
La desaparición forzada de personas y una burla indignante
En la primera mitad de la película predomina la oscuridad nocturna porque su protagonista es un hombre moreno y malvado; en la segunda mitad se asoma la luz del día porque su protagonista es una mujer blanca y bondadosa. Se trata de la misma persona, pero antes y después de su transformación, reasignación de sexo que, según esto, cambia también el alma y la sociedad.
La película recurre al tema de la desaparición forzada de personas por el narcotráfico en la segunda mitad y tergiversa la realidad social de México en este aspecto, reduciendo la existencia de las familias buscadoras a una mujer que toca fibras sensibles de la protagonista. Obviamente hay más personas que buscan a familiares desaparecidos, pero se hacen presentes hasta después, cuando Emilia Pérez emprende la búsqueda colectiva, la organiza y encabeza desde una posición privilegiada. En otras palabras, tenía que llegar un transexual de piel clara, con mucho dinero y pasado criminal, a tomar la iniciativa para que las familias buscadoras se unieran, trabajando codo a codo con antiguos narcos…
La propia Emilia piensa en este asunto hasta que la madre buscadora de un estudiante normalista le habla en el tianguis y deja un panfleto sobre la mesa. En el caso de Emilia, parece que una casualidad la enterara y sacudiera su conciencia. Durante más de cuatro años no pensó en las consecuencias de sus propios actos en la vida de otras personas y quizá ni siquiera recordó esos actos. La misma mujer besa la mano de Emilia cuando recupera el cadáver de su hijo por el alivio que la libera de seguir buscándolo. En los hechos, besa la mano y abraza conmovedoramente al autor intelectual de los asesinatos y las desapariciones forzadas, crímenes quizá precedidos de secuestros, torturas, mutilaciones, violaciones sexuales y robos, todo en el marco del tráfico de armas y narcóticos ilegales, entre otras cosas.
Nunca vemos a «Manitas» del Monte ordenar que se cometan esos crímenes ni cometerlos directamente, ni vemos que otros lo hagan bajo sus órdenes, pero se dice que se hizo y, a diferencia de nuestro paso a ciegas por ese oscuro capítulo, sí vemos a Emilia Pérez poner en práctica la idea genial de aprovechar sus contactos y relaciones pasadas con gente de los bajos fondos que sigue libre o está en la cárcel. A cambio de las buscadoras, que no existen como colectivo en la película, existen los “arrepentidos” que, nomás por buena onda, informan qué hicieron con los cadáveres de sus víctimas. Existen las buscadoras como individuos inicialmente dispersos, pero no existe la ley del silencio imposible de romper en la vida real, sobre todo entre integrantes de corporaciones criminales.
También ofende que nos cuenten esa historia con la justificación de que “no es un documental”, sino ficción, porque ignora el tema que trata. El guionista y director ha reconocido que se inspiró en las telenovelas mexicanas, que suelen ser basura, y que no investigó porque le bastaba con lo que creía saber. Esto último es tan evidente que no era necesario declararlo; su película lo dice en cada fotograma, en cada frase y en cada sonido (mariachis en un tianguis, por ejemplo).
Conformado por más de 80 organizaciones o colectivos de familias buscadoras y más de 20 organizaciones de la sociedad civil en 25 estados de la República mexicana y tres países de Centroamérica, el Movimiento por Nuestros Desaparecidos en México cuenta, además, con el acompañamiento de unas 40 organizaciones civiles, pero su existencia no sirve a la película y, por el contrario, le estorba.
La Lucecita, organización no gubernamental que funda Emilia para buscar a la gente desaparecida, se presenta como el primer esfuerzo colectivo en este sentido. La Lucecita es lo que su nombre anuncia con la cursilería y la demagogia del lenguaje que refiere una luz de esperanza; es el primer esfuerzo serio y organizado, como iniciativa de una mujer adinerada que nadie conoce de nada; nadie se pregunta quién es, de dónde salió, qué experiencia tiene y cómo obtuvo su dinero.
“Aquí no hoy culpables, no juzgamos a nadie”, dice, porque si juzgara tendría que empezar por ella misma, que es culpable, y porque la película inventa una fórmula de confesión que redime y exime, se libra de las culpas, algo sin conexión con la ética ni con la realidad. “Amar y perdonar”, es el lema, que apela tramposamente a la doctrina cristiana con palabras más directas que la patraña de “abrazos, no balazos”, tan efectiva para perpetuar la impunidad del crimen organizado sin tocarlo ni siquiera con el pétalo de una averiguación previa. “Amar y perdonar” a los narcos, empezando por el capo que se amputó la maldad concentrada en el pene.
