
El país inventado en Francia con el nombre de México
Como si la generalidad no fuera suficiente, la ignorancia sobre México es exhibida también en los detalles, uno tras otro, a cada paso de la trama. He aquí algunos ejemplos:
En la introducción al personaje de Zoe Saldaña, la abogada Rita Mora Castro, vemos que se tituló en la Universidad Nacional de México, que no existe ni había razón para que fuera ficticia.
Luego vemos también el exterior de un Tribunal de Justicia que se dice del “Distrito Federal”, nombre que tuvo la capital del país hasta enero de 2016, así que han pasado nueve años en los pudieron enterarse otros países.
En el interior del juzgado tiene lugar un juicio inusualmente nocturno, con fiscalía (parte acusadora), acusado y defensores, “señor juez” y “señores del jurado”, como en los Estados Unidos. Ni la más remota idea tenía Jacques Audiard de cómo es el sistema de injusticia mexicano. ¿Será que no era importante conocerlo, por lo menos mínima y superficialmente, al crear un personaje que trabaja para un despacho jurídico de México?
Así como hay chatarreros ambulantes de noche, los mercados populares, establecidos o sobre ruedas (tianguis), dan servicio de noche, y los puestos de tacos tienen impresora. ¿También señal de internet? Surrealismo involuntario.
Las protagonistas comen siempre en tianguis, como si no existieran restaurantes en México.
“Carcel central” (así, sin tilde), dicen unas letras inmensas en un muro externo. ¿De cuándo acá los muros externos informan lo que guardan? Las cárceles de la Ciudad de México (CDMX) son referidas como reclusorios o “penales” en términos coloquiales, y ninguna es “central”, aunque también se llamen centros penitenciarios o de reclusión.
“Policía judicial”, llama el guion a la policía ministerial o de investigación, que se llamaba “judicial” en el siglo pasado.
El número telefónico que vemos en pantalla tiene un dígito de más: no es mexicano, y el canal de televisión Antena 3, que presentan como local, es español.
En una gala benéfica, Emilia comienza su discurso dirigiéndose a los “señores ministros”, cuando los invitados son empresarios y secretarios de Estado. Los ministros en México son los titulares de la Suprema Corte de Justicia de la Nación (SCJN). ¿También estaban allí? Creo que no.
También lo que Rita canta en esa parte dice: “Al químico lo nombraron ministro de algo”, es decir, titular en algún área del Poder Ejecutivo, cuando sólo se puede ser ministro del Poder Judicial en la SCJN.
“Me cortó la lana” y “me cerró la llave” no son expresiones mexicanas. Si bien llamamos “lana” al dinero, y muy rara vez aludimos a un borrego trasquilado cuando una persona se queda sin dinero, nadie dice jamás que le “cortan la lana”, expresión que parece una ocurrencia pretendidamente ingeniosa y hasta literaria que uno escribió en francés para que otro la tradujera al español. “Me cerró la llave”, en cambio, carece de ingenio y podría venir más bien del Estado Español, en donde se dice que “le cierran el grifo” a alguien o algo (una asociación, por ejemplo) cuando el gobierno retira el subsidio o financiamiento público.
“Hasta me duele la pinche vulva nada más de acordarme de ti”, quizá la joya más ostentosa de la película en materia lingüística, es ajena tanto a los usos mexicanos del idioma español como a las idiosincracias femeninas de México. Un dolor de vagina sería referido con esas palabras, pero ninguna mujer tiene jamás ese dolor por acordarse de un hombre y, en consecuencia, ninguna mentalidad perpetraría semejante frase, a la cual hay que agregar su pronunciación, los diez segundos de silencio que siguen y la mirada de Jessi a la cámara. Todo un meme.
Esta frase tiene algo en común con las letras de las canciones, que fueron escritas en francés y traducidas al español por algún francés apoyado en el traductor de Google y sin asesoría mexicana. Tiene también la intencionalidad “atrevida”, por no decir obscena, de algunas coreografías.
El final de la película es una procesión mortuoria de gente que, bromas aparte, canta un son con arreglo musical de son istmeño, como si estuviera en el Istmo oaxaqueño, algo nunca visto en la CDMX, donde se supone que tiene lugar. Todo en esta secuencia es propio de la provincia mexicana, incluyendo el paseo de la figura de yeso que, en este caso, representa la veneración popular a la protagonista santificada. Ya volveremos al tema, porque hay algo más grave.
Hasta aquí los ejemplos de errores cometidos por ignorancia respecto a México, pero la película comete errores en todos los aspectos…
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¿Y por qué Emilia Pérez inaugura el antimusical como subgénero cinematográfico?
Se dice que la idea general era que las canciones externaran los pensamientos de los personajes, pero la principal característica de todas estas canciones, afortunadamente breves, es la pobreza creativa y estética. Tanto la melodía como la letra, el arreglo y la interpretación, son pobres. En la mayoría de los casos, el resultado es un sonido hiriente, disonante, antimusical, que agrede a los oídos y la sensibilidad, sonido próximo al ruido que uno tolera con dificultad malhumorada.
Las letras dicen muy poco y eso poco es muy difícil de entender, en parte por la pronunciación y en parte por todo lo demás. Hay que leer subtítulos para saber lo que dicen. Al ser escritas en francés y después traducidas al español, la pobreza de contenido sufre además una pérdida en la métrica y la rima. Si acaso había coherencia, disminuye. Si acaso las palabras tenían algún sonido musical, también disminuye y todo empeora. Para que el número de sílabas corresponda al número de notas musicales hay que ajustar los versos casi como sea (o sea, como hizo el traductor chapucero con los diálogos), aunque muchos acentos verbales no coincidan con los acentos musicales de las notas altas. Quienes ajustaron las letras a las melodías no conocen las sinalefas. Si la traducción recupera unas cuantas rimas es ganancia.
