas películas me hace confiar más en estos premios que en las estatuillas gringas.

Antes de Mezcal, que está basada en la novela Bajo el volcán, de Malcolm Lowry, la mejor película mexicana que había visto era Voces inocentes (2004), de Luis Mandoki, y después de Mezcal, que sigue siendo mi preferida, Un mundo maravilloso (2006), de Luis Estrada, en donde también actúa Damián Alcázar, por cierto, bastante bien (trata de parecerse a Tin Tán y lo consigue). Por las mismas fechas que Las vueltas… vi Fuera del cielo (2), de Javier Patrón, y, francamente, no me pareció merecedora de los elogios que ha recibido. Allí también interviene Damián Alcázar, haciendo el papel de un policía judicial corrupto, valga la redundancia, pero su mejor actuación hasta ahora es la que tiene en Las vueltas… Y lo mejor de esta cinta es el guión, sobre todo por los diálogos. ¡He dicho!

1) Ya sé que no debo contar las películas y mucho menos el final, pero… ¡por eso mesmo lo hago, qué chingaos!

2) En cuanto a diálogos se refiere, lo único rescatable de Fuera del cielo está en la aparición de Isela Vega como puta retirada en un cuarto de azotea, cuando le dice a su hijo menor que ella hizo todo lo posible para que él no naciera. “Querías vivir, pero eras rete menso, nomás decías cucú cucú; por eso te dicen El Cucú. ¡Mejor te hubiera echado a la basura! Serías más feliz”. Este personaje y su parlamento me recuerda al ciego de Luis Buñuel en Los olvidados, gritando la frase más genial del cine mexicano: “¡Ojalá los mataran a todos antes de nacer!”