
Convocado por HarperCollins Publishers, Simon & Schuster, Penguin Random House y Harvard University Press, en asociación a posteriori con trece productoras “globales” de cine independiente y alternativo, el Primer Concurso Internacional de Relatos para Cine y Televisión tuvo como resultado la selección de ocho cuentos que, una vez publicados en formato libresco, serán puestos en escena por indiscutibles maestros del cine que suele ser también “de culto” y las productoras asociadas.
Estas productoras son: Ikiru Films, Ménage Atroz, Mod Producciones, Constantin Film, Medusa Film, El Toro Pictures, Lightbox Entertainment, Telefónica Producciones, Telecinco Cinema, K&S Films, Cepa Audiovisual, Vaca Films y La Ferme!
Basada en el libro homónimo y todavía inédito Las llamas del insomnio, la serie televisiva estará compuesta por ocho segmentos de una hora cada uno.
Según las bases del concurso en su calidad de contrato, los autores de los cuentos seleccionados colaborarán o fungirán como consultores en la elaboración de los respectivos guiones.
En esta primera edición del certamen participaron 27 mil 906 escritores con 39 mil 203 obras (una o dos por autor) provenientes de 119 países.
Y el libro será publicado en las nueve lenguas permitidas para la presentación de los textos: inglés, alemán, español, francés, italiano, portugués, árabe, ruso y mandarín.
La serie de televisión, en cambio, tendrá como idioma original el inglés para ser transmitida con subtítulos o doblaje al idioma de cada país, además de ser vendida en una edición especial de video digital con cinco discos que incluirán un documental sobre su producción y realización.
Por razones que daré a conocer después, llegó a mis manos una copia del borrador en español con breves notas en inglés, lo cual me permite hacer la siguiente reseña con mis propias sinopsis y algunos datos de pre-producción.
Espero que la disfrutéis tanto como yo disfruté leyendo y escribiendo.
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Si el orden de la serie corresponde al de los textos en el libro, el primer capítulo será Posdata: dale de comer al gato, cuento epistolar de la escritora italiana Ciara Fallaci (Charlas con Milan Kundera y Había muerte en su mirada), que narra en principio un romance imposible entre dos mujeres.
La protagonista investiga el robo de una pintura con las pistas falsas que tratan de inculpar a quien será su amante, una joven autodestructiva y, más adelante, asesinada por el enamorado y despechado jefe de la detective.
Los rastros del asesinato hacen parecer ahora que se trata de un suicidio, pero después inculpan a la protagonista, quien deberá continuar sus investigaciones a escondidas y hacer justicia, cerrando el círculo de la venganza.
La detective de origen chino Wona Zhiang está inspirada en la actriz Gong Li (Sorgo rojo, Qiu Ju…), musa y esposa del director Zhang Yimou, tal como Anne Rice se inspiró en el actor Rutger Hauer y su papel de replicante (Blade Runner) para crear al vampiro Lestat de Lioncourt (Crónicas vampíricas), finalmente interpretado por Tom Cruise en la mejor actuación de su carrera: Entrevista con el vampiro (Estados Unidos, 1994), de Neil Jordan.
Por lo que hacen las edades, la detective Zhiang será interpretada en la pantalla por Liu Yifei (Mulan), según trascendió.
La narración de los personajes en primera persona tiene un tono de literatura negra que remite a su espíritu primigenio, sin diálogos, sino con intercambios epistolares, pasajes de sus diarios personales y una que otra nota periodística, recursos narrativos propios también de la novela Drácula, de Bram Stoker.
Ambientado en Chicago durante los años cincuenta, el relato que encabeza la selección es una obra maestra; su lectura nos hace imaginar una puesta en escena con voces en off, y ésta deberá ser bastante fiel a la fuente literaria para alcanzar su altura.
Para dirigir este segmento, el surcoreano Park Chan-wook (Trilogía de la venganza) compite con el hongkonés Wong Kar-wai (Días salvajes, Deseando amar y 2046, trilogía sin nombre), y lo que tienen en común sus trilogías con el capítulo en ciernes explica la coincidencia oriental.
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Con un título extenso y prometedor, que provee de coherencia y hasta de continuidad al orden de los textos, el segundo es, sin embargo, menos elegante y más bien perturbador. La sorprendente historia del ratón que acabó de una vez con todas las vidas del gato, para empezar, rompe un tabú temático, tanto de la ficción como del relato testimonial: los hombres víctimas de violación.