La recaudación de fondos para La Lucecita mediante una “gala benéfica” entre narcos, políticos corruptos y otras lacras por el estilo, es el colmo de la ofensa. Para empezar, así como fue ignorado el sistema de injusticia mexicano al reproducir el esquema gringo, la película reproduce también un esquema del norte global para financiar campañas electorales de célebres tiburones… En México, las causas sociales no son financiadas por los causantes del problema que se pretende solucionar, sino por los propios afectados y su entorno solidario, que suele ser bastante amplio. Las buscadoras realizan una labor titánica y heroica con escasos recursos materiales, y jamás se ha dado ni se dará el caso de una mujer que busque a su esposo desaparecido para matarlo por maltratador.
También es absurdo que un secretario de Gobernación y otros personajes de “alto nivel” acepten la invitación de una mujer sin referencias de ninguna especie a una “gala benéfica”.
Desde su iniciativa, Emilia y Rita se convierten en figuras públicas cuya labor tiene cobertura mediática, lo que permite denunciar la complicidad institucional, sea pasiva o activa, con el narcotráfico, uno de cuyos líderes era el que ahora denuncia esta negligencia o falta de voluntad que aprovechó al máximo en el pasado.
La desaparición forzada de personas por el narcotráfico en México es una tragedia social de la que se sirve un guionista y director de cine francés y mentalidad colonialista para apuntalar la pretendida grandeza de su protagonista, que antes fue causante de la tragedia y sigue siéndolo, pues su transformación física, aun cuando haya cambiado el alma para cambiar a la sociedad, según la patraña demagógica de Rita, no la exime de culpas. Emilia se dice arrepentida, pero sigue impune. Además, sus impulsos y estímulos son egoístas y ególatras.
En vez de una transición sexual, lo que vemos es un fallido intento de transición moral entre la culpa y la santidad. Su enfoque omite la dignidad de las familias que buscan a los desaparecidos, pasa por encima del dolor colectivo y personal, o lo usa como telón de fondo. Con la significativa excepción de una mujer que se alegra cuando su marido aparece muerto, las buscadoras aquí no son más que comparsas, seres ornamentales.
Todo es una caricatura grotesca y ofensiva, incluida la oficina de Emilia con su representación minimalista de la virgen de Guadalupe. Bajo la bandera del progresismo y la inclusión, todo es un estúpido negocio que lucra con la tragedia…
Aunque la película pasa por demasiados géneros y subgéneros cinematográficos, el número musical en turno se propone ser serio, poniendo a cantar a familiares de los desaparecidos junto a culpables de la desaparición forzada y otros crímenes, como si ambos extremos pudieran unirse y colaborar unos con otros por la misma causa. La canción evoca la tradición latinoamericana de la llamada “canción de protesta” o social, pero de la peor forma posible. “Para pedir perdón y perdonar, aquí estamos”, dicen los últimos versos. Hay que leer que, unidos buenos y malos en un mismo balde, es posible unir también sus fines: los malos piden perdón para redimirse y verse en el espejo; los buenos perdonan quizá con la mística idea de que el perdón recompensa con paz interna, aunque otra posibilidad es que las familias de los desaparecidos pidan perdón a los culpables de la desaparición forzada, lo cual sería todavía más cobarde y depravado, como si formar a lobos y corderos en la misma fila no fuera suficiente. El uso de niños para cantar semejante aberración es pederastia.
Los extras contratados para el número musical no parecen mexicanos; tienen rasgos faciales de Medio Oriente, y durante la secuencia, se puede ver una imagen con las Abuelas de Plaza de Mayo en un muro de las oficinas, otro detalle que delata cuánto sabían de México y los temas elegidos Jacques Audiard y su equipo.
Todo en esta película, sin excepción, parece un firme propósito de hacer el ridículo o, por lo menos, una disposición inconsciente, pero fuera de serie. Peor aún cuando la película es, en parte, comedia musical, para lo cual se permite canciones y coreografías mal hechas, obscenas en algunos casos, y grotescas. Las secuencias que se orientan en tal sentido, la suma de ignorancia basada en estereotipos y clichés para retratar a México, el relato reduccionista de la transformación sexual, el uso del narcotráfico como contexto representativo de México, la elección de actrices con acentos muy otros, los incontables errores y la mediocridad en todos los aspectos, hacen de la permisividad en el tema de la desaparición forzada por el narcotráfico una burla imperdonable. El merecido fracaso de la película en taquilla y la multitudinaria indignación de cinéfilos que pintan su ralla con la “crítica especializada” equilibra la desproporcionada plétora de nominaciones y premios. El único mérito de Audiard y Gascón es unir con su bodrio infame y sus declaraciones desafortunadas a México y América Latina en un consenso nunca antes visto.
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De nuevo, por la extensión, será necesaria una quinta parte que, además de atar cabos sueltos, concluya esta crítica.
(Continuará…)