La presentación del Manitas degenera en una pretendida canción sin melodía ni armonía, sino con acompañamiento instrumental, pero únicamente rítmico, algo así como un rap murmurado.
Parece un nuevo concepto, que se repite hacia el final con un número llamado «El trío», que más bien debía llamarse «Me quiere robar a mis hijos», en el que las tres actrices extranjeras intercambian gritos por teléfono sin canto, nomás el fondo “musical”. Con imagen triple, doble o simple, las actuaciones del número son pésimas y odiosas. Karla Sofía se desgarra la garganta repitiendo “Quiero a mis hijos” con voz gutural, como una loca endemoniada en una película de horror. Este pretendido “número musical” dura dos minutos y está contenido en el álbum de la banda sonora.
Con la explicada falta de correspondencias y de calidad, la letra de la canción titulada «El Mal» dice “¡a chingar!” y “pinche” para que suene a lenguaje mexicano. El canto de Zoé Saldaña alterna con el de Karla Sofía que hace una parodia o caricatura involuntaria de la ópera, algo brevísimo, pero literalmente horroroso, insoportable. La “mujer” no sabe ni puede cantar, ni contó con indicaciones mínimas para salir del paso lo memos mal posible. Esas partes de Karla, antes Carlos, también se han convertido en memes.
El protagonismo del número musical lo tiene Zoé, que baila y no lo hace tan mal, con una coreografía que parece a ratos lenguaje de señas (quizá por la bandera de la inclusión) o tiene movimientos hipersexuales sin razón alguna, que rayan con la obscenidad; en uno de ellos finge un orgasmo con la cara de un viejo en su entrepierna; en otro de ellos, se queda con cabello de una mujer en la mano y lo pasa por su entrepierna como limpiándose o masturbándose. No tiene mucho sentido. Si la intención era escandalizar un poco, todo se queda en mal gusto. Si la intención era excitar sexualmente al público masculino, logra lo contrario por estar fuera de lugar y porque Zoé tiene un cuerpo esquelético con el vientre inflamado y un rostro macilento.
El número de la canción titulada «Bienvenida», con el pretexto de un berrinche en pantaleta, también intenta ser cachondo y se queda en el intento. Aquí padecemos la pronunciación de Selena Gómez diciendo, entre otras cosas, “he llorado a choros”. La canción en general no es menos pobre ni menos fea que las mencionadas, sino la más ininteligible, y tiene una coreografía que, rodada con la cámara al hombro, parece posesión satánica en la penumbra.
La canción «El amor» sería una de las más rescatables o menos insoportables en términos estrictamente musicales si no fuera porque Karla Sofía la destroza con su voz que no terminó de “transicionar”. A mitad de esta pieza, Adriana Paz canta “Emilia, Emilia” y no lo hace tan mal, pero la melodía de su intervención pertenece a la canción «Perdóname» de Camilo Sesto, a saber si como guiño en homenaje o vil plagio. “Siento un sentimiento”, dice un verso de la canción, lo cual es recurrente de la banda sonora, con versos que hablan de miradas miradas por otras miradas y deseos deseados por otros deseos.
Demasiadas veces, estas mujeres cantan murmurando y por eso no alcanzan las notas o los tonos, lo cual resulta exasperante por desagradable y porque habría sido bastante fácil corregirlo.
Me parece que todo en el número llamado «La Vaginoplastia» es deliberadamente horrendo para causar escándalo: la “música”, la letra, la interpretación, los comportamientos… El lugar, como quirófano común, lleno de mujeres que hacen coros desafinados y sonríen cicatrizando bajo las vendas, tiene un ambiente de futurismo distópico, pesadilla de Orwell o surrealismo involuntario como el de México en la imaginación de un francés ignorante y delirante… Me pregunto si existe un lugar así en algún país.
El idioma tailandés se escribe con signos diacríticos, pero al fondo de la escena hay una puerta grande que dice “Bangkok” con caligrafía latina, por si el público no vio las letras que llenaban la pantalla unos segundos antes con el vuelo nocturno de un avión comercial en segundo plano.
La voz de Zoe alterna con la de un supuesto cirujano en diálogo cantado: él pregunta si es hombre o mujer la persona que desea cambiar de sexo; ella responde que es hombre; él dice “de pene a vagina” y pregunta si es ella la que desea cambiar de sexo… Este personaje tampoco es actor ni cantante y su pretendido canto es pretendidamente mejorado con Auto-Tune al cien por ciento.
La canción es oligofrénica de principio a fin y tiene un verso que dice: “La vaginoplastia hace felices a los machos”. ¡Bravo! ¡Cuánta congruencia! ¡Viva la inclusión de las minorías discriminadas!
La película es antimusical por la pobreza y la fealdad de unas canciones que además resultan absolutamente prescindibles; si las elimináramos, la película seguiría narrando la misma historia, una historia indignante y ofensiva por muchas razones. Para colmo, la banda sonora incluye (quizá por la bandera de la inclusión) canciones sin música, canciones sin letra y canciones sin música ni letra, algo muy novedoso y hasta disruptivo en términos más que negativos. En términos artísticos, eso no es progresismo, sino decadencia; es un despropósito y una aberración estética.
(Continuará….)