Un joven homosexual es secuestrado y ultrajado por varios hombres encapuchados que graban la agresión en video. Tiempo después, el joven coincide con uno de sus agresores en el cuarto oscuro de un antro gay, y lo reconoce por la voz y la repetición de una frase. El victimario, en cambio, no reconoce a su víctima, y ambos entablan una relación patológica, perversa y peligrosa, que alcanza el clímax de la fatalidad cuando el joven, una vez planificada la venganza, acude a la cita con el violador en casa de éste y es detenido por la policía como único sospechoso de su asesinato. Además de indicios de pelea y el cadáver con la garganta cortada, la policía encuentra el video de la violación entre abundante material pornográfico y opta por creer que las escenas son actuadas…
Por iniciativa del abogado defensor, un periodista en retiro y escritor en activo entrevista en la cárcel al protagonista, y de ahí la narración en primera persona, que rompe un segundo tabú: el narrativo…
El escritor colombiano Julio Dinoco (La soledad en el paraíso y La hora de los tiburones) tiene presencia en su propio cuento como periodista y explorador que fue del llamado underground urbano, una parte del cual es netamente homosexual. Muchos años después de conocer en directo este submundo que se oculta en la oscuridad, además de reunir múltiples y vívidos testimonios al respecto, el autor leyó un artículo periodístico sobre las violaciones sexuales que algunos hombres sufren y también prefieren ocultar. Algo que tocaba fibras sensibles inspiraría una segunda incursión, ahora literaria, en las sombras del pasado.
El escritor ha sido el primero en avalar la elección de Milos para encarnar a su personaje. Para dirigir el segmento no está propuesto nadie todavía.
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No menos violento y visceral, el tercer relato narra en espiral el secuestro de un empresario mexicano desde tres puntos de vista, lo cual permite apreciar los hechos y todos sus ángulos como si fueran un objeto con relieve. En primer lugar, la esposa recibe indicaciones de los secuestradores junto con partes de la víctima, y debe lidiar con el resto de la familia y su miseria ética y moral. En segundo lugar, la víctima lo es por partida doble, tanto de sus victimarios como del egoísmo familiar. En tercer lugar, los secuestradores alternan sus motivos con una gélida crueldad que devuelve por partes a la víctima: primero un dedo, luego otro, después una oreja, más adelante una mano sin los dedos que ya devolvieron…
Un video muestra la castración del empresario y el momento en que unos perros son alimentados con los órganos genitales para que la familia no pueda ponerlos de nuevo en su lugar. “Porque se ha portado mal, y Dios perdona todo, pero nosotros no”.
Implacable retrato de la vileza natural en ciertos tipos de gente. Aquí nadie puede presumir de inocencia, ni siquiera la víctima, y el sardónico tono de humor negro arrasa con todo, desde la cruda brutalidad del título: ¡Paguen!
Autor del cuento, el escritor gringo de nombre japonés Akira Fukinawa, conocido hasta hoy por su profunda y temeraria incursión en el mundo de la Mara Salvatrucha, ganador del Premio Pulitzer por una investigación novelada y de título muy simple (La Mara), se obsesionó después con la violencia que padece México en la actualidad, desde la narcocultura hasta la narcopolítica, o sea, la sesión del poder político al crimen organizado y su representación por el poder formal. De ahí la nítida claridad de su relato, que se permite inclusive una descarga de ironía y cinismo.
Para dirigir este segmento, los productores barajan, entre otras, la posibilidad de que lo haga el mexicano Alejandro González Iñárritu. Como protagonista prevén que sea el hispano-mexicano Daniel Giménez Cacho.
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In crescendo, el cuarto capítulo tiene un título representativo del rock setentero, precursor del black metal: Los hijos del Diablo no creen en Dios. Ambientado en Londres, Inglaterra, durante los años setenta, que fueron la década dorada del rock y su convulso contexto, el tema parece tener como referencia la canción Hotel California, de la banda estadounidense Eagles, pero resulta luego algo muy distinto.
Un ambicioso músico, integrante de un grupo de rock británico en franco declive, próximo al ocaso, ha decidido pactar con el Diablo, quizás un intercambio de su alma por el éxito en el mundo del espectáculo. Para realizar tal propósito, emprende un viaje solitario por carretera hasta el Hotel California, que, en este caso, tiene fama de ocultar contenido satánico.
Una vez allí, descubre que se trata más bien de una fachada, la de un templo católico, oculto, subterráneo y descomunal, reminiscencia inmortal de la Edad Media, reducto inexpugnable de la Santa Inquisición, que practica torturas infernales para convertir satanistas y demás infieles en “esclavos de Dios”, o asesinarlos con el mayor sufrimiento posible como castigo ejemplar.
En el interior del templo, monjes y monjas hacen de la perversión un pretendido secreto con actitudes hipócritas y taimadas, y sus ritos iniciáticos no son más que abusos sexuales y sicológicos.
El protagonista fracasa en sus variados intentos de huir y, después de pagar cada uno con más tormento, opta por asimilarse a la farsa en espera de una mejor oportunidad, así sea necesaria su propia inmolación en última instancia, prendiendo fuego al infierno terrenal en el que ha caído.
Escrito como guión cinematográfico en su fase literaria, el relato sugiere y hace imaginar la narración de una voz en off y en segunda persona, así como una sola toma o la simulación de un plano secuencia de principio a fin. También nos hace imaginar que escuchamos la canción de aparente referencia durante el viaje por carretera…
La autora es Alicia Ferré la Ploma, escritora y promotora cultural, catalana, conocida y laureada por su libro de cuentos Cartas a la noche y noches a la carta.
Para escribir el guión y dirigir el capítulo en ciernes, las productoras barajan la posibilidad (propuesta por la escritora) de que lo hagan dos veteranas: Sylvia Sichel y Martha Coolidge, por haber escrito y dirigido en 2000 el segmento intermedio de Si estas paredes pudieran hablar 2 (Mujer contra mujer), una pieza perfecta de media hora que, más allá de la escenografía y el vestuario, reprodujo el ambiente de los años 70 con algunas de sus corrientes ideológicas y la banda sonora de la década en Estados Unidos.
Como actor protagónico no está previsto nadie en particular, salvo que deberá representar 28 años de edad, además de ser esbelto y bien parecido.
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En la línea del relato anterior, el siguiente tiene por título Cinema Infierno, que guiña con el clásico de Tornatore, pero desde el otro extremo, y un género que parece horror sobrenatural, pero más bien describe un delirium tremens con tanta creatividad como crueldad.
El autor es el polaco Paweł Rudovski (Premio Hans Christian Andersen por su novela corta o cuento largo Nunca sueñes con ovejas descarriadas, un clásico instantáneo de la literatura infantil) y su protagonista es uno de los fantasmas que pueblan las ciudades hoy en día: las grandes salas de cine.
En segunda instancia, un indigente prematuramente avejentado que frecuentó un cinema y fue vetado para volver a entrar, pasa por allí todas las noches, años después de que la sala múltiple cerró sus puertas para siempre, cuando él ha caído en la miseria material, y el alcoholismo destruye su salud física y mental, acercándolo cada vez más a la demencia.
Dormido como siempre a la intemperie, sueña que lo hace dentro de aquel edificio y despierta en su interior, confundiendo recuerdos con alucinaciones, y viceversa. Primero se suceden escenas más o menos borrosas pero todavía coherentes de películas en su memoria; después se mezclan unas películas con otras sin perder lógica y, más adelante, las escenas pierden coherencia y relación con las películas. Al final, todo es una pesadilla sin forma, y el pobre diablo busca desesperadamente una salida, pero no encuentra más que desolación: en el recinto no hay luz eléctrica ni agua ni muebles más allá del patio de butacas; allí no hay más que aglomeraciones de imágenes espectrales y cucarachas. Para colmo, al dipsómano se le acaba el licor y padece la noche más larga de una parálisis del tiempo atrapado en su propio delirio, al parecer como castigo por culpas olvidadas.
Del delirium tremens al síndrome de abstinencia, la conclusión pasa también del horror sicológico a la tristeza más desoladora, que retrata la máxima soledad posible, la del apestado que deja de serlo al resultar ahora imperceptible para los demás por más que grite implorando auxilio. Nadie te ve ni te oye, ni siquiera se entera de tu existencia, si eres nadie.
Para escribir el guión y dirigir este segmento hay tantas posibilidades como herederos de Polanski, Cronenberg y Lynch, pero el favorito es Brad Anderson por su hazaña de crear El maquinista (España, 2004) al margen de Hollywood, aunque después nos decepcionara con su pretendida adaptación de un relato de Edgar Allan Poe: Stonehearst Asylum (Estados Unidos, 2014).
Si la interpretación del protagonista es desempeñada con apego a su descripción literaria, el actor deberá tener mediana estatura y complexión raquítica, además de ser blanco y lampiño para teñir su piel del color de un camarón y su cabello cano.
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Con el sexto capítulo y un título tan sugerente como interesante por su explicación, comienza el decrescendo y nos brinda un respiro luego de la violencia y la demencia que parecen competir por el más alto nivel de intensidad. El sigilo de los sueños, para variar, narra la relación entre un estudiante veinteañero, entrañable personificación de la inocencia provinciana, y una mujer sexagenaria, seductora encarnación de la sabiduría y la belleza otoñal.
Como dueña y gerente de la casa de huéspedes en donde vive, doña Dasha es anfitriona del joven Aleksei, cuyo perfil es, a su vez, un retrato casi autobiográfico del autor, salvo por la vuelta de tuerca literaria y un ingrediente de fantasía como premisa principal, que relaciona también el surrealismo onírico con el realismo mágico, pues el personaje ignora que sus propias manos adquieren autonomía, separándose del cuerpo mientras él duerme y sueña lo que ellas tocan durante la noche.
La creación del personaje femenino, por su parte, tuvo como fuente de inspiración a la actriz Jacqueline Bisset en mitad de su sexta década.
Y dormida con la puerta cerrada por dentro, doña Dasha cree soñar que Aleksei la acaricia de pies a cabeza todas las noches.
Así empieza la relación que, días después, tendrá un desarrollo sorprendente con sendo viraje a la ruptura y la elipsis para proponer un origen poético de la inmortalidad, y, más adelante, el salvaje y brutal final de una de las partes.
El sigilo de los sueños, además de ser el título de este capítulo, “es un símbolo personalizado que se utiliza en la magia para ayudar a dormir mejor, evitar pesadillas y mantener alejados a los espíritus malignos. Los sigilos son símbolos cargados de intención y energía que se cree que actúan como puentes entre la mente y el universo”, nos dice Google.
El autor del cuento es Lev Yezhev Ivanov, nombre artístico de un poeta ruso que alcanzara la cumbre hace más de una década con su gran poemario de título semejante: La edad del viento, antes de que dicho título fuera plagiado incontables veces en español y el autor fuera injustamente olvidado hasta hoy, que vuelve del olvido con esta pequeña pero memorable joya.
Para dirigir el segmento, las productoras se debaten entre Andrei Zvyagintsev (El regreso, Elena, Leviatán) y Kirill Serebrennikov (La mujer de Tchaikovsky) por su representatividad idiosincrática, en cuyo caso tendría que ser protagonizado por una pareja de la misma nacionalidad.
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Narrado en primera persona, el séptimo relato propone un género inclasificable que, para empezar, hace una diferenciación entre amor y enamoramiento, y después una parodia de los mal llamados “intelectuales de café”. El autor, su personaje y un plagiario, como película de Peter Greenaway, es el título en este caso.
Un escritor cree, por un instante, enamorarse a primera vista de una muchacha por su fascinante apariencia física en una cafetería, pero ella lo decepciona cuando habla con otra persona y exhibe una pedantería intelectualoide que nadie podría tolerar.
Pasan los días y el escritor no logra sacar de su mente aquella decepción, así que, para exorcizarla, decide convertir a la muchacha en un personaje literario y hacer que sufra una serie de infortunios. Tiempo después, coincide con ella en la misma cafetería y, sin proponérselo, escucha su plática. La muchacha narra la pésima suerte que ha tenido en esos días y resulta ser todo cuanto el escritor había escrito para desahogarse.
Ante la posibilidad de un súper poder, el protagonista intenta lo mismo con otras personas y descubre que sólo es posible cuando se dan ciertas condiciones, como en la telepatía.
El desarrollo de la historia y, sobre todo, el final, serían previsibles de no ser por la irrupción de un segundo escritor, sin escrúpulos ni aptitud, que hace públicas las confidencias de la muchacha, presentándolas como ficción propia, infidencia que el protagonista le hará pagar con un fracaso no menos desastroso que la cotidianidad escrita de la muchacha.
Heredero y epígono quizás involuntario de Woody Allen como escritor, que ha creado un nuevo tipo de profeta, el autor del relato es el francés Jean-Gérard Rocamadour, joven talento que seduce por su frescura y su estilo de ruptura radical, públicamente desconocido hasta hoy, al menos a nivel internacional.
Para llevar este relato a la pantalla, preservando su esencia francesa, la favorita es Céline Sciamma (Tomboy), quien compite con Abdellatif Kechiche (La vida de Adèle) en segunda instancia. Para interpretar al protagonista y los dos personajes, la idea es que los elija quien dirija el segmento y quizás escriba el guión en equipo con el autor.
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Con el octavo capítulo, Mejor vuelvo a nacer, escrito por el portugués radicado en España, Fábio Lasso da Silva (Madre sal: una colección de muertes absurdas), la serie terminará en la línea de la comedia negra que iniciara el capítulo anterior.
Un adolescente que fracasa en todo escribe los motivos del suicidio que ha decidido cometer, pero antes del paso final, que deja para después de su última noche y de finiquitar pendientes al despertar, su carta de despedida cae en manos de un hermano menor que la presenta como propia en clase de literatura. Asombrado, el profesor lee dicho texto en voz alta como ejemplo a seguir por sus alumnos para que asuman la tarea de escribir, cada uno, su propia carta de despedida, exponiendo los motivos del suicidio que no cometerán. De inmediato, la tarea escolar alcanza dimensiones de concurso, y así comienza un conflicto de múltiples y divertidos equívocos que desembocan en la muerte accidental del verdadero autor de la carta, el frustrado suicida que, al proyectarse como escritor, se arrepiente de su tentativa… No es espóiler, pues el final concluye con un cuento dentro del cual transcurre otro cuento, en el cual ocurre el primer final.
En este caso, cuyo ingenio raya con la genialidad, tampoco se barajan nombres para la puesta en escena.
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Si algo tienen en común los relatos seleccionados es su calidad literaria y su originalidad, con realismo y actualidad suficientes para viabilizar su escenificación en la mitad de los casos.
Posdata: dale de comer al gato, Los hijos del Diablo no creen en Dios, Cinema Infierno y El sigilo de los sueños, son diferentes en este aspecto, el primero y el segundo de los mencionados por su ambientación de época, el tercero por su atmósfera de alucinaciones esquizofrénicas y el cuarto por el surrealismo, no menos alucinante, de las manos que actúan por cuenta propia, elementos irreales y sobrenaturales en términos escénicos, que requerirán obviamente de efectos digitales. En esos cuatro casos, la representación escenográfica será más difícil y costosa…
El autor, su personaje y un plagiario, también plantea una situación irreal, pero no en términos visuales, de modo que su puesta en escena será equivalente a la de un simple drama.
Se dice que ningún relato participante con géneros como la ciencia ficción o el horror sobrenatural estuvo a la altura de los seleccionados, no de su calidad, sea literaria en general o narrativa en particular, ni de su originalidad, falta que permitió al jurado una selección con relativa homogeneidad y unidad aproximada, por los temas y elementos en común: Primero los gatos como presencia recurrente en las noches de insomnio y como el oponente de mayor ventaja en el juego adulto del gato y el ratón, que invierte los papeles por sorpresa cuando la trama justifica una venganza; la narración en primera persona; la homosexualidad como algo abierto y seductor cuando se trata de lesbianas, o más bien oculto y oscuro, inclusive sórdido, cuando la protagonizan hombres, al menos en estos casos; la referencia del infierno como concurrencia de sufrimiento vivo sin escapatoria; el secuestro, el suicidio y la violencia genérica o sustantiva, que puede llegar a ser extrema y emparentarse con la demencia, que a su vez acompaña a la indigencia y la soledad (además de rimar), situaciones en las cuales suele haber una evasión o salida falsa que termina por empeorarlo todo: el alcoholismo.
Literatura negra, thriller, horror sicológico (inclusive si ubicamos el fanatismo religioso y su fundamentalismo criminal en el terreno de la sicología), humor negro, comedia negra, comedia romántica, surrealismo, poesía… Todo en un mismo libro que al principio transmite una gran dosis de pesimismo y hasta de misantropía, pero al final nos deja una sonrisa y un excelente sabor de boca. Si la desazón es el más propicio de los ánimos para la reflexión y el que suele resultar de ella, y el gusto suele ser uno de los efectos de las mejores causas, el público lo dirá cuando el libro y la serie de televisión vean la luz en 2025, el primero a principios, la segunda quizás a mediados o hacia finales de año.
